Opinión

La gestión presidencial y sus desafíos

Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo (Galo Cañas Rodríguez)

El arranque de 2026 no ha sido benévolo. Las tensiones geopolíticas se han intensificado con el regreso de políticas de fuerza unilateral por parte de Estados Unidos, incluidas operaciones de alto impacto en el hemisferio y amenazas explícitas en documentos estratégicos como la National Defense Strategy NDS 2026, el colapso de acuerdos nucleares históricos, el endurecimiento de conflictos en múltiples frentes y una reconfiguración del poder global que pone a prueba la soberanía de naciones medias como la nuestra.

En este tablero inestable, los embates externos encuentran eco en intrigas internas, filtraciones calculadas, campañas de descrédito amplificadas por medios concentrados, intentos constantes de fracturar la unidad política y sabotajes administrativos que pretenden convertir cualquier ineficiencia en prueba de fracaso estructural.

Ante este vendaval, la presidenta no ha recurrido a la pose ni al victimismo. Su respuesta ha sido metódica y firme, al mantener el rumbo de la Cuarta Transformación sin concesiones sustantivas, fortalecer la diplomacia activa, como en el impulso a reformar y robustecer a la ONU, responder con datos y hechos a las provocaciones, y sobre todo preservar la cohesión del bloque mayoritario que la llevó al poder. Cada mañanera, cada gira y cada decisión controvertida, desde la reforma judicial hasta el manejo de presiones económicas, revela una convicción inquebrantable: el proyecto no es negociable porque no pertenece solo a una persona, sino a millones que lo ven como la única vía realista para reducir desigualdades en un mundo que las agranda.

Las ineficiencias existen, por supuesto. Toda administración las tiene, especialmente en un país con instituciones que arrastran décadas de inercias y resistencias. Lo que distingue a este gobierno es que esas fallas no paralizan la acción ni sirven de excusa para retroceder. Al contrario: se corrigen en marcha, se transparentan y se enfrentan sin caer en la tentación autoritaria ni en la parálisis por miedo al error. Esa capacidad de absorber golpes sin perder el norte es precisamente lo que la oposición y ciertos centros de poder no logra digerir.

Esperaban un colapso rápido; en cambio, encuentran a una presidenta que no se distrae con el ruido, que no negocia principios por aplausos efímeros y que entiende que la verdadera fuerza radica en resistir más tiempo.

En un mundo donde el cinismo y la resignación ganan terreno, resulta casi anacrónico ver a una mujer científica al frente de un país complejo, enfrentando simultáneamente intrigas palaciegas, presiones externas brutales y las inercias de siempre. Y sin embargo, es real. Esa fortaleza no es un don sobrenatural, surge de una convicción profunda, un equipo leal y, sobre todo, de una base social que sigue creyendo que el cambio es posible.

Por eso, más allá de simpatías partidistas, hay algo innegable en febrero de 2026: la presidenta Sheinbaum demuestra que se puede gobernar con temple en medio del caos. Y eso, en estos tiempos, ya constituye un acto de resistencia histórica.

De acuerdo con la más reciente encuesta de FactoMétrica y Reporte Índigo, levantada del 9 al 13 de febrero de 2026, el 78.1% de los mexicanos califica como bueno o muy bueno el desempeño de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, un ligero aumento respecto al 77.5% registrado en enero. Este respaldo mayoritario refleja la solidez de su gestión tras catorce meses en el cargo.

Por ello, en un entorno internacional que parece diseñado para desgastar a cualquier liderazgo que no se someta al ruido dominante, la presidenta Claudia Sheinbaum, exhibe una fortaleza que va más allá de lo personal, la resiliencia de un proyecto colectivo que se niega a ser doblegado.

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