
Cuando compramos frutas y verduras en la tienda de la esquina o en el mercado municipal, rara vez nos preguntamos de dónde vienen esos alimentos ni cómo llegaron hasta ahí. Sin embargo, detrás de cada jitomate, cada kilo de papaya o cada manojo de cilantro existe una red de intermediarios, rutas y decisiones que conectan distintos territorios. En muchos municipios cercanos a centros urbanos, el abasto cotidiano depende más de centrales regionales que de la producción local, incluso cuando en la región existen prácticas agrícolas diversas. ¿Cómo funciona realmente ese sistema? ¿Qué implica para lo que consumimos todos los días?
Lo que a primera vista parece un acto sencillo está atravesado por relaciones comerciales y logísticas que organizan la circulación de los alimentos. Los pequeños comercios no eligen al azar dónde abastecerse: comparan precios, valoran la disponibilidad, ajustan los volúmenes y responden a la demanda de sus clientes. A su vez, las centrales de abasto operan como puntos que concentran mercancía de distintos puntos del país y redistribuyen productos hacia municipios más pequeños. Esa dinámica termina influyendo en qué frutas y verduras están presentes, cuáles escasean y cuáles se encarecen.
Desde el equipo CEIBAAS-INECOL estamos mirando estas dinámicas con mayor atención en Puebla y Tlaxcala, no solo desde la producción, sino desde la forma en que se organiza la distribución y cómo impacta en el consumo cotidiano. Analizar estas rutas permite identificar quiénes participan en el proceso, cómo se toman las decisiones comerciales y qué tan vinculada está la oferta disponible con el territorio donde se vende. Por lo cual, más que plantear una oposición entre lo local y lo externo, el interés está en comprender cómo interactúan estos actores y qué efectos tiene esa articulación en la vida diaria de las personas. En esa red de relaciones no solo están en juego cuestiones económicas, sino también dimensiones sociales y del espacio donde vivimos.
Al mismo tiempo, en el territorio circulan otras dinámicas menos visibles, pero igualmente significativas. Existen experiencias de producción y comercialización agroecológica, así como redes de intercambio más cercanas que, en algunos casos, incluyen el trueque, la venta directa o formas de colaboración entre productores y consumidores. Estas prácticas no sustituyen a los canales convencionales, pero sí generan espacios donde las relaciones sociales se vuelven más directas y donde el intercambio no se limita únicamente al precio. Mirarlas con atención permite preguntarse de qué manera influyen en las decisiones de consumo, cómo inciden en las estrategias productivas y qué efectos pueden tener en los mercados locales. Más que plantearse como un sistema separado, estas iniciativas abren la posibilidad de complementar y diversificar las formas actuales de abasto, ampliando el margen de acción dentro del propio territorio.

Volver la mirada hacia estas dinámicas no implica idealizar unas formas sobre otras, sino reconocer que el modo en que se organizan la producción, la distribución y el consumo define también el tipo de relaciones que construimos en nuestros territorios. Preguntarnos de dónde viene lo que comemos y cómo circula no es un ejercicio abstracto: es una manera de entender cómo se estructuran los mercados locales, quiénes participan en ellos y qué posibilidades existen para fortalecer vínculos más cercanos entre quienes producen y quienes consumen. Tal vez la pregunta no sea sólo cómo funciona el sistema de abasto, sino qué tipo de relaciones alimentarias queremos sostener en el lugar donde vivimos.
Nota: Este texto forma parte de los proyectos de investigación como IIxM de las investigadoras Rocío García Bustamante y Laura Sánchez Vega, sobre dinámicas de abasto y consumo alimentario en Puebla y Tlaxcala.