
La Navidad, la celebración del año nuevo y la Epifanía son en el mundo cristiano un momento de reflexión para los individuos, las comunidades y las organizaciones. Esta temporada es una oportunidad para que los primeros renueven sus propósitos de ser mejores, las segundas compartan sus tradiciones y fortalezcan sus vínculos afectivos y las terceras hagan corte de caja, identifiquen sus propósitos y tracen sus estrategias.
En México, donde la población es mayoritariamente católica, las fiestas comienzan el 12 de diciembre con los festejos a la Virgen de Guadalupe y concluyen con la Epifanía, que se celebra con los regalos de los Reyes Magos a los niños y la partida de rosca en familia y en los lugares de trabajo. Ambos símbolos de generosidad y solidaridad humana. La convivencia entre seres queridos es una de las características de la temporada decembrina y del comienzo del año nuevo.
En lo cívico, el 1 de enero, es el día en que inicia el ciclo presupuestal y el periodo de rendición de cuentas para las organizaciones públicas. Si bien la obligación de informar de los entes públicos se dispersa durante todo el año, estos por armonización contable, fiscal y financiera cierran cifras el 31 de enero y se refleja en el comportamiento de la mayoría de los sectores de la economía. Incluso, en las últimas semanas del año los noticieros resaltan los hechos relevantes ocurridos en doce meses. Hoy deseo lo mejor para nuestro México.
Lamentablemente, la noticia que ocupó las ocho columnas de la prensa mexicana, en esta temporada navideña, fue el descarrilamiento del tren transoceánico, que dejó una estela de muertos, heridos y dolor. La presidenta Sheinbaum inmediatamente expresó sus condolencias y ordenó que se realizaran las investigaciones e indemnizaciones correspondientes, pero esto no contuvo las críticas y exigencias públicas al gobierno de AMLO, debido a que el orgullo del nepotismo del exmandatario, su hijo Gonzalo, fue el supervisor de esa obra.
Independientemente de quien resulte responsable del accidente, todo apunta que el oficialismo, con la Fiscalía General de la República alineada a los intereses del gobierno, encontrará en los operadores del convoy, a los chivos expiatorios para evitar que se persiga a quienes participaron en los procesos de planeación, dirección, ejecución y control de la construcción de una de las obras emblemáticas del sexenio pasado.
Un buen deseo para el 2026 es que, los integrantes del gobierno y el círculo cercano a la presidenta hayan reflexionado sobre la conveniencia de conservar la cercanía con el expresidente y su grupo político y puesto en una balanza los beneficios que ofrece la narrativa heredada del lopezobradorismo y los costos políticos de defender sus corruptelas, que ya no se reducen a un pequeño accidente, el “deslizamiento” en el tren maya, sino que ya empiezan a cobrar vidas humanas.
Otro buen deseo es que el expresidente, que se ha convertido en el autor mexicano más comprado para regalos navideños, renuncie a su propósito de recorrer el país promocionando su obra más reciente, “Grandeza”, y que no estorbe al gobierno actual, el cual no requiere de un caudillo o un “adalid” de la democracia, para ser legítimo. Las instituciones son suficientemente fuertes para evitar que haya procesos de desestabilización política, salvo que estos sean promovidos desde el mismo poder.
Otro más es que se abandone la estrategia de polarización política y social. Un gobierno que trasciende construye, no promueve la destrucción. La descalificación del adversario, la persecución del oponente y la constante confrontación con grupos e individuos erosiona la confianza, la credibilidad y el consenso, que son factores esenciales en la movilización de la sociedad a objetivos de largo plazo como es el desarrollo sostenible e incluyente. El contraste de los excesos del pasado y del presente no contribuye a la legitimidad del gobierno, los primeros cada vez se ven más lejanos, en cambio los actuales impactan más en el ánimo colectivo.
En el sistema sexenal mexicano, el segundo año, que es el que corresponde al 2026, suele ser el momento de consolidación del poder presidencial. En 2019, con AMLO, se hizo evidente que sería un gobierno de ocurrencias y promoción personal y que lo importante sería su popularidad, que efectivamente creció en la misma medida que se estancó el crecimiento económico y aumentó la deuda pública.
Mi mayor deseo es que, en este año que comienza, la presidenta Sheinbaum consolide una ruta propia; supere las restricciones presupuestales heredadas y la narrativa que limitan significativamente sus proyectos políticos; recupere la eficacia y eficiencia gubernamentales perdidas; combata efectivamente la corrupción y la impunidad; reestablezca la coordinación con entidades estatales no gubernamentales y las alianzas con actores políticos y económicos claves para el desarrollo y, sobre todo, se sacuda a los zánganos colocados por su antecesor en posiciones de control político, quienes en toda oportunidad que se les presenta le regatean el apoyo a su gobierno. Vale.
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