
2026 empezó con dos terremotos: uno geológico, frente a la costa de Acapulco, y al día siguiente otro geopolítico, el ocurrido en Venezuela, con réplicas impredecibles en toda América Latina.
La captura y traslado a Nueva York de Nicolás Maduro y su esposa, en una operación relámpago de tropas estadounidenses en Caracas, confirman que Donald Trump tiene el poder no sólo para chantajear al mundo con aranceles comerciales, sino con el ejército más poderoso del mundo, sin importar que viole el derecho internacional.
Pero la lectura de lo ocurrido el tercer día del nuevo año es mucho más compleja.
Por un lado, confirma que la sorprendente captura de Maduro marca que la Doctrina Monroe ha resucitado oficialmente y que el gobierno del magnate republicano no descansará hasta lograr que toda América Latina se someta a los intereses de Estados Unidos “como así debería haber ocurrido siempre”, como declaró Trump impasible, sin importar lo que opinen los gobiernos latinoamericanos, sin pedir autorización al Congreso de Estados Unidos y sin hacer caso de las denuncias desde todo el mundo por la violación del derecho internacional.
Por otro lado, está en vías de corregir una anomalía permitida durante décadas por los gobiernos progresistas (o que se dicen llamar así): las dictaduras izquierdistas en América Latina son represoras, pero son “antiyanquis” y eso lo justifica todo. Tan lamentable como la justificación del ataque de EU en nombre de la libertad del pueblo venezolano.
El problema es que en realidad a Trump le importa un bledo la defensa de la democracia: lo que el magnate republicano quiere es el petróleo de Venezuela y también la sumisión de América Latina, sin que le importe en absoluto los derechos civiles o humanos de cada país o de cada minoría.
A la vista está. Lo de menos es la democracia en Venezuela, por eso rechazó el liderazgo de María Corina Machado, lo que quiere es sumisión y hacer negocio en el país con las mayores reservas de crudo del mundo. Y quién mejor que Marco Rubio, el primer secretario de Estado de origen cubano para liderar el cambio de régimen en Venezuela y luego en Cuba, como ya ha anunciado.
Además, la asombrosa facilidad con la que fue capturado el presidente venezolano, en cuestión de minutos y sin apenas tiros, confirma lo que Trump ya advirtió: que Estados Unidos sólo aplicará sus propias leyes y repudiará las del derecho internacional, de igual manera que ya hace la Rusia de Vladimir Putin en Ucrania y la China de Xi Jinping, que tiene ya la excusa perfecta para invadir Taiwán.
En el caso de América Latina, Trump lo ha dejado claro este 3 de enero de 2026: la única ley que respetará a partir de lo ocurrido en Venezuela es la versión resucitada de la Doctrina Monroe. Y si hay un país peligrosamente expuesto ese es México.
No pasaron ni doce horas desde el comienzo de la operación “Resolución absoluta” para que el mandatario republicano recordara en su primera entrevista que no puede seguir permitiendo que México siga controlado por los cárteles, negando la autoridad de la presidenta Claudia Sheinbaum, o advirtiendo al presidente colombiano, Gustavo Petro, que “se cuide su trasero”, o sugiriendo, a través del cubano Rubio, que “no estaría tranquilo si viviera en La Habana”.
Como era de esperar, Sheinbaum condenó el ataque y el “secuestro” de Maduro y su esposa, al igual que la mayoría de líderes internacionales, empezando por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y nuevos líderes en la escena global, como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Invadir un país y pretender, además, expoliar su riqueza petrolera, es un descarado robo y una violación al derecho internacional.
Pero, millones de venezolanos se estarán preguntando: ¿Dónde estaba el gobierno mexicano o el de tantos países del hemisferio occidental o de europeos, como el del socialista español Pedro Sánchez, cuando durante años han mirado a otro lado ante las masivas violaciones a los derechos humanos del régimen chavista contra los venezolanos, encarcelados, torturados y muchos fallecidos por pedir algo tan básico como democracia y libertad?
Reducir la actual crisis venezolana a qué malo es Trump y qué bueno es Maduro es una visión maniqueísta y falsa de la realidad.
Porque, tan hipócrita es los “progresistas” que ahora se dan golpes de pecho por el secuestro de Maduro, como es hipócrita que Trump se erija ahora como guardián de la democracia mundial y de la lucha contra el narcotráfico, cuando acaba de liberar al expresidente de Honduras, Juan Orlando Fernández, pese a que un tribunal estadounidense lo halló culpable de introducir toneladas de cocaína en Estados Unidos (repartidas, por cierto, por decenas de cárteles domésticos que la DEA no persigue).
De hecho, conviene recordar -tantas veces como Trump recuerda la fracasa lucha en México contra los cárteles- la responsabilidad de Washington, y de los republicanos en particular, en la fracasada guerra contra el narcotráfico, vetando desde hace décadas cualquier ley para que los narcos (o sus testaferros) compren a placer armas propias de un ejército en las armerías estadounidenses, con la complicidad del gobierno federal y la bendición de la Corte Suprema.
Llegados a este punto, hay que recordar que la captura de Maduro, acusado de líder de un supuesto cártel de Los Soles, recuerda mucho a la captura del panameño Manuel Noriega en los 80, ordenada por George H. Bush, pero con la diferencia de que la situación ahora es muchísimo más grave, empezando por un factor clave: Trump no sólo considera un robo la nacionalización del petróleo venezolano y la expulsión de las compañías estadounidenses ordenada por Hugo Chávez, sino que, además de su intención de imponer un gobierno títere en Caracas, pretende que toda América Latina se someta a Washington, por las buenas, como Argentina, Chile, Ecuador o El Salvador, o por las malas, como ahora Venezuela y quien sabe si pronto Cuba.
Y en medio de este caos, está México.
Mientras Maduro volaba esposado a Nueva York, Trump lanzó dos mensajes de gran calado: uno por lo que no dijo en su mensaje a la nación -no mencionó específicamente a México- y dos, por lo que dijo momentos antes a pregunta de un periodista de Fox News: “Me cae bien Sheinbaum, pero no gobierna, porque quienes gobiernan en México son los cárteles”. Y declaró: “Algo habrá que hacer”.
No es la primera vez que Trump elogia a Sheinbaum y en la misma declaración lamenta que haya rechazado la intervención de EU en México para derrotar a los cárteles; lo que sí es una novedad es que es la primera vez que lo dice inmediatamente después de anunciar el arresto de Maduro y su esposa.
El dilema es detalle no es menor y la presidenta debería reflexionar y actuar en consecuencia: Trump no sólo anunció que puede arrestar a Maduro y que no tiene que pedirle permiso a nadie para ello, sino que el mismo día del ataque en Venezuela anunció que Estados Unidos va a ejercer su “derecho” sobre América Latina.
Pero hay algo más, millones de latinoamericanos, en El Salvador, Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú o Honduras, votaron en las urnas a líderes autoritarios afines a Trump.
No se trata ni mucho menos de claudicar ante Trump, pero tampoco de seguir dando “abrazos” a los criminales (y sus compinches en todos los estratos del Estado mexicano). La espada de Damocles de México no es sólo Trump y sus locuras, sino la impunidad que permite que fiscales bajo fuerte sospecha sean recompensados con embajadas, como si nada hubiera cambiado desde los tiempos más duros del PRI.
Por tanto, la tragedia no es sólo que Estados Unidos haya pateado la puerta de su patio trasero, sino la sospecha de que muchos latinoamericanos (especialmente los que acabaron en cárceles venezolanas y se sintieron abandonados por sus “hermanos” demócratas) ayudaron a que la puerta estuviera abierta.