
«¿Qué es exactamente lo que tienen en contra de la bondad y la amabilidad?, cuando son estas dos las que nos salva y engrasan nuestras relaciones.»
Irene Vallejo
El día de ayer se cumplieron 80 años de la liberación de los campos de concentración de Auschwitz. Al respecto fue publicado un reportaje de Alex Vicente en un medio de comunicación español, en el que, entre otras cosas, desentraña la banalización del mal en la era del turismo cultural. Sin duda, es un deber humano el no olvidar lo que sucedió para evitar repetirlo en el futuro. Mantener presente el recuerdo de los acontecimientos es una muestra de empatía con las víctimas. No obstante, en los últimos años se ha utilizado a Auschwitz-Birkenau como un centro de atracción del llamado turismo negro (dark tourism) que es la práctica de visitar lugares asociados con la muerte, la tragedia o el desastre. Algunas empresas turísticas ofrecen el servicio de “Auschwitz con almuerzo incluido”. En ocho décadas, o quizá menos, fue desplazado el desasosiego ante la más grande atrocidad del siglo pasado para dar cabida al morbo histórico y un nuevo voyerismo que se excita ante el mal. Inclusive la propia palabra Auschwitz pareciera haberse convertido en una marca comercial; basta revisar en las librerías o las plataformas de visualización de contenidos digitales. ¿Cuántos títulos encuentran? Podríamos hacer una lista muy amplia de todos ellos. Espero que en un futuro no se construyan Disneylandias históricas donde hasta el odio pase a ser un bien de consumo.
En la actualidad, el odio se puede constatar en las redes sociales, donde algunas personas o algoritmos centran su atención en expresiones contraculturales que, cada vez, y en mayor medida, se alejan de lo que concierne a la dignidad humana, a lo sensible, o cuando menos, socialmente aceptable; bajo el velo de la despersonalización que parecen significar los medios electrónicos. Las redes sociales, que nacieron como un espacio para la libre discusión de los distintos puntos de vista e inclusive la libre organización de las personas. Durante un tiempo todos los usuarios recibían el mismo trato sin importar el país de origen, extractos socioculturales, religión, idioma y orientación sexual; esto, junto con el aumento de la disponibilidad de internet en el mundo, trajo millones y millones de nuevos perfiles. Con el paso del tiempo, los creadores y dueños de estos medios sociales privilegiaron sus intereses corporativos sobre los colectivos. Igualmente, el debate libre, la comunicación cordial y fraterna entre los internautas se transformó bastante. En X, antes llamado Twitter, el fin de semana pasado, la escritora Irene Vallejo fue atacada por un número importante de cuentas, luego de que ella anunciara, que colaborará con la Unicef con la finalidad de proteger la salud y la educación de la infancia. En específico, en países que se encuentran en una difícil situación, como: Palestina, Líbano, Ucrania, Sudán, Afganistán y Haití, entre otros más. Las agresiones carecían de argumentación y de sustancia intelectual. ¿Díganme quién, humanamente, puede estar en contra de la ayuda humanitaria? Quienes promovieron esos mensajes de odio y deshumanización son otra muestra de cómo se ha trivializado insultar en las redes.
La propia Irene Vallejo advierte que el intruso de la deshumanización está invadiendo. Ante esta problemática, podemos dejarnos arrastrar por la inercia; sucumbir a los impulsos consumistas y primarios que constantemente nos bombardean en los aparatos electrónicos. Convertirnos en esclavos de los algoritmos, en lo que la inteligencia artificial se apodera también de nosotros como especie. Podemos volver a lo elemental y humanamente posible, volver a mirar al prójimo sin prejuicios, hacer todo lo posible por ayudar sin esperar algo a cambio. Esto sería algo sumamente humano. Ojalá que ser sensibles y empáticos, pronto vuelva a ser lo cotidiano, y no nos encontremos en el camino sin retorno donde sea socialmente aceptable la degradación humana en los medios digitales. Lo que hoy hagamos, lo que nosotros seamos, será lo que dejaremos a nuestros descendientes: un legado de vicios o una herencia de virtudes.