Cultura

Perder es cuestión de método, de Santiago Gamboa

“Todo lo que ocurre tiene un sentido”, pensó Víctor Silanpa al notar que era una mañana distinta. Había terminado los dos tomos de Shanghai Hotel, de Vicki Baum, leyendo con ojos irritados hasta el amanecer, y aún no sabía si el libro le gustaba.

Mujeres bailando en un cabaret
Mujeres bailando en un cabaret Mujeres bailando en un cabaret (La Crónica de Hoy)

(Fragmento)

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“Todo lo que ocurre tiene un sentido”, pensó Víctor Silanpa al notar que era una mañana distinta. Había terminado los dos tomos de Shanghai Hotel, de Vicki Baum, leyendo con ojos irritados hasta el amanecer, y aún no sabía si el libro le gustaba. Ni siquiera sabía por qué lo había leído. Durante la noche había vuelto a romper la promesa de no fumar y, encima, debía empezar con la crema antihemorroidal, que lo observaba desafiante desde la repisa del baño. Miró con odio el tubito rojo, le atornilló la capucha plástica y, sintiendo un derrumbe de galerías en la psique, lo acercó a su cuerpo haciendo salir un líquido frío.

El ruido del teléfono retumbó en la mesa de entrada.

—¿Aló? — Silanpa sostuvo la bocina con los dedos pulgar y meñique.

—Sé que es domingo pero la cosa es grave —reconoció la voz del capitán Moya—: cincuenta y cinco años más o menos, empalado en la orilla del Sisga y desnudo como un Mercurio galante. Ni un papel, ni rastros de ropa. Nada.

—¿Cuándo lo encontraron?

—Esta mañana, pero parece que lleva varios días. Está en una parte de la represa alejada de la carretera. Lo encontraron unos jóvenes que hacían canoa. Apúrese, yo di orden de que no lo desclaven hasta que usted llegue. ¿Buena la chiva o no?

—Sí, capitán. Ya mismo salgo para allá.

Saltó dentro de un viejo pantalón de dril, se despidió con un gesto de la muñeca, que recibía el Sol en la frente y estaba hermosa en su pedestal, al lado de la biblioteca, y en dos patadas ya estaba bajando por la avenida Chile en dirección a la autopista.

—Silanpa. Prensa —mostró su tarjeta.

—Siga, es por allá.

De lejos le pareció un Cristo obeso. Un elefante pálido dibujado por un niño.

—Póngase esto en la nariz —el agente le alcanzó un algodón con amoniaco—. Allá abajo huele peor que pedo de borracho.

Sujetó la compresa sobre el labio; con los ojos lagrimeando comenzó a saltar matorrales y juncos hasta llegar al lugar. El cuerpo estaba amoratado, hinchado y lleno de tierra seca. Las estacas lo atravesaban en cruz. Los músculos de Silanpa se contrajeron instintivamente y sintió una fuerte picada.

Hizo un croquis en su libreta, dibujó la colocación del cadáver a unos metros de la orilla, en medio del juncal, y luego comenzó el detestable trabajo de reconocer el cuerpo. Tenía marcas en las muñecas y cuello. Lo habían amarrado y, seguro, tironeado. El agente le alcanzó una escalera de pintor y, muerto de asco, se acercó a la cara. Las cuencas de los ojos estaban vacías y la boca a medio abrir, repleta de tierra y arena. Luego sacó su pequeña Nikkormat y le hizo varias fotos.

—Parece más un ahogado que un empalado, ¿no, agente?

—Sí, señor. Y mírelo por detrás: ¿eso que le sale del rabo no son algas?

—Sí, pareciera… —Silanpa bajó de la escalera—. Bueno, ahora les toca a ustedes. Díganle a Piedrahíta que yo voy mañana temprano.

Subió de regreso hasta la carretera y miró el lago desde el puente. De ese lugar habían saltado muchos desesperados, personas que soñaron con una llamada, un gesto de alguien o de algo que nunca llegó. Sintió frío. Una brisa húmeda creaba en el agua un relieve de líneas paralelas. Desde la radiopatrulla llamó al capitán.

