
Difícilmente pudo haber iniciado 2026 de una manera más complicada. El operativo militar estadunidense en Caracas para capturar a Nicolás Maduro y llevárselo a juicio a Nueva York, deja claro que, por ahora, nos dirigimos a un mundo bien distinto del que estábamos acostumbrados.
Lo primero que hay que decir es que Maduro, quien se mantuvo en el poder mediante un fraude electoral descomunal y visible para todos, y cuyo gobierno despótico, corrupto e ineficiente arruinó la vida de millones de venezolanos, no merece la más mínima consideración. Es una noticia positiva que haya sido alejado del poder.
Pero inmediatamente hay que señalar que la forma en que esto sucedió, la injerencia de una potencia ajena, en un acto contrario a la legalidad internacional, e incluso a la propia legalidad estadunidense, es condenable. Para sacar a un dictador, Trump se comportó como dictador. Regresamos a los tiempos del Destino Manifiesto, con América Latina como campo de influencia exclusivo de Estados Unidos. América del Sur, en particular, no había sufrido una intervención así desde hace muchas décadas.
Independientemente de Maduro, se trata de un claro ataque a la soberanía nacional venezolana, y mal haríamos en disfrazar el asunto en la retórica. El hecho sienta un precedente pésimo, que abre una ventana para que las distintas potencias se sientan con el derecho de intervenir impunemente en otras naciones, como en los hechos ha venido sucediendo de manera cada vez más común.
También queda claro que los mecanismos multilaterales internacionales cada vez funcionan menos, tal y como sucedió en el periodo de entreguerras del Siglo XX. Existen acuerdos que los más fuertes deciden no respetar cuando les da la gana. Lo del 3 de enero en Venezuela es sólo el último ejemplo. Lo hemos visto con la política genocida de Israel en Gaza, con la invasión rusa a Ucrania y, antes, con la invasión de EU y aliados a Irak. Que a los poderosos no les vengan con que la ley internacional es la ley.
Donald Trump apuesta por la intimidación. Es su particular estilo de negociación, para imponer sus puntos de vista y sus intereses, que van más allá de las ambiciones económicas de los grandes conglomerados estadunidenses. Y mucho más allá del narcotráfico y la crisis de consumo en EU. Los intereses apuntan estrictamente a la concentración de poder. Y en ese sentido, el gobierno de Estados Unidos se comporta exactamente igual que los de Rusia o China, con la misma falta de escrúpulos (y con el mismo cinismo vulgar de Putin).
En esa apuesta intimidatoria, lo que menos importa es la democracia, lo de menor relevancia son los valores de los que supuestamente Estados Unidos es el paladín. Lo importante es ser pragmáticos y crear un área de influencia decisiva: la vida de los ciudadanos de a pie, su libertad, su bienestar, se convierten en un asunto secundario.
El pragmatismo del poder es lo que ha hecho que Trump deseche rápidamente a quienes ganaron las últimas elecciones venezolanas, con la mentira de que no tienen el respaldo popular necesario; mentira que, a su vez, esconde la verdad de que los opositores son incapaces de controlar al ejército y no tienen pie en las pocas instituciones que quedan en ese país desastrado. En cambio, se la juega con Delcy Rodríguez, de la cúpula chavista, presidenta encargada por 90 días, quien tendrá que maniobrar en el entendido de que tiene encima la espada de Damocles del imperio.
Serán tres meses que pueden definir el futuro de Venezuela y que tendrán mucha influencia en el de la región entera. ¿Puede haber una dictadura chavista pro-yanqui? Las últimas dos palabras suenan a contradicción de términos, pero a estas alturas del partido no es algo del todo imposible. Y ya vimos a Delcy Rodríguez cambiar de tono y ponerse suave. En cualquier caso, la democracia en Venezuela tendrá que seguir esperando. Lo que no sabemos es cuánto tiempo.
La intimidación va más allá de las fronteras venezolanas. Abarca en primer lugar a las dictaduras de Cuba y Nicaragua, pero también lleva mensajes a los gobiernos democráticamente electos de México y Colombia. Si queremos ir más lejos, llega hasta los aliados europeos de Estados Unidos. Ahora todos tienen claro que Trump no siempre está blofeando. Y algunos se portan como corderitos.
La reacción de la presidenta Sheinbaum ha estado de acuerdo con la alineación ideológica regional de la 4T. La justa condena a la acción unilateral de Estados Unidos, el justo reclamo a cumplir con la legalidad internacional, y el injusto olvido de que el gobierno de Maduro fue una dictadura represiva, un gobierno espurio que se robó una elección que perdió (un tema en el que el gobierno mexicano hizo como que la virgen le hablaba). Más tarde vino un mensaje del expresidente AMLO, con tono menos diplomático y con toda la intención de dar línea a partido y gobierno. Pero, en cualquier caso, ya todos están advertidos por la nueva política de la espada de Damocles.
Del lado opositor, mientras que Movimiento Ciudadano envió un mensaje tibio y genérico y el incipiente Somos Mx criticó tanto a la dictadura madurista como al intervencionismo estadunidense, el PAN y el PRI se decantan del lado trumpista, uno con cierta clase y el otro de manera burda. Lo del blanquiazul no sorprende, dado su escoramiento ideológico más reciente, aunque choque con su ideario nacionalista. El tricolor logra rebasar al panismo por la derecha, con una serie de comunicados que equiparan a Morena con el narcochavismo. Ambos partidos tradicionales parecen tener la mira en el Ajusco, allí donde hay una televisora. Queda claro que le apuestan también a la polarización, cuyo viento ahora puede favorecer a quienes se alineen con EU.
Sobre esto último, bien le valdría al gobierno mexicano darse cuenta y abandonar la soberbia en la política interna. Eso sería también buena política exterior.
Twitter: @franciscobaez