Opinión

Los niños que construyen mundos

Niño

Hay un instante en que el niño se inclina sobre el suelo y el mundo cambia. No hay prisa, no hay ruido: su atención se concentra por completo. Solo sus manitas ordenando piezas, levantando torres, trazando caminos donde antes no había nada. Un puente de plástico puede ser más firme que muchos reales; una muñeca se vuelve un ser vivo porque está hecha de imaginación. La resistencia de los materiales parece no tener límite: “mira, abuelo, es de triple acero”.He visto a un niño armar una grúa con la concentración de un ingeniero y la alegría intacta de un dios que descubre. Cada bloque es una posibilidad; cada error, una decisión. No teme equivocarse porque aún no conoce el fracaso. En su mundo, todo puede rehacerse. El tiempo no pesa: construir es una forma de estar.Pero hay otros niños. No están sobre un tapete ni rodeados de colores. Están sobre el asfalto. No construyen puentes; tampoco juegan con muñecas: cuidan a sus hermanitos, hacen “gracias”, esquivan autos. Cargan bolsas, limpian parabrisas, estiran la mano. No inventan mundos: sobreviven en un mundo hostil. Entre unos y otros hay una diferencia fundamental. Si bien comparten la capacidad de imaginar, uno levanta ciudades; el otro apenas puede pensar en una vida distinta.Ambos son arquitectos de lo invisible. Solo que uno carga ilusiones y el otro, la responsabilidad de reunir algunas monedas para sostenerse.La tragedia no es solo la pobreza material. Es la pérdida de la niñez en sí misma. Empieza cuando el niño deja de jugar incluso con lo que encuentra. Cuando ya no convierte una caja en un castillo ni una piedra en un tesoro. Cuando la realidad pesa y la fantasía deja de ser útil. Ahí ocurre la verdadera ruptura: se interrumpe la construcción del futuro. Se le quita al niño su tiempo de ser niño. Se le empuja a asumir responsabilidades que no le corresponden. La urgencia del sustento sustituye el derecho a jugar.Los adultos, en su afán de poder, han llevado la violencia hasta donde no debía entrar: la infancia. La guerra —esa invención que se justifica con banderas, ideologías o intereses— no solo destruye ciudades; también borra juegos, silencia risas y corta vidas que apenas comenzaban. Cada niño muerto en una guerra es una pérdida irreparable. Nos hemos acostumbrado a verlos. En las esquinas, en los cruceros, en los vagones. Pasan frente a nosotros como parte del paisaje, como si su lugar fuera ese. El problema no es que estén ahí. El problema es que dejamos de verlos. Ahí está la herida.Una sociedad se reconoce en lo que permite a sus niños imaginar. Cuando un niño construye mundos, hay posibilidad. Cuando solo sobrevive, esa posibilidad se reduce. Tal vez no podamos cambiarlo todo de inmediato, pero sí podemos empezar por algo básico: volver a mirar. No con lástima, sino con conciencia. No como espectadores, sino como responsables.La existencia de niños abandonados a su suerte o en medio de la guerra es una falla fundamental de la humanidad. Volver a mirar implica asumir lo que nos corresponde: negarnos a dar la espalda, insistir, exigir. Sostener la atención hasta que ningún niño tenga que sobrevivir trabajando y hasta que la infancia deje de ser una deuda pendiente y se vuelva, en verdad, un derecho a construir su propio mundo.

Tendencias