Cultura

La plaza vacía de gente y llena de cosas que no necesitamos

Ahí donde fue la “casa de beisbol”, ahora sólo corren los repartidores que mediante aplicaciones apps mantienen a flote algunas de las ventas de los restaurantes de la antes concurrida plaza comercial

Un patio de comidas vacío en un centro comercial
Un patio de comidas vacío en un centro comercial Un patio de comidas vacío en un centro comercial (La Crónica de Hoy)

Salgo de mi domicilio debido a esta crónica. Es la primera vez en varios días que preparo una incursión más allá de dos cuadras de aquí, necesito ver un poco más allá para no sólo escribir sobre mis pensamientos de cuarentena.

A unas cuantas calles se encuentra una de las plazas comerciales más concurridas de la ciudad, Parque Delta, ahí donde se encontraba la “casa del beisbol” en la capital. Nunca tuve la oportunidad de ver un partido de los Diablos o de los Tigres; sin embargo, cuando era niño jugué en una liga infantil de beisbol; fue un verano, creo, cuando nos llevaron a entrenar al mítico estadio. En alguna ocasión, los jugadores de los Diablos Rojos del México hicieron su aparición a lo que imagino era un entrenamiento; yo no sabía nada de la liga mexicana o de las grandes ligas, pero fui a hacer montón, como todos los demás.

Los jugadores firmaron nuestras manoplas y recuerdo una muy bella de algún jugador cuyo nombre no sabré nunca, si acaso fue bueno; sin embargo, recuerdo su gentileza y lo bien que lucía su rúbrica en mi guantelete de primera base, color naranja y cuyo perfume de piel aún recuerdo —se extravió tiempo después—.

Ese fue mi acercamiento más simbólico con el estadio; no sin ignominia, reconozco que tengo una historia más larga con la plaza comercial. A mi tía y a muchos más entusiastas del beisbol, el sitio les figura con incomodidad y recuerdos encontrados. Para mí, el lugar es sólo un mal necesario al cual he acudido decenas de veces en poco más de un lustro sin que mi anécdota personal catalice mi incomodidad. Sin embargo, pensar hoy en día que ahí hubo alguna vez un estadio de beisbol es increíble.

En mi camino hacia el sitio, observo con desconfianza a las personas que no portan cubrebocas, aunque, no son la mayoría. Espero que lo utilicen bien y que cumplan con todas las demás recomendaciones que hemos escuchado hasta el hartazgo y que, a pesar de todo, no son el mantra de todo pedestre.

Con cierto morbo acudo a la enorme plaza, imaginando un tremendo bodegón vacío veo que tiene más movimiento del que pensé. Iré al cajero de mi banco, hasta el último piso, así podré darme la licencia de recorrer buena parte del inmueble: la tienda de autoservicio es la más concurrida, no había duda; en tanto, a media cortina los restaurantes tienen servicio “para llevar”, aunque su mutismo y opacidad sólo refleja su invisible sangría y disimulado dolor.

Sorpresivamente, las tiendas de telefonía móvil y de servicio al cliente permanecen abiertas. No hay duda de que se han vuelto un servicio insustituible de nuestra postmodernidad. Algunos sitios más permanecen abiertos, como las tiendas de mascotas y de soluciones electrónicas, así como en la zona de comida rápida, aunque no en todos. Es en éstas donde los repartidores de apps transitan más que algún comensal que quiera una hamburguesa o sushi para llevar. Esas enormes mochilas cuadradas, color verde pistache unas y melón otras, visten el movimiento del lugar; sin ellos, la oscuridad para los restaurantes sería total.

Lo demás son tiendas cerradas, maniquíes eternos y una cancelación absoluta del consumo; no así la del tecolotito, que sin embargo se mantiene desértica. Los raudales de personas acudiendo al encuentro, a las compras o al cine en un fin de semana parecen inimaginables, son imágenes del quebranto de la salud pública, recuerdos lejanos de la felicidad máxima a la que aspira una sociedad sin recursos culturales.

Pienso en todos esos productos que no necesitamos y que permanecen guardados, soterrados en cajas de nuestro anhelo; pienso en toda esa basura que se deja de acumular diariamente, que es ingente e insultante; pero también pienso en los empleos y las personas que no acuden a trabajar, aquellas que sirven a este otro sector de la población que genera tráfico los domingos sólo para ingresar a alguno de los estacionamientos. Pienso en cómo éste es un microuniverso de la economía, del sistema de capitales que está profundamente arraigado y sin remedio en nosotros.

Cuando extrañamos salir y convivir con otras personas, ¿extrañamos este tipo de lugares? Aunque tienen una función social de encuentro, ¿es el primer lugar al que acudiríamos pasada la cuarentena? Antes de eso, al menos me gustaría ir a los Viveros de Coyoacán. Extraño correr.

Me pregunto si algún día, cuando esta práctica comercial desaparezca, las personas extrañarán este lugar, como quien extraña el estadio de beisbol.

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