Opinión

Política para la emancipación animal

Operativo en Parque México descarta maltrato en animales en adopción

El interés por el bienestar animal se ha instalado en nuestras sociedades de manera definitiva. Las enormes movilizaciones en defensa de los seres sintientes, los ataques a las comunidades de cuidado, las críticas a una deficiente gestión pública y privada marcada por la mercantilización, así como la creciente preocupación social por el constante maltrato animal son características de nuestros tiempos. El abandono vil, la negligencia en el cuidado doméstico, la violencia directa y gratuita, la explotación en espectáculos y zoológicos, el tráfico de especies y las prácticas crueles en la industria, las facultades de veterinaria o en la moda y los cosméticos, reflejan graves déficits culturales, educativos y éticos de la sociedad mexicana.

Tradicionalmente, la reflexión sobre la vida animal se ha centrado en su sufrimiento, derechos, capacidad de sentir y en los deberes morales que los individuos tienen hacia ellos. Esta concepción se sustenta en las ideas del viejo especismo según el cual pertenecer a una especie –en particular la humana- permite establecer un criterio legítimo para dominar, explotar o excluir moralmente a otros seres vivos. Así como el racismo o el sexismo imponen jerarquías injustas entre personas, el especismo concibe una jerarquía entre las especies. No se proyecta solo como un prejuicio individual sino como un complejo sistema institucional articulado en leyes, políticas públicas, prácticas económicas, discursos científicos y narrativas culturales.

Aquí la ideología occidental de dominación se manifiesta en el trato hacia los animales. El bienestar animal convive perfectamente con su explotación. Este animalismo institucional habla por los animales pero busca callar a ciudadanos, refugios, vecinos y activistas. Además, convierte el cuidado en una forma sofisticada de control por medio de protocolos, peritajes, registros, traslados y encierros. Todo se presenta como protección pero funciona en los hechos como opresión administrativa. Este animalismo gubernamental representa una política que protege animales sin democratizar su cuidado. No basta cuando afirma que cuida, importa cómo, con quién y a costa de quién.

Ante esta situación actualmente se desarrolla una alternativa para los animales no humanos. La animalidad desplaza su foco hacia el Estado y sus prácticas concretas. La pregunta ahora no es solo que está mal en el trato que les damos sino cómo se produce y administra lo que cuenta como “bien” y “mal” para ellos. Es necesario reconocer que la vida animal no vale menos solo por no ser humana. De esta forma, se está configurando la animalidad como una categoría política que

analiza cómo el poder organiza, jerarquiza y gobierna las vidas animales, y además, cómo esa gestión se encuentra profundamente entrelazada con la política, la economía y la historia. No se pregunta solo si los animales sienten, sino que va más allá al reflexionar sobre quién decide qué vidas animales importan, bajo qué condiciones y con qué fines políticos.

Afirma que los animales no existen solo como hechos biológicos sino principalmente como figuras políticas a partir de su clasificación como animal protegido, animal plaga, animal productivo, animal de compañía o animal sacrificable. Es necesario resaltar que todas estas categorías no son naturales sino decisiones históricas y políticas. Urge transformar las relaciones de fondo entre humanos y animales configurando una intervención política que los defienda sin excluir a quien los cuida, que permita proteger vidas sin usar la fuerza como primera respuesta y que reconozca la sentiencia sin convertirla en excusa del poder.

Esta política de la animalidad revela que un “rescate” es un acto de poder, que la “protección” produce exclusión ciudadana y que los animales son usados para resolver conflictos económicos o inmobiliarios. Es así que debemos modificar radicalmente nuestra relación con los animales, porque su explotación y asesinato no son accidentales sino constitutivos de las ideologías y prácticas del poder que sostiene a nuestras sociedades

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