
Vayamos a la nuez: en el siglo XXI, populismo significa tiranía que sin embargo preserva elecciones así sean abusivas, inequitativas o profundamente disparejas.
Es muchas otras cosas claro, pero en su mero tuétano, puede entenderse de ese modo y quien había sido el ejemplo, maestro mundial de tales equilibrios, manipulaciones y meandros -el padre de la democracia “iliberal”, Viktor Orbán, de Hungría- ayer fue fuertemente derrotado a través de los comicios y los votos.
La prensa ha dado cuenta del nivel de esa derrota: con el 78 por ciento de electores sufragando (la máxima movilización tras la caída del comunismo en 2002 que fue de 71 por ciento) la oposición de Tisza se hace de 139 escaños en un parlamento de 199 (el 69 por ciento), con una diferencia de votación del 16 por ciento (resultados hasta las 3 de la tarde, hora de México).
Orbán, primer ministro -quien había sido fiel al libreto populista hasta el final, alegando fraude toda la mañana de ayer- sin embargo, tuvo que admitir el alud de cambio y reconocer el triunfo de su oponente, Péter Magyar, lo que pone punto final a 16 años de abuso y concentración de poder propio del modelo mundial de “democracia iliberal”.
¿Qué le debemos, húngaros y los demás, a Orbán? Aguanten la respiración y vean:
- Cuatro reelecciones presidenciales consecutivas;
- La remoción y el cambio de centenas de jueces independientes;
- Una vinculación desfachatada con su oligarquía creada y consentida al calor de su gobierno;
- Clientelismo que deja claro a quien se le debe -personalmente- las transferencias de dinero líquido. En el mes anterior a las elecciones de 2022, el gobierno desembolsó pagos en efectivo a los hogares por un total de alrededor del 3 por ciento del PIB, incluidos reembolsos de impuestos a 1.9 millones de empleados;
- Control absoluto y partidista de los medios públicos;
- Purga de más de mil periodistas en los sistemas públicos de información;
- Intervención abierta y masiva de los medios de información rusos;
- Cambio en los estatutos de dirección de las universidades y centros de investigación para controlar la vida y la crítica académica;
- Un pertinaz transformismo electoral para garantizar el control, del gobierno;
- Cambio de los distritos electorales para modificar la forma de asignación de los escaños;
- Rebase de tope de gastos de campaña en las tres últimas elecciones, dada una contratación de propaganda política ocho veces mayor que la oposición;
- Una cobertura de noticias abrumadoramente favorable al gobierno;
- La pertinaz intimidación que el presidente Orbán ejerció una vez y otra también, contra las autoridades electorales de Hungría.
- Una fórmula que premia el reparto de curules para la fuerza mayoritaria (no para representar a las minorías), regalando más y más escaños a la coalición del régimen;
- Cientos de modificaciones electorales que en 2022 permitieron que con el 53 por ciento de la votación, Fidesz se despachara con el 68 por ciento de la representación ¡15 por ciento de distorsión parlamentaria!
- Debilitamiento de los tribunales electorales;
- Utilización de referéndums y “consultas populares” que, pregonando democracia y participación del pueblo, en realidad, tienen como propósito mantener la flama perenne de la movilización, el encono y la polarización;
- Realización coincidente de esos referéndums que suelen ser, a su vez, parte central de la campaña de Fidesz; la propaganda del Estado vive una coincidencia feliz con la del partido en plena campaña;
- Y como coronación de todo, respaldo personal de Trump -vía J. D. Vance- el 7 de abril, justo antes de las elecciones, para mandar el mensaje a los electores: con Orbán tendrán todo el apoyo de E.U. a la manera de Milei en Argentina.
¿Les suena familiar? Con ritmo y secuencia distinta, estas cosas han pasado en México como en Hungría, en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Ahora bien, este recuento no exhaustivo sino apenas impresionista, no puede cerrarse sin subrayar su proclividad a Putin, pues el gobierno de 16 años de Orbán, ha sido sostenido por el gas y el petróleo rusos, favores que paga frustrando varias veces los esfuerzos de la Unión Europea para enviar ayuda económica a Ucrania, además de suavizar las sanciones contra Rusia.
Y algo más: la historia estaría incompleta sin observar el papel de Orbán como gurú de la marea populista global en el siglo XXI. Solo dos ejemplos: durante la campaña estadounidense de 2024, Trump se reunió con áquel al menos cuatro veces y es miembro principalísimo del CPAC, asociación de la ultraderecha global fundada en Budapest. Para Steve Bannon (durante mucho tiempo estratega electoral de Trump) la Hungría iliberal es “una inspriración para el mundo” y para la Heritage Foundation “no solo es un modelo para el arte del gobernar moderno, sino EL modelo”. Apuntaba The Economist la semana pasada: “para la ultraderecha representa el azote de los ‘woke’, defensor de las fronteras, la tradición y el cristianismo”.
Su inaudita concentración de poder (otra característica cardinal del populismo) ha hecho de su país “el menos libre y más corrupto de la Unión Europea”.
Pues bien, aún y con esas, ayer fue un buen día para Hungría. Pero antes fue Polonia y el movimiento de Corina Machado en Venezuela. Síntomas (quizás solo eso) de que la marea del autoritarismo global empieza a remitir, de que -con inteligencia electoral y democrática- el populismo puede ser vencido mientras se mantenga un cierto entramado electoral básico que permita le expresión genuina de la voluntad general, si popular y ciudadana.