
En 2027 María Elena Álvarez de Vicencio habría cumplido 70 años de militancia ininterrumpida en el Partido Acción Nacional. Pocos personajes de la vida pública en México podrían empatar semejante historial de lealtad partidista y convicción democrática, especialmente en estos tiempos de conversiones súbitas, malabares ideológicos y afiliaciones oportunistas. Compañera por años de estas mismas páginas como articulista, su muerte nos recuerda por sobre todas las cosas que la política puede ser también un ejercicio de la ética y de la congruencia. A su memoria dedico esta entrega.
Habría que reunir en un volumen sus colaboraciones semanales con La Crónica de Hoy. Publicó aquí muy diversas reflexiones sobre la democracia en México, la ética pública y el papel de las mujeres en la política mexicana. No eran textos estridentes ni alegatos sesgados por la vocación partidista. Procuraba más bien, con una prosa sencilla y clara, otorgarles una perspectiva histórica, jurídica y ética a los temas de la vida pública que abordaba, como derivaciones de sus propias lecturas y afanes académicos.
Con más de media centuria a cuestas, y una maternidad consagrada a la crianza de cinco hijos, al inicio de la década de los ochenta tomó la decisión de estudiar en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde obtuvo la licenciatura, la maestría y el doctorado, amén de un segundo posgrado en Derecho Constitucional, al que se inscribió cuando ya rebasa los ochenta años de edad.
A veces las biografías políticas se miden por el tamaño del poder alcanzado. En el caso de María Elena Álvarez habría que hacerlo de otra manera: por la constancia y la profundidad de una misma, cuádruple e inconfundible convicción: 1) la democracia es menos un tema procedimental o técnico que un asunto de principios elementales e irrenunciables; 2) la participación ciudadana es el pilar de las sociedades que se organizan para administrar sus diferencias en busca de un bien común; 3) la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres ha sido el gran pendiente de la modernidad democrática en México y Occidente; y 4) la fe en educación, como el único espacio donde las tres convicciones anteriores pueden cumplirse a cabalidad.
Sobre esto último hay que decir que, en efecto, María Elena Álvarez fue una educadora en más de un sentido: como maestra normalista; como fundadora en 1967, exdirectora y profesora del Colegio La Paz en el sur de la Ciudad de México, una institución privada de educación básica e intermedia que permanece en activo; cofundadora a su vez del Instituto Interamericano de Estudios Psicológicos y Sociales (INIEPS) en Chihuahua, orientado a niños con problemas de aprendizaje desde hace seis décadas; pero sobre todo como la formadora de varias generaciones de militantes del PAN que encontraron en su libro de 1986 Alternativa Democrática -derivado de su tesis de licenciatura en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM-, la puerta de entrada a la historia y el programa de un partido que, con toda justicia, forma parte protagónica de la historia política del México moderno.
Con esta vocación pedagógica, su ingreso a la vida política no fue el de una ambición personal, sino el de una inquietud cívica. Nació en Zamora, Michoacán, en 1930, en un país donde la presencia de las mujeres en la política era todavía excepcional. México habría de reconocer el derecho al voto femenino cuando ella ya tenia 23 años de edad, y aun después de 1953 las estructuras partidistas —incluido el propio PAN— continuaban siendo espacios mayoritariamente masculinos.
Su encuentro con la política ocurrió, como en el caso de muchos miembros de su generación, en el cruce entre la formación católica y el despertar de una conciencia cívica que buscaba espacios de participación fuera del sistema político hegemónico de la época. En ese contexto conoció a quien sería su compañero de vida y de militancia, Abel Vicencio Tovar, por entonces dirigente de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, y con los años una de las figuras más respetadas del panismo histórico, del que fuera su presidente nacional entre 1978 y 1984.
Se casaron en 1957 y ese mismo año ambos ingresaron al Partido Acción Nacional. Durante décadas el matrimonio Vicencio-Álvarez representó una de las parejas más emblemáticas de la militancia panista. Quienes los trataron recuerdan que en ellos la política no era una actividad separada de la vida cotidiana, sino una prolongación natural de sus convicciones políticas, morales, familiares y cívicas.
Desde muy temprano María Elena Álvarez comenzó a trabajar en la organización interna del partido. Fue integrante del Comité Regional del PAN en el entonces Distrito Federal, responsable de la Sección Femenina y más tarde consejera nacional, una responsabilidad que mantendría durante casi medio siglo. En esa tarea desarrolló una labor discreta pero decisiva: la formación política de cuadros y la incorporación de las mujeres a la vida partidista.
Aquella era todavía la época del PAN como una oposición obstinada pero básicamente testimonial, cuando competir electoralmente significaba enfrentarse a un sistema político prácticamente cerrado y apabullante. Pese a todo, fue en ese contexto donde se forjaron las convicciones de quienes décadas después protagonizarían la transición democrática mexicana en el año 2000.
Su primera candidatura a diputada federal ocurrió en 1976. Junto con otra mujer, Marcela Lombardo -la hija del fundador del PPS, Lombardo Toledano-, fueron derrotadas por el candidato del PRI como era lo previsible, pero logró una curul como diputada de partido. Esa primera experiencia se convertiría en el inicio de una larga carrera legislativa. Fue electa diputada federal en cuatro ocasiones y senadora de la República entre 1997 y 2000. Uno de los momentos más simbólicos de su carrera parlamentaria ocurrió en 2007, cuando asumió la presidencia de la Cámara de Diputados
Si hubiera que identificar un eje constante en su trabajo legislativo, ese sería sin duda la promoción de los derechos de las mujeres. Mucho antes de que la paridad de género se convirtiera en una norma constitucional, María Elena Álvarez insistía en que la democracia mexicana estaba incompleta mientras la mitad de la población permaneciera subrepresentada en la vida pública. Desde la Secretaría de Promoción Política de la Mujer del PAN impulsó programas inclusivos para la militancia femenina, y alentó a muchas de ellas a contender por cargos de elección popular. Participó en los debates y en la iniciativa de Ley que dieron origen al Instituto Nacional de las Mujeres en 2003, y fue su primera Directora Ejecutiva.
Para varias generaciones de panistas se convirtió en una referencia moral, una suerte de conciencia histórica de aquel partido que había aprendido a hacer política desde la minoría y desde la convicción opositora, se había convertido en un partido competitivo con presencia nacional, hasta alcanzar varias gubernaturas y finalmente la presidencia de la República en el 2000, experimentar las mieles -y las hieles- del poder y, doce años después, regresar a las filas de la oposición.
Representaba, en muchos sentidos, el espíritu del viejo PAN, el doctrinario y democrático, un partido de ciudadanos, de profesores, de profesionistas y de militantes que concebían la política no como una carrera, sino como una forma de servicio público, un apostolado. Junto con su esposo don Abel, ambos pertenecen a la genealogía moral de la democracia mexicana.
Quizá la mejor manera de recordar a María Elena Álvarez de Vicencio no sea enumerando sus cargos y andanzas, sino reconociendo lo que representó en un sentido más simple y contundente: la perseverancia moral de una mujer que creyó en la política como una forma del servicio público y del compromiso con su país, como una extensión de su vocación magisterial y de su instinto maternal.