
En septiembre de 1975 llegaron al Zoológico de Chapultepec dos pandas gigantes, Pe Pe y Ying Ying, enviados por el gobierno de la República Popular China como un gesto de buena voluntad en el marco de la relación bilateral que apenas comenzaba a consolidarse. No fue un hecho aislado: formaba parte de una práctica sostenida de la diplomacia china, que desde mediados del siglo XX incorporó a estos animales como instrumentos simbólicos de política exterior. México, en ese momento, fue uno de los países receptores de esa manera extrema del soft power.
La recepción fue inmediata y masiva. Los pandas se convirtieron en una atracción central del zoológico y, en poco tiempo, en una presencia reconocible dentro del paisaje urbano de la ciudad. A diferencia de otros países, donde los pandas permanecieron como ejemplares aislados, en Chapultepec se produjo un proceso poco frecuente: la reproducción. A partir de 1980 comenzaron a nacer crías, en un entorno que, por razones aún discutidas —altitud, adaptación, condiciones de manejo—, resultó propicio para la especie.
Ese hecho modificó la naturaleza misma de su presencia. Los pandas dejaron de ser únicamente animales exhibidos y pasaron a formar parte de una secuencia generacional. El zoológico, que hasta entonces funcionaba como espacio de recepción, se convirtió también en un sitio de producción biológica. En términos estrictos, Chapultepec fue el primer lugar fuera de China en lograr que un panda naciera y sobreviviera en cautiverio, con el caso de Tohuí en 1981.
Tohuí no fue solo un éxito de zootecnia. Se volvió un referente cultural. Su figura se incorporó con rapidez a los circuitos mediáticos y a la cultura popular. Durante varios años, los pandas formaron parte de una narrativa cotidiana que combinaba espectáculo, ciencia y afecto público.
Sin embargo, mientras esa historia se desarrollaba localmente, el contexto internacional cambiaba. En 1984, China modificó su política respecto a los pandas: dejó de regalarlos y comenzó a establecer esquemas de préstamo con condiciones financieras y contractuales precisas. Lo que en los años setenta había sido un obsequio, pasó a formar parte de un sistema regulado de cooperación internacional. México quedó en una posición particular dentro de ese tránsito: los pandas que ya se encontraban en su territorio y sus descendientes no fueron reclamados bajo el nuevo régimen.
Esa circunstancia explica en buena medida la singularidad del caso mexicano. A diferencia de otros países, donde los pandas pertenecen legalmente a China, los ejemplares nacidos en Chapultepec quedaron bajo propiedad mexicana. La genealogía que se había iniciado con Pe Pe y Ying Ying continuó, al menos durante un tiempo, al margen de las nuevas reglas.
A lo largo de los años ochenta y noventa nacieron varias crías. No todas sobrevivieron, pero algunas alcanzaron la edad adulta, consolidando un linaje que, sin ser numeroso, sí fue sostenido. En Chapultepec se lograron una decena de nacimientos de panda, lo que colocó a nuestro zoologico como uno de los programas de reproducción más relevantes fuera de China.
Dentro de esa secuencia, el nacimiento de Xin Xin en 1990 marcó un punto de inflexión. Hija de Tohuí y de un panda proveniente del zoológico de Londres, su concepción fue resultado de técnicas de inseminación artificial, lo que indicaba ya un cambio en las condiciones del programa. La reproducción dejaba de ser un fenómeno relativamente espontáneo y comenzaba a depender de procedimientos más complejos.
Xin Xin representa, en términos biológicos, la segunda generación nacida en México. Pero su importancia no radica únicamente en esa posición genealógica. Es, sobre todo, el último eslabón de esa línea. A diferencia de sus predecesores, no logró reproducirse, pese a diversos intentos realizados durante años. Con ella, la continuidad dejó de ser un supuesto y pasó a convertirse en una incertidumbre.
