
El fracaso en las negociaciones para un alto al fuego entre Irán y EU celebradas este fin de semana en Pakistán, no solo alejó la paz en Medio Oriente sino que demostró que esa guerra nunca tuvo una salida planificada por parte del gobierno de Donald Trump. Después de 21 horas de conversaciones, de no alcanzar ningún acuerdo y de una “última oferta” realizada por el vicepresidente Vance que fue rechazada por el régimen iraní, concluyó la reunión sin anuncios sobre posibles próximas tratativas. Fueron los primeros contactos directos de alto nivel entre iraníes y estadounidenses en 47 años. El objetivo de disuadir al país islámico para detener su programa de investigaciones nucleares no tuvo éxito sobre todo porque EU no reconoció su soberanía nuclear civil, no levantó las sanciones que pesan sobre el país desde hace casi medio siglo, no aceptó las reparaciones por la destrucción de las infraestructuras bombardeadas y tampoco otorgó garantías de que Washington no volvería a bombardear a Irán. El elemento más importante de las negociaciones fue la reapertura del Estrecho de Ormuz, punto estratégico de la región por el que transita gran parte de petróleo que se consume en el planeta.
La República Islámica de Irán anunció que no reabrirá nuevamente Ormuz al tráfico internacional mientras no se alcance un acuerdo razonable. De esta manera, mientras la paz se aleja, las amenazas de reanudar e incrementar las hostilidades, iniciadas con la ofensiva lanzada por parte de las fuerzas estadounidenses e israelíes el pasado 28 de febrero, se presentan nuevamente. Las fracasadas negociaciones no representan un tropiezo táctico, sino la consecuencia lógica de una guerra que se diseñó solamente para destruir un régimen sin construir nada en su lugar. Trump anunció las operaciones militares con el objetivo declarado de eliminar el programa nuclear y cambiar el régimen político de Irán. 43 días después, el programa nuclear sigue en pie y el régimen –golpeado, descabezado, pero funcionando- negocia desde una posición de fuerza al mantener el control sobre el Estrecho de Ormuz, siendo su arma más eficaz sobre la economía mundial.
La principal lección que deja esta guerra es no confundir la superioridad militar con la victoria política. Resulta una obviedad sostener que Irán no firmaría su propia capitulación. No porque su régimen sea racional o admirable, sino porque ningún Estado, sometido a semanas de bombardeos, renuncia públicamente a su derecho a defenderse sin recibir algo concreto a cambio. Exigir esa renuncia como condición previa para negociar no es diplomacia. Es la continuación de la guerra por otros medios. Las conversaciones de Islamabad demostraron que la flexibilidad
de Washington tiene un límite representado por el punto en que Irán deja de ser soberano. Más allá de ese límite, no existe acuerdo posible. Consecuentemente, solo se presentan dos opciones: de un lado, una nueva ofensiva militar estadounidense y del otro, el reconocimiento de que esta guerra produjo justamente el resultado que sus arquitectos prometieron evitar: más guerras.
Por ello, a este conflicto se suma la continuación del genocidio palestino por parte de Israel y su ofensiva en Líbano produciendo la destrucción de importantes infraestructuras y cientos de muertos civiles. Otras guerras como aquella entre Ucrania y Rusia reinan soberanas sin que el pacifismo pueda imponerse.
Tenía razón Norberto Bobbio cuando afirmaba que resultaba necesario impulsar un pacifismo activo que sea al mismo tiempo instrumental, institucional y ético. Instrumental para reducir los armamentos por medio de la solución pacifica de las controversias y de la práctica de la no-violencia; institucional para desarrollar técnicas de mediación, conciliación y arbitraje capaces de construir acuerdos entre las partes; y finalmente, un pacifismo ético concebido como actividad de diálogo y negociación dirigida a identificar intereses comunes y compartidos.