
El envilecimiento de la vida pública y la hostilidad social y política, son los signos de nuestra época, al menos desde 2009, nos dice Jan-Werner Müller (uno de los estudiosos mayores del populismo), pero la cosa ya no es verbal, simbólica o política: ha llegado a la vida cotidiana, las relaciones humanas más básicas y la violencia, el enfrentamiento físico y la muerte. Estados Unidos anuncia lo que nos pasará a las sociedades polarizadas diariamente y hasta el extremo.
Por ejemplo, en Norteamérica -en los años sesentas- el 4 por ciento de los republicanos se hubiera sentido muy molesto si alguno de sus hijos o hijas se casara con alguien que apoyara al partido demócrata. Hoy esa cifra ronda el 50 o 60 por ciento, dice Adam Przeworski. E informa más.
Como sabemos, el día de Acción de Gracias es el momento de asueto más respetado y venerado en Estados Unidos. Ese día, millones de personas viajan de cualquier rincón del país para estar con su familia. Según las encuestas de hace décadas, una cena normal de Acción de Gracias duraba alrededor de dos horas y media. El 2023, si la cena se celebraba entre parientes que venían de distritos gobernados por diferentes partidos, duraba treinta minutos menos. ¿Conclusión? Las personas no pueden hablar de política en una cena familiar (Ver https://bit.ly/3NChDaJ).
La división que -entre otras cosas- causan las campañas y la política moderna envenenan las relaciones humanas, incluso las más básicas. Przeworski recuerda que en tiempos de Allende, había padres que corrían a sus hijas no porque estuvieran embarazadas, sino porque apoyaban el régimen del socialista. Ninguna democracia puede funcionar en estas condiciones, pero en México estamos en ésas, imitando la moneda corriente de casi todas las democracias occidentales.
Ok, las diferencias sobre política económica, social, de salud, electoral son profundísimas y no pueden sino provocar discusiones agrias. Sin embargo, el tipo de polarización que ya ha anidado en México y es cada vez más extendida, es la polarización afectiva, esa que reagrupa la afinidad, la solidaridad, las querencias entre aquellos que son percibidos como parte de la misma corriente ideológica y que, al mismo tiempo, generan hostilidad, animadversión y rechazo hacia los oponente, así hayan sido tus amigos de toda la vida.
Las preferencias políticas no determinan el partido o la corriente a la que perteneces, sino que la pertenencia al grupo es la que marca tus preferencias sociales. En la sociedad humana, siempre ha flotado el espíritu sectario, pero ahora es la forma dominante de relacionarse. Los prejuicios hacia otros grupos y la sensación de constante amenaza hacia el propio, genera una reactividad emocional que ya no admite argumentos racionales.
Este tipo de polarización tiene muchos efectos corrosivos en contra de la democracia, pero no es una casualidad o una derivación de las diferencias naturales: es una estrategia política, impulsada por publicistas, encuestólogos y toda esa capa de asesores mediáticos (a quienes importa mucho el dinero y poco la vida democrática) que conforman lo que yo llamo la nueva clase dominante.
La primera consecuencia es que debilita la confianza social en los otros; confiamos en nuestro grupo, pero no en esos que están allí afuera del clan.
Vuelve cínicos a los partidos y grupos, militantes o simpatizantes. Como el rechazo por el grupo opuesto aumenta, cada vez más se tolera más las medidas atrabiliarias, autoritarias, que restrinjan el pluralismo con el fin de angostar la actuación a aquellos que son opositores.
Poco a poco, el valor de la convivencia plural se pierde y “los otros” también pierden legitimidad, se convierten en criaturas prescindibles a las que no vale la pena ni escuchar. Por eso, el diálogo pierde sentido.
Como atestiguamos a diario, el lenguaje del debate público se deteriora irremisiblemente. La conversación gira en torno a “quién” y no a “qué”, los datos y los argumentos pesan poco. La deshumanización de los otros ya es la norma y, en general, la deliberación se vacía en favor de la banalidad, todo eso amplificado por las redes sociales y la manipulación digital de la política
De modo que la polarización afectiva hace que los ciudadanos sean cada vez más rígidos, más cuadrados. Como el odio y la hostilidad se basan en el miedo a que gobiernen los otros, basta con el propósito de seguir gobernando, sin importar resultados, rendición de cuentas, evidencias de buen o mal gobierno. El miedo y el encono contra el otro, se convierte en la motivación fundamental del voto y la movilización.
La democracia se vacía y pierde su función crucial: castigar a los malos gobernantes. Importa más que no lleguen al gobierno “esos otros”.
De manera que la polarización afectiva también impacta y enajena a las élites. La cooperación entre partidos diferentes es más costosa; los propios votantes lo toleran menos. Todo lo cual deriva en un escenario que es el telón de fondo de la “reforma electoral” propuesta por el gobierno: no se puede perder y por eso hay que asegurar, capturar, a las instancias electorales, administrativas y judiciales.
No hay candor ni casualidad en la estrategia de polarización. En tales condiciones, el resquebrajamiento de las relaciones sociales, humanas… continuará.
(Estas ideas se pueden leer ampliamente en, Miller, Luis. Polarizados. La política que nos divide. Barcelona, Deusto, 2023.)