
El ataque de Estados Unidos a Venezuela inevitablemente trae a la memoria la invasión de Panamá en 1989, bajo la presidencia de George H. W. Bush, con el fin de detener al presidente Manuel Noriega; quien había sido agente de la CIA, pero se estaba transformando en demasiado nacionalista. La política del gran garrote regresa cuando conviene a los intereses estadounidenses.
Bajo este hecho se fortalece la conveniencia de analizar las políticas de seguridad nacional de Joe Biden y Donald Trump. Del diagnóstico realizado en la “Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América 2025” es relevante reiterar lo compartido y lo no compartido entre la postura de los demócratas y los republicanos posterior a la Segunda Guerra Mundial.
La coincidencia esencial entre las élites gobernantes estadounidenses es de que su país está llamado a ser la gran potencia dominante del mundo.
Una diferencia de Trump con las élites gobernantes del pasado es que los Estados Unidos ya no deben ser el gendarme del mundo y sus aliados europeos y asiáticos se hagan cargo de los costos militares para disuadir a Rusia y a China de expandirse territorial o comercialmente.
Vale la pena, para reforzar lo argumentado, recuperar unas líneas del Programa de Seguridad Nacional 2022, expedido por Joe Biden:
“En la lucha por el futuro de nuestro mundo, mi Administración tiene la visión clara sobre el alcance y la gravedad de este desafío. La República Popular China alberga la intención y, cada vez más, la capacidad de remodelar el orden internacional en favor de uno que incline el terreno de juego global a su favor, incluso mientras Estados Unidos sigue comprometido a gestionar responsablemente la competencia entre nuestros países. La brutal y no provocada guerra de Rusia contra su vecina Ucrania ha destrozado la paz en Europa y afectado la estabilidad en todas partes, y sus amenazas nucleares imprudentes ponen en peligro el régimen global de no proliferación…”
“…Estados Unidos seguirá defendiendo la democracia en todo el mundo, incluso mientras seguimos trabajando en casa para estar a la altura de la idea de América consagrada en nuestros documentos fundacionales. Seguiremos invirtiendo en impulsar la competitividad estadounidense a nivel global, atrayendo soñadores y luchadores de todo el mundo… Y seguiremos demostrando cómo el liderazgo duradero de Estados Unidos para afrontar los desafíos de hoy y del mañana, con visión y claridad…”
No queda duda de las coincidencias estratégicas, las diferencias están en las formas y en las políticas fiscal y social en que se mantienen diferencias históricas entre republicanos y demócratas.
Dos son los ejes esenciales de la “Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos 2025”, la económica y la militar. El instrumento operativo es la política exterior, que plantea “El objetivo de esta estrategia es unir todos estos activos líderes mundiales, y otros, para fortalecer el poder y la preeminencia estadounidenses y hacer que nuestro país sea aún más grande que nunca.”
Para garantizar la seguridad nacional de los Estados Unidos, una línea de acción es buscar un equilibrio de poder. Desde su perspectiva “Estados Unidos no puede permitir que ninguna nación se vuelva tan dominante que pueda amenazar nuestros intereses. Trabajaremos con aliados y socios para mantener los equilibrios de poder globales y regionales y evitar la aparición de adversarios dominantes.”
Otra línea de acción es la construcción de la “Equidad, desde alianzas militares hasta relaciones comerciales y más allá, Estados Unidos insistirá en ser tratado con justicia por otros países.”
“En particular, esperamos que nuestros aliados gasten mucho más de su Producto Interior Bruto (PIB) nacional en su propia defensa, para empezar a compensar los enormes desequilibrios acumulados durante décadas de gasto mucho mayor por parte de Estados Unidos.”
La reflexión sobre el aspecto económico tendrá que esperar a un nuevo artículo. El aspecto militar toma relevancia ante el ataque a Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa.
La primera acción dentro de la estrategia militar es el “Reajuste a través de la paz”, que consiste en “Buscar acuerdos de paz bajo la dirección del Presidente (Trump), incluso en regiones y países periféricos a nuestros intereses fundamentales inmediatos, es una forma eficaz de aumentar la estabilidad, fortalecer la influencia global de Estados Unidos, realinear países y regiones hacia nuestros intereses y abrir nuevos mercados. Los recursos necesarios se reducen a la diplomacia presidencial, que nuestra gran nación solo puede adoptar con un liderazgo competente.”
Otro aspecto es repartir las cargas financieras de la defensa occidental. “…Los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial como Atlas han terminado. ..El presidente Trump ha establecido un nuevo estándar global con el Compromiso de La Haya, que compromete a los países de la OTAN gastar el 5 por ciento del PIB en defensa…Continuando con el enfoque del presidente Trump de pedir a sus aliados que asuma la responsabilidad principal de sus regiones, Estados Unidos organizará una red de reparto de cargas, con nuestro gobierno como convocante y simpatizante…Estados Unidos estará dispuesto a ayudar —posiblemente mediante un trato más favorable en asuntos comerciales, intercambio de tecnología y adquisiciones de defensa— a aquellos países que asuman voluntariamente más responsabilidad en la seguridad de sus barrios y alineen sus controles de exportación con los nuestros.”
En el tema de la paz no está exenta del uso de la fuerza, pues “…la fuerza es el mejor elemento disuasorio. Servirá para que los países u otros actores (sean) suficientemente disuadidos de amenazar los intereses estadounidenses”. En esta lógica el amago a Venezuela es de larga data.
Desde 1999 cuando llegó a la presidencia Hugo Chávez. El presidente George W. Bush prohibió la venta de armas a Venezuela en 2006 por no haber combatido el terrorismo. En 2010 en los hechos rompieron relaciones diplomáticas al retirar a sus respectivos embajadores.
El incremento de la presión sobre Venezuela se inició bajo el primer mandato de Trump, en 2017, mediante sanciones financieras a altos funcionarios del gobierno; también manejando la posible opción militar. Con la reelección de Maduro (2018) las sanciones económicas se incrementaron afectando a la población. El distanciamiento total se dio en 2023 al romper relaciones formalmente.
El último ciclo de presión, ya militar, se inició el mes de septiembre del año pasado con el despliegue de una flota poderosa en las aguas del Caribe. El amago concluyó ayer con el bombardeo a Caracas y otras provincias, para convertirse en agresión.
La Conferencia de Trump fue una reiteración de lugares comunes para justificar la agresión a Venezuela, que es una flagrante violación al derecho internacional, que se ha convertido en una rama de la literatura fantástica, pero deja claro que Trump no se detendrá ante nada para someter y expoliar los recursos naturales de los países de la periferia.
Otra consecuencia de la agresión es interna, porque ante la disminución de la popularidad de Trump y las tres últimas encuestas que pronostican el regreso de la mayoría demócrata a la Cámara de Representantes, había que dar un golpe de fuerza para impactar al electorado.
La condena de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a la intervención en Venezuela es congruente con los principios constitucionales y nuestra tradición en política internacional. La pregunta es si el Centro Nacional de Inteligencia realizó algún análisis de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense. Sería irresponsable no considerar las declaraciones de Trump acerca de que ha considerado una posible intervención militar en México.
El mensaje de la agresión es grave para toda Latinoamérica. Es necesario tomar todo tipo de medidas precautorias. Todas.
*Profesor UAM-I,
@jsc_santiago
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