Mientras tanto, los otros pandas fueron desapareciendo gradualmente. La muerte de los ejemplares más antiguos no implicó, en su momento, una ruptura visible. El proceso fue paulatino, sin un evento que lo condensara. Sin embargo, con el paso del tiempo, la reducción del grupo se hizo evidente.
Hacia el año 2002 sobrevivían en Chapultepec dos hembras adultas hijas de la pareja original (Xin Hua, que entonces tenía 17 años, y Shua Shua de 15 años). Crecía también la única cría que tuvo Tohui, con el panda traído desde Londres. Xin-Xin tenía entonces 12 años de edad y en la actualidad tiene 35, siendo la única que aún nos queda en Chapultepec.
Su situación actual es excepcional Xin-Xin es la pandas en cautiverio más longeva de la historia. Llegará este 2026 a los 36 años de vida, superando ampliamente la expectativa promedio de la especie. Esa doble condición —longevidad y singularidad jurídica— la convierten en un caso atípico dentro de la historia reciente de la conservación animal. Pero también introduce un elemento adicional: el carácter terminal de su presencia. No hay, hasta ahora, un programa activo que contemple la incorporación de nuevos pandas a Chapultepec, ni una estrategia clara de continuidad.
A pesar de que ha roto el récord mundial de longevidad para un panda en cautiverio, tristemente es poco el tiempo que debe quedarle de vida. En aquel año 2002 las tres hembras se encontraban en los últimos años de su etapa fértil, por lo que resultaba absolutamente urgente conseguir un macho para su apareamiento, o al menos intentar técnicas de fertilización in vitro con ayuda de China. De ello dependía la continuidad de esta historia de éxito de la que tanto se habían beneficiado los mexicanos, especialmente los niños.
Así se lo hicimos saber desde la Embajada de México en China a las autoridades del gobierno capitalino. El embajador Sergio Ley le dirigió una carta al director del zoológico de la Ciudad de México en la que le exponía las nuevas condiciones que exigía el gobierno chino para el préstamo de pandas, en un tiempo en el que ya no los regalaban como antes. Básicamente había que erogar un millón de dólares mensuales a manera de renta, y aceptar el derecho de propiedad de China sobre las crías en caso de que se lograran, una segunda opción -más barata pero menos segura- era el de pagar a los especialistas chinos para intentar una fertilización in vitro.
Como agregado cultural y de cooperación de nuestra Embajada en Pekín tuve oportunidad de viajar a la reserva de pandas en Chengdú para conocer a detalles las posibilidades que nos ofrecía China en ese momento, y de igual manera sostuve un par de reuniones con las autoridades centrales encargas del tema. Finalmente, durante un viaje a México. me entrevisté con el director del zoológico capitalino.
Sugerimos que el millón de dólares podría obtenerse con relativa facilidad como donativo de algún empresario mexicano y argumentamos que de tener éxito el nacimiento de una nueva cría en nuestro país -aunque formalmente le perteneciera a China- se convertiría en una atracción mayor que resultaría a su vez benéfica en términos de captación de recursos, pero sobre todo sería una herencia a futuro para los capitalinos.
Al final no se logró nada y el resultado es que fatalmente México habrá de quedarse sin pandas en su Zoológico en muy poco tiempo. Retomar el tema sería tal vez una manera de impulsar la cooperación bilateral con China, y de darle una nueva y magnífica oportunidad a la diplomacia pública de ambos países. Sería también una manera de mantener viva de darle una segunda oportunidad a uno de los proyectos más emblemáticos de la cooperación entre nuestros dos países desde que establecimos relaciones diplomáticas hacia media centuria.
La desaparición de los pandas en México —cuando ocurra— no será un acontecimiento espectacular. No habrá un relevo inmediato ni una sustitución equivalente. Será, más bien, la constatación de que un ciclo histórico se ha cerrado. Uno que comenzó como un gesto diplomático y terminó convertido en una experiencia local prolongada, hasta agotarse en su propia excepcionalidad.