
1.
No hay sala de redacción en los periódicos que valga, ni estudio de un escritor que se precie de tal cosa, si no cuenta con el amparo del Diccionario del Uso del Español de María Moliner, esos dos volúmenes que registran, festinan y documentan a nuestra lengua. Si el teatro es, a fin de cuentas, una extensión escénica de las palabras, dedicar una obra a la mujer que hizo de ellas una hazaña de vida, y que se impuso la tarea insensata de abarcar el vasto universo del idioma español en tres mil páginas, era justo y necesario. Lo difícil entender es por qué no se había hecho antes y por qué María Moliner sigue siendo un personaje desconocido para muchos hispanohablantes.
Un homenaje simultáneo al español y a la mayor de sus demiurgos animan esta reposición de El diccionario a cargo de la Compañía Nacional de Teatro del INBAL, cuya dramaturgia se la debemos al español Manuel Calzada Pérez, dirigida para su puesta en México por Enrique Singer, y protagonizada por la extraordinaria actriz Luis Huertas, acompañada por Arturo Ríos, Óscar Narváez y Roldan Ramírez. La obra se presenta en el teatro Julio Castilo del Centro Cultural del Bosque con funciones hasta el próximo 17 de febrero.
María Moliner nació en Madrid en el arranque del siglo XX y murió, a consecuencia de un trastorno neurológico que le fue robando la memoria, en 1981. Cruel paradoja: la gran coleccionista de palabras en sus últimos años sufrió una forma de demencia que le hizo perder, una a una todas las palabras, hasta quedarse vacía.
La dramaturgia de El diccionario no se limita a la de un simple relato biográfico; es, más bien, un ejercicio escénico sobre el poder de una gesta intelectual extraordinaria y la fuerza de la voluntad. El texto de Manuel Calzada Pérez articula los hilos de una vida ejemplar que fue, sobre todo, una epopeya silenciosa, perseverante, y alejada de los reflectores de la vanidad. Los esfuerzos casi monásticos de María Moliner por concebir su diccionario no son sólo la labor de una letrada, sino la metáfora de una búsqueda por entender, nombrar y reconciliar al mundo a través de las palabras.
En la escena se mezclan las voces del pasado y el presente para situar al espectador en el umbral mismo de la conciencia lingüística. La obra nos transporta desde la intimidad de la casa de Moliner -las paredes repletas de fichas, la rutina diaria que comenzaba a las cinco de la mañana- hasta los salones académicos y las fracturas políticas de la España del siglo XX, mostrando cómo la lengua puede ser un territorio de libertad y, al mismo tiempo, un campo de batalla ideológico.
La escenografía y el ritmo dramático no buscan el virtuosismo formal, sino la economía expresiva que exige una historia donde cada palabra pesa como un reto existencial. Son las palabras mismas los otros actores que saturan el escenario. La actuación de Luis Huertas funciona como un espejo: nos obliga a reconocer no sólo a María Moliner, sino también la relación que cada uno de nosotros mantiene con la lengua, a la que transformamos día con día hasta convertirla en un patrimonio al mismo tiempo íntimo y colectivo.
2.
Cuando María Moliner murió, uno de sus mayores beneficiarios, el escritor Gabriel García Márquez -un año antes de recibir el Premio Nobel de literatura- le dedicó un artículo publicado en el periódico español El País. Cito algunos fragmentos de aquel artículo:
“María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor”.
“Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner y lo dijo con mucha razón”.
“Un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida”.
“En 1967, presionada por la Editorial Gredos, dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida. En 1972 su candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. “¿Qué podía decir yo”, dijo entonces, “si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?”. (Tras su muerte) Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años”.
3.Colofón
Nací en 1967. Tengo la misma edad que el Diccionario del Uso del Español, y la misma edad que la novela cumbre de García Marquez, Cien años de Soledad, cuya célebre primera edición de la editorial Sudamericana, con portada de Vicente Rojo, apareció en mayo de aquel año. Dos grandes momentos de le lengua española ocurrieron pues en aquel año axial que es, también, mi año.
A ambas obras, el diccionario y la novela, las emparenta el hecho de que fueron el resultado de un enorme sacrificio personal. En las conversaciones que García Márquez sostuvo con Plinio Apuleyo (El olor de la guayaba, 1982), narró los enormes sacrificios que él y su esposa debieron realizar para que escribiera su novela más ambiciosa:
“Yo había comprado meses atrás un automóvil. Lo empeñé y le di a ella (a Mercedes, su esposa) la plata calculando que nos alcanzaría para vivir unos seis meses. Pero yo duré año y medio escribiendo el libro. Cuando el dinero se acabó, ella no me dijo nada. Logró, no sé cómo, que el carnicero le fiara la carne, el panadero, el pan y que el dueño, del apartamento nos esperara nueve meses para pagarle el alquiler. Se ocupó de todo sin que yo lo supiera: inclusive de traerme cada cierto tiempo quinientas hojas de papel. Nunca faltaron aquellas quinientas hojas. Fue ella la que, una vez terminado el libro, puso el manuscrito en el correo para enviárselo a la Editorial Sudamericana”.
Cien años de soledad y dos años de confinamiento y austeridad. Poco antes, el domingo seis de noviembre de 1966, García Márquez publicó una colaboración para el suplemento cultural del periódico El Heraldo que dirigía Luis Spota, en el que describía las dificultades económicas que debe enfrentar quien elige abrazar la vocación de la escritura de manera profesional. El titulo anunciaba con claridad su alegato: “Las desventuras del escritor”.
Podemos imaginar entonces que en algún momento de su rutina diaria de escribir la novela de 9 de la mañana a las 3 de la tarde, se dio un espacio para escribir esta colaboración y, de paso, obtener algún pago por ella. Un escritor recluido, agobiado por las apuraciones económicas, pero a punto de concluir uno de los libros más influyentes de la historia de la literatura hispanoamericana. Cito apenas un fragmento:
“Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que, al terminar la lectura de un libro, se pregunten cuántas horas de angustias y de calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas páginas y cuánto ha recibido por su trabajo”.
“Para terminar pronto, conviene decir a quien no lo sepa, que el escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería. De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. El resto se lo llevaron los editores, que corrieron el riesgo de imprimirlo, y luego los distribuidores y los libreros”.