
“El hombre encuentra en sí mismo tanto al enemigo como al aliado.” — Marco Aurelio
En dos civilizaciones separadas por océanos y milenios —Egipto y el mundo mexica— aparece una misma escena: un cuerpo despedazado da origen al orden.
¿Simple coincidencia o resultado estructural?
En los antiguos relatos egipcios, Osiris es traicionado por su hermano Set. Engañado durante un banquete, es encerrado en un cofre y arrojado al Nilo. Isis recupera el cuerpo, pero Set lo fragmenta y dispersa sus partes. A partir de esa ruptura nace algo nuevo: Osiris no vuelve a la vida terrenal, sino que se convierte en señor del inframundo, juez de los muertos. Su hijo Horus restablece el orden en la tierra y legitima el poder. En el mundo mexica, la escena es distinta y, sin embargo, idéntica en su fondo. Coatlicue concibe de manera prodigiosa. Sus hijos, encabezados por Coyolxauhqui, intentan matarla. Pero en el instante del ataque nace Huitzilopochtli, ya armado, ya adulto. Derrota a sus hermanos, decapita a su hermana Coyolxauhqui y arroja su cuerpo desde lo alto del templo. El cuerpo se fragmenta al caer. Esa imagen queda fijada en piedra, al pie del Templo Mayor. Dos relatos. Dos hermanos. Dos cuerpos desmembrados. Un mismo principio. El orden no surge unitario, de una sola pieza. Surge después de la ruptura.
En Egipto, las partes de Osiris, dispersas por el territorio, permiten reconstruir simbólicamente la unidad en el más allá. En el mundo mexica, el cuerpo desmembrado de Coyolxauhqui se convierte en imagen permanente del triunfo solar sobre la luna. Es fundamento de la pirámide, principio de la escala. Vida y muerte, día y noche, continuidad y conflicto: todo queda organizado a partir de una violencia inicial.
Más aún: en ambos relatos, la violencia ocurre dentro del mismo linaje. Hermano contra hermano en Egipto. Hermana contra hermano; hijos contra madre en Mesoamérica. No es el enemigo lejano el que funda el orden, sino el conflicto más cercano: la familia, el origen. Ahí reside una de las coincidencias más profundas: el adversario no viene de fuera, surge desde dentro.Estos mitos no ocultan la violencia. La documentan, la hacen enseñanza. La encauzan. La convierten en cimiento. No cualquier violencia, sino una que, al ser narrada y repetida, se vuelve legítima, casi necesaria. Caín y Abel quedan eclipsados… El mundo, parecen decirnos, no nace en armonía: se construye sobre una fractura.Y, sin embargo, hay una diferencia decisiva entre aquellos relatos y nuestro presente. Ellos comprendieron la ruptura y la convirtieron en símbolo. Nosotros corremos el riesgo de repetirla sin comprenderla.
Hoy, las guerras ya no responden a dioses ni a ciclos cósmicos, pero siguen obedeciendo a la misma lógica: la necesidad de un enemigo, la ambición que mata, la incapacidad de contener el conflicto antes de que se desborde.Si en el mito el cuerpo debía fragmentarse para explicar el orden, en nuestro tiempo el desafío es otro: evitar que esa fragmentación se vuelva permanente. Porque el verdadero enemigo —como intuyó Marco Aurelio— no siempre está lejos. A veces, habita en nosotros mismos.