Opinión

La trampa de Tucídides y el discurso de Mark Carney en Davos

Mark Carney
Mark Carney

Tucídides fue un historiador en la Grecia antigua que narró la guerra del Peloponeso (siglo V A.C.), con realismo y se alejó del uso de los recursos mitológicos para explicar las causas y los efectos de los conflictos armados. En ocho tomos, describió la guerra como un acto humano, cruel, estigmatizado por la ambición, la arrogancia, la codicia, la pasión y, por tanto, la ceguera estratégica.

Las causas de las guerras no son las anécdotas, que noticiosamente son las que encienden la mecha, como sucedió con el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, Bosnia, que fue el hecho histórico que se fija como el inicio de la Gran Guerra en Europa de inicios del siglo XX. La verdadera causa de ese conflicto fue el miedo del statu quo impuesto por las monarquías europeas y los grandes burgueses a la permanente efervescencia social, que desembocaría en la revolución bolchevique y en la consolidación de la social democracia y el comunismo en el continente. En términos de Tucídides, la guerra es inevitable cuando hay dos bloques antagónicos condicionados por las circunstancias a confrontarse.

En el primer cuarto del siglo XXI, la confrontación es permanente en el Estado: en lo interno, el surgimiento de los populismos y la polarización política y en lo externo, el contexto geopolítico mundial desequilibrado por la existencia de una potencia emergente, China, que se opone al poderío del Estado hegemónico, y que, además, representa un modelo de desarrollo distinto a Occidente, identificable y atractivo para países del sur global.

La trampa de Tucídides es la frase que, el historiador estadounidense Graham Allison acuñó en 2011, para referirse al aumento de la conflictividad entre China y Estados Unidos producto del miedo del hegemón a ser desplazado y el riesgo que al concluir el conflicto ambas potencias pierdan y cedan su lugar preeminente a una tercera, como sucedió con 1945, cuando Estados Unidos asume el liderazgo de Occidente debido a la confrontación entre el Reino Unido y Alemania.

Durante más de cuarenta años, esta trampa fue eludida con la distención de las relaciones conflictivas entre Estados Unidos y China, pero la confrontación directa ahora es casi inevitable por la pandemia de 2019, la reestructuración de las cadenas de valor económico, la competencia por controlar el mar del sur de China y la defensa estadounidense de Taiwan.

En este contexto, el primer ministro canadiense, Mark Carney , pronunció un discurso en Davos que explicó la posición estratégica de su país frente al rompimiento del orden internacional unipolar, basado en las instituciones de la posguerra fría y marcado por la comodidad e indiferencia de Occidente, ante la concentración excesiva de riqueza y poder, la integración económica asimétrica, el desplazamiento de la persona humana como centro de acción de los gobiernos, la profundización de la desigualdad regional y la perpetuación de la pobreza extrema.

El discurso fue soberanista, sin duda, una reivindicación del Estado frente a las dos grandes potencias que se disputan el mundo -sino estás en la mesa, estás en el menú- y una invitación a fortalecer los campos de poder nacional como estrategia de sobrevivencia digna frente a las pretensiones de avasallar al socio o aliado con procesos de integración condicionados por aranceles unilaterales o que perpetúen las asimetrías regionales.

La soberanía de Carney es abierta al mundo y es una invitación a unirse en los valores de Occidente frente a las potencias abusivas y actuar con una visión estratégica, no inocente. En esa lógica, convoca a fortalecer los mercados internos y garantizar el abasto de alimentos y energía, pero no defiende el aislacionismo, sino todo lo contrario, propone una política de alianzas, de gobierno abierto e incluyente, con quienes compartan los principios e intereses canadienses.

El discurso de Carney se sostiene en la posición geoestratégica de Canadá: socio del pueblo estadounidense y aliado en la OTAN. Esta situación es punto de apoyo para resistir a las presiones de la potencia hegemónica, cuyo líder ha exacerbado los miedos de su población para reelegirse y justificar sus balandronadas. El primer ministro sabe que la anexión de Venezuela, Groenlandia y su propio país son deseos sin el poder suficiente para satisfacerlos.

Los aparatos de inteligencia del gobierno, los militares, el capitolio y la sociedad civil en Estados Unidos saben que la trampa de Tucídides es un riesgo real, pero la política en un contexto de polarización y miedo ciega a sus dirigentes, aún más cuando la soberbia y el narcisismo son su principal motivación.

La pieza oratoria es impecable. El posicionamiento valiente y pertinente. El éxito de la estrategia canadiense poco probable, pero el mensaje llegó a sus destinatarios. ¿Quiénes serán los países que sigan la propuesta de Canadá y demuestren que no tienen miedo a las potencias hegemónicas? Al tiempo.

Investigador del Instituto Mexicano de Estudios Estratégicos en Seguridad y Defensa Nacionales y del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores

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