—Aquí Aristófanes Moya —escuchó al otro lado de la línea—, capitán de la Brigada 40, ¡a la orden!

Silanpa se identificó. El cigarrillo le temblaba en los dedos.

—Es un ahogado —le dijo—. A ese lo sacaron del lago para clavarlo. La cosa está bien rara, ¿no?

—¿Encontró algún indicio?

—Los agentes peinaron doscientos metros a la redonda y no encontraron nada. Ni una ramita partida.

El capitán se aclaró la voz carraspeando.

—Bueno, yo veré ese articulito. ¿Tiene fotos mías recientes?

—Claro que sí, capitán.

Llamó luego a la redacción de El Observador.

—¿Esquivel? Aquí Silanpa, urgente. Necesito que me guarde un recuadro en portada para foto en color y una página completa en policiales.

—¿Y no quiere también que le cante “Hay humo en tus ojos”?

—Es una vaina bien gorda, Esquivel, créame, un empalado en la orilla del Sisga. Luego voy y le muestro.

Regresó a Bogotá fumando un cigarrillo tras otro, hipnotizado por la imagen del cadáver, las órbitas reventadas de sus ojos, la mueca de la cara. Sintió horror al decirse que eso fue alguna vez un hombre como él, una persona a la que otros escuchaban, daban la mano y tal vez amaban. La última calada del cigarrillo le llenó la boca de un sabor agrio y bajó la ventana para escupir. Era malo estar tan cerca de los muertos.

Al llegar al tercer puente, miró el reloj y vio que eran casi las cinco: “Mónica debe estar furiosa”, se dijo. Aceleró hasta la avenida Ciento veintisiete y luego bajó hacia Niza reprochándose ser como era: alguien perdido en el tiempo, incapaz de cumplir con una cita, como si las coordenadas del reloj fueran un lenguaje ajeno a su vida. Le había prometido acompañarla a trotar a la ciclovía, pero ya era muy tarde.

Mónica le abrió la puerta con la cara larga y fue a la cocina a servirse un café. Tenía puesta la ropa deportiva.

—¿Dónde carajo te metiste? Te llamé a tu casa. En el periódico me dijeron que no te habían visto.

—Tuve que ir al Sisga. Encontraron un cadáver empalado en la orilla. Una vaina horrible.

—¿Empalado? —lo miró sorprendida mientras soplaba el humo de la taza— ¿Y qué es: paramilitares, narcotráfico, guerrilla?

—Ya sabes que yo no me meto en esas cosas —se sirvió un vaso de leche—. De momento se va a tratar como un simple homicidio. ¿Saliste a trotar?

—Sí, con Óscar. Espérame aquí, que voy a ducharme.

La acompañó con la mirada hasta la habitación pensando en Óscar. Había sido novio de Mónica antes que él y nunca se había resignado a perderla. La seguía, le hacía favores…, siempre atento al menor capricho con la secreta esperanza de recuperarla.

Por la puerta entreabierta, la vio bajarse el pantalón y quedar con ese calzoncito azul que le producía un efecto instantáneo. De un salto la alcanzó y la miró a los ojos, pero estos brillaban sin afecto. Más bien con algo de rabia.

—Perdóname, ¿el próximo domingo?

—Jura.

—Juro.

La abrazó con fuerza, le recorrió el cuerpo con las manos hasta que ella se separó.

—¡Para, paz, paz! —le dijo con risa— Espera, yo me los quito.

El día que la conoció, hacía ya tres años, Silanpa volvía de hacer un reportaje sobre un extraño accidente en la Guajira. Un avión de carga lleno de flores había caído en medio de las dunas sin que hubiera rastro de muertos ni sobrevivientes. ¿Saltaron los pilotos en paracaídas? ¿Escaparon antes de que llegaran los equipos de rescate? Misterio… No había registro de salida desde ningún aeropuerto del país y sólo se encontró el esqueleto calcinado del avión en medio de una montaña de claveles y rosas chamuscados y cubiertos de ceniza y hollín. Al volver de allá, en una avioneta Cessna alquilada por el periódico, Silanpa tuvo la ocurrencia de quedarse en el aeropuerto a escribir la nota con el pretexto de que el ruido de los aviones le serviría de inspiración.

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