
En poco más de un año, hemos pasado de escuchar las palabras y las promesas disparatadas de un presidente que, si bien ganó las elecciones con un amplio respaldo ciudadano bajo la oferta de que recuperaría trabajos para su clase trabajadora, mejoraría la economía y retiraría para siempre a su país de las desangrantes guerras eternas -en términos financieros y materiales, y sobre todo humanos- tras las inservibles y traumáticas experiencias de Irak y Afganistán, pero también de Siria, Somalia, Líbano, Libia, Sudán, en las que además argumentan diversos especialistas, fueron peleadas no en función del interés nacional norteamericano sino del israelí, a la agobiante imposición de tarifas comerciales de castigo a propios y extraños.
Justo es decir que los más maltratados probablemente hasta el momento, sean sus aliados occidentales, en especial los europeos, los cuales han sido humillados en reiteradas ocasiones, pero que con muy contadas honrosas excepciones, han aceptado jugar el papel secundario y ninguneado al que los ha sometido el ogro de la casa blanca.
Difícil olvidar al secretario general de la Alianza Atlántica llamando papito al presidente estadounidense por su paternal actitud para regañar a los mal portados, en este caso rusos y ucranianos. Tampoco será fácil olvidar la humillación al mandatario ucraniano, quien se comportaba como héroe de la democracia internacional, sin serlo, en la oficina Oval, como tampoco pasará inadvertida la intención presidencial de arrebatarle Groenlandia a los daneses.
Al final todo el esfuerzo resumido en la grandilocuente idea de hacer a Estados Unidos grande otra vez, aunque en la práctica sea a empujones, insultos y maltrato, muy a menudo con el recurso a la violencia letal.
Cuando todo parecía que los escenarios delirantes no pasarían de lo comercial y las injustas tarifas al comercio -que afectan al final a los consumidores estadounidenses, como lo han repetido hasta el cansancio notables economistas especializados- apareció casi como una ocurrencia, retomar la lucha contra el narcotráfico vinculándolo al terrorismo, circunscrito casi en exclusiva a América Latina y el Caribe. Claramente se olvidó de los demás países y regiones en donde se trafica con drogas ilícitas y se consumen ampliamente, pero sobre todo obvió la responsabilidad que le corresponde a su país como el mayor mercado mundial de consumo, de lavado de dinero ilícito y de tráfico de armas. En cualquier caso comenzó a ensayar militarmente el hundimiento de las pretendidas lanchas narco-terroristas.
No hemos hablado de los abusos en el interior de su país, pero sus embates autoritarios contra el sistema democrático de su propia nación son de sobra conocidos. Los abusos de sus improvisados agentes de inmigración y aduanas contra los migrantes e incluso contra sus ciudadanos; sus atentados contra la libertad de expresión y su abierta guerra contra “la izquierda radical” y los medios informativos “mentirosos” que le han generado manifestaciones en todo el país con el lema “no queremos un rey”.
Dedicado de manera obsesiva a cambiar nombres a diestra y siniestra, nos dio un primer obsequio con su acto de nacionalismo retorcido al cambiar el nombre del Golfo de México por América, luego al departamento de defensa por el de guerra y al centro cultural Kennedy por el de Trump mismo. También a promover documentales de la trayectoria -inexistente- de su esposa, pero probablemente lo más alucinante, la trivialidad de ocuparse personalmente del rediseño de los baños de la casa blanca y construir un salón de baile y eventos en ese recinto presidencial.
Luego vendrían, o más bien seguirían sucediendo, las sospechas fundadas de su relación íntima con el personaje central de los ahora famosos archivos Epstein, y de su involucramiento en presuntos delitos de pederastia, entre otras linduras a ser comprobadas. Menos sonado, pero igualmente alarmante, el uso y abuso del puesto de la primera magistratura para profitar y multiplicar ganancias para sí mismo y los suyos.
Demasiadas mentiras y contradicciones. Como probablemente podría decir el gran compositor Joan Manuel Serrat, él y su grupo de hombres y mujeres fieles “manipulan los sueños y los temores de la gente, sabedores de que el miedo nunca es inocente, hay que seguirles a ciegas, y serles devotos, creerles a pies juntillas y darles la razón… Si no fueran tan temibles nos darían risa…”
Pero las cosas no pararon ahí. Casi como regalo de año viejo, le dieron al mundo un escueto documento de menos de treinta páginas, tan rudimentariamente escrito, que se repetían en todas sus páginas las amenazas económicas y militares a quien no concediera y aceptara que la paz se impone la fuerza. Probablemente con un poco más de dedicación en su redacción, a la región latinoamericana y caribeña, en la que tal vez por comodidad intelectual al ya existir la doctrina Monroe, resultaba más fácil repetir la idea de América para los estadounidenses. El regalo de año nuevo fue la invasión de Venezuela y el secuestro de su presidente y de su esposa, acusado acomodaticiamente de ser el capo de un cártel de tráfico de cocaína inexistente y de posesión ilegal de armas de fuego conforme a las leyes norteamericanas.
Con ese supuesto éxito en el bolsillo, con la complicidad de quien se dice es en realidad quien dicta la política exterior estadounidense en Asia Occidental, inició una nueva aventura militar en contra de Irán, con acusaciones tan dudosas que parecen mentiras, bajo la denominación de furia épica, que más allá de su maniquea concepción y objetivos contradictorios, parecen parte de un planteamiento delirante, sumamente peligroso, el cual tiene de momento al sistema internacional en su conjunto en jaque dados sus efectos en varios planos, con el incremento desmedido de los precios mundiales de energéticos por los cielos y fuera de control, y como siempre en todos los conflictos bélicos, cobrándose una creciente cuota de inocentes. En este caso además, como ya lo hemos visto con la guerra entre Rusia y Ucrania, con el riesgo latente de una catástrofe nuclear. Sigue Cuba al parecer.
Y todavía le faltan más de mil días de mandato al cuadragésimo presidente.