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El historiador, miembro de El Colegio Nacional, presentará la reedición de su libro “Caudillos culturales en la Revolución mexicana”. La actividad será este martes, a las 18:00 horas

Caudillos culturales en la Revolución mexicana, un texto de Enrique Krauze

Colnal Enrique Krauze, miembro de El Colegio Nacional. (Colnal)

Don Alfonso Reyes reprochaba a veces al numen de Lytton Strachey la escasa heroicidad, la demasiada humanidad de sus biografiados. En su balanza prometeica, añoraba don Alfonso las estaturas de Aquiles y Odiseo, de cuyas hazañas había sido casi testigo [...]. El aprendiz de biógrafo hojea ahora, solemnemente, la vieja edición de los Eminent Victorians de Strachey y, al cabo de unos cuantos párrafos, ya se encuentra reprochándole al autor la demasiada heroicidad y la poca humanidad de sus personajes.

¿Qué habrá dicho don Alfonso de las biografías que escribió Edmund Wilson en Hacia la estación de Finlandia? ¿Qué habrá pensado de la manera en que Wilson disecta a sus personajes, contagiado, quizá, de la devaluación inmediata del hombre que debió respirarse en 1940, cuando la obra fue publicada? Wilson consideraba seguramente que aún había buen trecho que recorrer hacia la humanización de los biografiados, y con una mezcla sajona de amor y frialdad, mostraba la cara más furiosamente cotidiana de los grandes santos del socialismo: la rebeldía anarquista de Miguel Bakunin, originada en una inhibición sexual producto del tabú incestuoso; Carlos Marx, vertiendo en sus escritos el tormento de sus deudas, los diviesos, la muerte de sus hijos por mala alimentación, y la mala conciencia de escribir El capital a costa de otro capital, el de su amigo Engels, que se consumía ante un escritorio de la industria paterna. Al mirarlos vivir en medio de las miserias cotidianas, los proyectos y la obra de aquellos personajes de Wilson crecen hasta niveles en verdad prometeicos. Don Alfonso habría pensado entonces que Wilson volvía a la buena ortodoxia homérica y el aprendiz de biógrafo habría sacado la conclusión de que todos los caminos biográficos conducen, de una u otra forma, a la Roma de Plutarco.

No hay remedio. El biógrafo es un ser anacrónico, fascinado por las epopeyas individuales que llevan a la gloria o al fracaso absolutos. Miope, tal vez, en su visión histórica, el biógrafo concibe la historia como hecha por personas y no tanto por grandes fuerzas impersonales. Como predicaba Juan de Mairena a sus discípulos, no puede, por más que intente, «sumar individuos». Vive condenado a creer que en cada uno de ellos se lucha Troya. A los riesgos propios del género biográfico hay que aumentar uno, sólo en apariencia reciente: el psicohistórico. El afán de entender los orígenes de las personas; visitar los sitios infantiles; conocer la casa, los padres, los oficios familiares, ya era practicado por historiadores tan antiguos como los que escribieron la Biblia. En aquellos tiempos bastaba con decir que alguien provenía de un sitio determinado para que de él se pudiera concluir rasgos de carácter, costumbres. Bastaba decir, por ejemplo, Jefté el galaadita, para saber que poseía ciertas prendas comunes a los habitantes de la región. Igual ocurría con los orígenes familiares. A los antiguos les parecía obvio que la familia marcaba la vida del hombre: era suficiente saber el nombre del padre [...]. El auge del psicoanálisis ha vuelto a poner de moda la historia genealógica llamándola psicohistoria. De este modo, el biógrafo, ya de por sí miope al interesarse primordialmente por las vidas individuales, se añade a sí mismo una dioptría al considerar que lo realmente importante de una vida ocurre en la infancia y la juventud: en las mocedades.

Las páginas que siguen fueron escritas con la esperanza de integrar una biografía colectiva y reconocen de antemano su distorsión ocular. El esquema original de trabajo no preveía ese enfoque. Se trataba en un principio de examinar la «cuestión de los intelectuales» en México; ver de cerca el papel que han desempeñado en la historia contemporánea del país; explicar en lo posible por qué, las más de las veces, la vocación del intelectual mexicano ha sido la de sentirse Platón en Siracusa y no Sócrates, humilde buscador de la verdad; describir los casos en que la integración del intelectual al Estado hubiera generado en aquél una tensión moral, como ha ocurrido con tantos intelectuales en las historias de Oriente y Occidente.

Una sugerencia de don Daniel Cosío Villegas acercó el trabajo a un plano más concreto: estudiar a los miembros de la llamada generación de 1915, conocidos también como la generación de los Siete Sabios, nacidos a la vida política e intelectual en medio de la tormenta revolucionaria y en un mundo que comenzaba a conocer la experiencia de la Gran Guerra y la Revolución rusa. Don Daniel aducía que esta generación, a la que él mismo perteneció, ilustra con gran intensidad muchas de las cuestiones previstas en el enfoque original.

Los Siete Sabios de México fueron: Antonio Castro Leal, Alberto Vásquez del Mercado, Vicente Lombardo Toledano, Teófilo Olea y Leyva, Alfonso Caso, Manuel Gómez Morin y Jesús Moreno Baca. De todos ellos, sobreviven [en 1976] únicamente los dos primeros. A menudo, gente incluso cercana a ellos ha cometido el error de incorporar al grupo de los Sabios a Miguel Palacios Macedo, que vive aún, y a Narciso Bassols, que murió en 1959. Lo cierto es que ambos, miembros sin duda de la generación de 1915, no lo fueron del grupo específico de los Siete, pues estudiaban dos cursos atrás en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Otras personas han incorporado a Cosío Villegas al grupo de los Siete. En 1918 Cosío cursaba apenas el primer año de leyes cuando los Sabios estaban concluyendo la carrera. Cosío debe considerarse como el último miembro de la generación de 1915, puesto que, junto con él, estudiaban Jaime Torres Bodet, José Gorostiza y Carlos Pellicer, pertenecientes a una nueva generación, la de la vanguardia, con sensibilidad y proyectos distintos, en cierta forma, a los de la generación de 1915. Estudiar al grupo de 1915 tiene un interés particular: sobre ellos en conjunto existe publicada y aun escrita, escasísima bibliografía. Los Siete Sabios, igual que sus compañeros más cercanos en la Escuela de Jurisprudencia, tuvieron la característica de ser más actores que escritores, por lo que los vastos directorios de cultura (México y la cultura; México, 50 años de Revolución), así como varias historias de las ideas, los han ignorado. De esta generación como tal, insertada entre la del Ateneo (Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso, Julio Torri…) y la de los «Contemporáneos» (Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, Jorge Cuesta…) sólo han sido publicados dos folletos, un ensayo, un párrafo y una sentencia.

El primer folleto, titulado 1915, fue escrito por Manuel Gómez Morin en 1926 para bautizar a su generación. Fue, más que una historia del grupo, un llamado a la acción cívica y un testimonio de la forma particular que tenía el autor de entender los problemas del país. El otro folleto es un compendio de entrevistas realizadas por Luis Calderón Vega en 1959 con cinco de los siete Sabios. Su autor, miembro activo del Partido Acción Nacional, rellenó un tanto el folleto de propaganda, pero permitió hablar lo suficiente a los actores como para que se colara un testimonio útil e interesante de sus años estudiantiles entre 1915 y 1919. [...]

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