Opinión

Del símbolo al poder real

Mirada violeta Miles de mujeres asisten a la marcha del 8M 2026 (Giovanna Morales Gómez/Giovanna Morales Gómez)

El 8 de marzo en México ya no es una fecha conmemorativa más. Es un termómetro político. Es una medición del Estado que tenemos y del Estado que estamos construyendo. Este año la pregunta es inevitable: ¿la llegada histórica de una mujer a la Presidencia transforma realmente las prioridades del país o se queda en el terreno del símbolo?

México ha alcanzado algo que hace apenas una generación parecía improbable: paridad constitucional en todos los poderes y la primera mujer al frente del Ejecutivo. El techo de cristal presidencial se rompió. Pero romper el techo no significa haber rediseñado la casa.

Durante décadas, la teoría clásica de la burocracia nos enseñó que el Estado debía ser neutral, racional y técnico. La administración pública se pensó como una maquinaria impersonal donde las reglas importaban más que las personas. Sin embargo, esa supuesta neutralidad siempre tuvo género. Las instituciones fueron diseñadas bajo el supuesto de un trabajador sin responsabilidades de cuidado, disponible de manera continua y desvinculado del trabajo doméstico. Ese trabajador abstracto tenía un perfil muy concreto.

La teoría organizacional feminista lo ha explicado con claridad: las instituciones no son neutrales, son estructuras generizadas. Operan con normas, horarios, incentivos y culturas que históricamente han favorecido trayectorias masculinas. Por eso la presencia de mujeres en el sector público no es un simple dato estadístico. Es un factor potencial de transformación institucional.

Aquí es donde cobra sentido la distinción entre representación simbólica y representación sustantiva. La representación simbólica ocurre cuando las mujeres ocupan cargos. La sustantiva ocurre cuando cambian las decisiones, los presupuestos y las prioridades.

México vive hoy esa tensión.

La paridad electoral y la alternancia de género en gubernaturas y congresos han aumentado la representación descriptiva. Pero la pregunta de fondo es si estamos viendo una reorientación estructural del Estado hacia temas que históricamente fueron relegados: el sistema nacional de cuidados, la salud reproductiva, la protección frente a la violencia de género, la conciliación entre trabajo y familia, la atención a la llamada generación “sándwich” que sostiene simultáneamente a hijos y padres mayores.

La economía del cuidado sigue siendo el gran elefante en la habitación del desarrollo mexicano. Las mujeres dedican, en promedio, más del doble de horas que los hombres al trabajo no remunerado. Ese tiempo invisible sostiene el funcionamiento del mercado laboral y del sistema productivo. Sin embargo, el cuidado continúa siendo tratado como un asunto privado y no como infraestructura social.

Si la representación femenina es sustantiva, debería reflejarse en presupuestos robustos para cuidados, en políticas integrales de salud, en servicios de primera infancia ampliados y en mecanismos eficaces de prevención y sanción de la violencia. Debería traducirse en una visión del desarrollo que reconozca que sin cuidado no hay productividad ni crecimiento sostenible.

La historia comparada muestra que cuando las mujeres ejercen liderazgo con capacidad real de incidencia, el Estado social se fortalece. No porque las mujeres sean inherentemente más sensibles, sino porque sus trayectorias vitales las han expuesto de manera directa a las fallas del sistema. La experiencia importa. Cambia la agenda.

En México, el desafío es doble. Por un lado, consolidar la legitimidad de una Presidencia encabezada por una mujer en un contexto de polarización política y tensiones institucionales. Por otro, evitar que la paridad se convierta en una meta numérica que no transforme el diseño administrativo.

La burocracia mexicana sigue operando con inercias profundas: centralización presupuestaria, rigidez normativa, estructuras jerárquicas que dificultan la transversalización de la perspectiva de género. Si esas estructuras no se modifican, la representación corre el riesgo de quedar atrapada en el simbolismo.

El 8M también obliga a mirar el fenómeno de la violencia. México enfrenta niveles alarmantes de feminicidio y violencia estructural contra las mujeres. La existencia de más mujeres en cargos públicos no ha erradicado esa realidad. La representación sustantiva implicaría fortalecer fiscalías especializadas, profesionalizar cuerpos policiales con enfoque de género y asegurar que el acceso a la justicia no dependa de la entidad federativa o del nivel socioeconómico.

Hay, además, un componente económico ineludible. La participación laboral femenina en México sigue por debajo del promedio de la OCDE. Sin políticas de cuidado, transporte seguro y condiciones laborales flexibles, el mercado laboral continuará expulsando o penalizando a las mujeres. El crecimiento potencial del país está directamente vinculado a esta brecha.

La discusión no es ideológica, es estructural. La neutralidad administrativa, entendida como indiferencia ante desigualdades históricas, reproduce inequidades. Un Estado moderno no puede limitarse a administrar reglas; debe corregir asimetrías.

México tiene hoy una oportunidad histórica. La presencia de mujeres en el poder ejecutivo, legislativo y judicial crea condiciones inéditas para rediseñar prioridades. Pero la ventana no es automática ni permanente. Depende de decisiones presupuestales, de reformas organizacionales y de la voluntad de convertir la igualdad formal en transformación real.

El riesgo es conformarse con el símbolo. El desafío es construir sustancia.

En este 8 de marzo, la pregunta no es cuántas mujeres ocupan cargos públicos. La pregunta es si el Estado mexicano refleja las realidades de quienes sostienen la economía del cuidado, enfrentan violencia cotidiana y cargan con desigualdades estructurales.

Pasar del símbolo al poder real implica aceptar que la burocracia nunca fue neutral y que puede evolucionar. Implica reconocer que gobernar también es cuidar. Y que una administración pública verdaderamente moderna no mide su éxito solo en balances fiscales o eficiencia procedimental, sino en la capacidad de garantizar vidas más seguras, saludables y dignas.

Si la representación femenina logra transformar prioridades, México no solo habrá roto un techo de cristal. Habrá comenzado a rediseñar el edificio institucional.

Ese sería el verdadero significado político del 8M.

* La autora es profesora-investigadora del Departamento de Economía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Su correo es heidi.smith@ibero.mx.

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