
En un mundo cada vez más digitalizado, las prohibiciones sobre el uso de tecnología para menores de edad han ganado terreno en diversos países. Francia ha aprobado una ley que impide a los menores de 15 años acceder a redes sociales, argumentando la necesidad de proteger su salud mental. Australia ha implementado una prohibición para menores de 16 años en plataformas como TikTok, Instagram y Snapchat, complementada con vetos al uso de móviles en escuelas públicas. En Estados Unidos, al menos 12 estados han promulgado regulaciones que requieren consentimiento parental o verificación de edad para menores.
Estas medidas plantean un debate profundo ¿son las prohibiciones efectivas o solo un parche que ignora lecciones históricas? Las prohibiciones no son nuevas en la historia humana. Desde la Ley Seca en Estados Unidos en los años 20 hasta las censuras en regímenes autoritarios, las restricciones absolutas han demostrado generar mercados negros, incumplimientos masivos y, paradójicamente, un mayor atractivo por lo vetado.
El argumento principal es la salvaguarda de la salud mental. Estudios indican que el uso excesivo puede aumentar la ansiedad, la depresión y la exposición a contenidos inapropiados en adolescentes. Sin embargo, estas leyes ignoran la realidad contractual de las plataformas. Millones de usuarios, incluidos adultos, aceptan términos de servicio sin leerlos, vulnerando sus propios derechos de privacidad y datos.
Casos como el de Roblox, donde se han detectado abusos como grooming (acoso sexual a menores de edad), explotación sexual, acoso y apuestas ilegales, destacan la necesidad de una regulación efectiva. A pesar de las medidas de moderación de contenido y verificación de edad, los abusos siguen ocurriendo, lo que ha generado críticas y demandas contra la empresa.
La nueva era digital requiere técnicos y tecnológicos capacitados para abordar los desafíos de seguridad y privacidad. Se necesitan profesionales en áreas para la Cibernética para desarrollar soluciones de seguridad y protección de datos; la inteligencia artificial para crear algoritmos que detecten y prevengan abusos; el análisis de datos para entender patrones de comportamiento e identificar riesgos, y; el diseño de experiencia de usuario para crear interfaces seguras y fáciles de usar.
En lugar de vetos absolutos, que vulneran contratos implícitos y promueven incumplimientos masivos, apostemos por la educación y la dosificación. Enseñemos a los menores a leer términos de servicio, a identificar riesgos y a usar herramientas como filtros parentales o límites de tiempo. Plataformas como las de Australia o Francia podrían evolucionar hacia modelos educativos, donde el acceso sea gradual y supervisado, fomentando la alfabetización digital en lugar de la exclusión. Precisamente como ahora se esta promoviendo en SaberesMX
La Ley Kuri en Querétaro, aunque bien intencionada, podría inspirar un enfoque nacional equivocado si no se complementa con programas de enseñanza. En un mundo donde la IA y la conectividad definen el progreso, prohibir es limitar el futuro. Prefiramos guiar a nuestros jóvenes hacia un uso responsable, no encerrarlos en una burbuja que los deje rezagados.
Los pros serían la reducción de cyberbullying, menor exposición a contenidos dañinos, mejora el rendimiento académico. Los contras, aislamiento de los jóvenes, limitación de la conexión social, pérdida de habilidades manuales y digitales esenciales y fomento de la rebelión y el uso de plataformas clandestinas
En conclusión, las prohibiciones en redes sociales para menores pueden ser un paso atrás en una sociedad que avanza hacia la inteligencia artificial y la conectividad global. En lugar de prohibir, debemos educar y guiar a nuestros jóvenes hacia un uso responsable de la tecnología. Abramos el debate y el acceso a la información. No son los desarrollos tecnologicos el problema en sí mismo, son el uso que le damos y contendios en los que debemos intervenir y aprovecharlos de manera colectiva.