
Empieza a agriarse la salsa con la que Morena preparaba una reforma electoral totalmente regresiva. Varios elementos confluyeron para ello. Los comentaré sin orden de relevancia.
Un elemento es que no hubo negociación previa digna de ese nombre con los partidos aliados en la coalición Sigamos Haciendo Historia. No la hubo entre las cúpulas partidarias y tampoco en el Congreso. Esto nos habla de que la soberbia puede causar ceguera, y los liderazgos no vieron que eran necesarios los votos del Verde y del PT para hacer pasar una reforma constitucional, o creyeron que los tendrían en automático, que los aliados eran fácilmente chantajeables… o tal vez estaban entretenidos en otra cosa. Hubo (Monreal) quien sí los vio y se conformó con avisar que estaba difícil el consenso.
El hecho es que tanto el PT como, de manera más enfática, el PVEM han dicho que, de entrada, no cuenten con ellos para eliminar los diputados y senadores plurinominales, y tampoco para disminuir drásticamente el financiamiento público a los partidos. Era una invitación al suicidio.
Esto obliga al gobierno y su partido a entrar en negociaciones y, por lo menos, a no presentar la iniciativa de reforma tal y como venía armada por la comisión que encabezó Pablo Gómez. Hay varias preguntas para saber si las negociaciones prosperarán con ambas organizaciones: una es si primarán el chantaje o las ofertas; otra, si estas ofertas de corto plazo serán lo suficientemente atractivas como para que los partidos aliados arriesguen su supervivencia a mediano plazo; una tercera es la proporción de los cambios.
Otro elemento que agrió la salsa está ligado al estilo autoritario de Pablo Gómez. Oyó a pocos y no escuchó a ninguno. Y lo hizo todo en voz alta. Sus posiciones fueron transparentes en cuanto a generar un proyecto abiertamente destinado a comprimir el papel de las oposiciones, dificultar la operación de los partidos lejanos al gobierno, taparles el financiamiento y, en suma, regresar la legislación electoral a tiempos anteriores al primer Cofipe. Echar atrás medio siglo el reloj de la evolución democrática del país. La cereza del pastel fue cuando se pronunció por quitarle la autonomía al INE.
Algunos morenistas insistieron en defender, ante la opinión pública, el núcleo de las propuestas que esbozó Gómez, y el resultado fue, no sólo que perdieron en las discusiones, sino que dejaron claro a quien no lo tenía, que sus argumentos sobre la representatividad de los plurinominales, sobre los costos de la elección o la distribución de escaños y curules estaban sobre pies de barro. Particularmente espectacular fue la zarandeada que le puso el exconsejero Lorenzo Córdova al diputado Sergio Gutiérrez Luna. Esto no ayudó a la causa del regreso a los años setenta.
El tercer elemento es externo. La presión que, en diversos campos, ha metido la administración trumpista al gobierno de Claudia Sheinbaum disminuye sus márgenes de maniobra aun en campos que pertenecen estrictamente a la política interna. Obliga a andar con tiento a todos los actores políticos, y no parece muy conveniente dar la imagen de autoritarios ante el autoritario del norte. No lo vaya a agarrar de excusa.
La lista, curiosamente, no incluye a los partidos de oposición. Éstos, si bien han criticado los excesos de Gómez, no han promovido activamente un proyecto propio de reforma. Parecen conformes con lo que hay, aunque lo que hay los agarró chiflando en la loma mientras la coalición morenista se servía escaños y curules con el cucharón, para hacerse de una mayoría constitucional, a pesar de que los resultados electorales no le daban para ello.
¿Qué viene ahora? Lo ideal sería que hubiera, ahora sí, una discusión abierta y plural sobre la legislación electoral que México necesita. Pero eso es casi imposible que ocurra. Vendrá una negociación en lo oscurito entre el gobierno, Morena y los partidos aliados, dispuestos a vender caro su amor. Lo mínimo que habría que esperar es que, si hay una disminución en el número de legisladores, ésta garantice la proporcionalidad, y no se avance hacia un sistema de “el ganador se lleva todo”.
Hay cosas que se han manejado, en el supuesto de combatir la partidocracia, que pueden funcionar, aunque harían más complicada la asignación personalizada de curules. Por ejemplo, que los votantes, elijan, dentro de las listas plurinominales, algún candidato de su preferencia y eso determine quien pasa primero en una lista, y quien después (algo que se ha usado en algunas elecciones europeas).
Pero esas minucias no podrán esconder que el propósito de base de esta reforma electoral va a seguir siendo cerrar el sistema para garantizar la continuidad del grupo en el poder, con una oposición relegada a papeles meramente simbólicos y de legitimación. La cuestión es que el intento ya no va a poder ser tan cínico. A ver qué tan digerible será esa salsa.
Twitter: @franciscobaez