
(Primera de dos partes)
Para fortuna nuestra, y de las generaciones futuras, al final de su vida Miguel León-Portilla emprendió el reto de escribir sus ‘Memorias’. En rigor, su condición física —sobre todo ocular— le impidió escribirlas, pero era tal su convicción de hacer pública su vida, que decidió contárnosla a través de uno o más amanuenses.
Como se dice en forma coloquial, Miguel Léon-Portilla ‘nos debía’ sus ‘Memorias’. Cierto es que entregó un texto autobiográfico a Jean Meyer, como de 40 páginas, el que se publicó en el libro colectivo Egohistorias: el amor a Clío, en 1993, y que luego concedió una sabrosa entrevista a Salvador Rueda y a Alicia Olvera, para celebrar el cumpleaños 50 del Instituto de Investigaciones Históricas, pero en ambos casos se redujo a su vida académica, sin referirse a los aspectos personales y familiares, lo que sí hizo en el libro que hoy presentamos. También llegó a anunciarse un libro producto de las entrevistas que debió haber publicado la editorial de la revista Proceso. El libro no apareció, razón de más para reiterar que Miguel León-Portilla nos debía sus ‘Memorias’.
Entro en materia asegurando que este libro, atinadamente titulado Soy mi Memoria es una bella y cuidada publicación, diseñada y editada por Diego García del Gallego, y vigilada su impresión por Alejandro Cruz Atieza. Además de mostrarnos la vida personal y profesional de su autor en 18 capítulos, que tal vez correspondan a 18 sesiones de dictado, será el documento fundamental para conocer el nacimiento y la consolidación de la historia prehispánica como un tema académico, universitario. Claro está que antes había una tradición que iba de Sahagún a Clavijero y luego a Ángel María Garibay —los tres curas, por cierto—, y que también hubo estudiosos del tema en la segunda mitad del siglo XIX, como Manuel Orozco y Berra o Alfredo Chavero, pero su ámbito no era universitario, a diferencia del escenario de León-Portilla. Otras diferencias notables serían que León-Portilla es el responsable de haber internacionalizado el tema, de haberlo promovido y defendido en varios circuitos políticos, así como de haberlo difundido entre todo tipo de lectores. Me atrevo a decir, sin necesidad de acudir a las irrefutables estadísticas, que León-Portilla es el historiador más leído de toda la historia de México. Es más, solo la Visión de los vencidos tiene más lectores que cualquier libro de todos los demás historiadores. Hace unos años se hizo un ‘arqueo’ de ventas de la colección Biblioteca del Estudiante Universitario. Pues bien, la Visión de los vencidos tenía más de treinta reimpresiones, sin contar traducciones o un par de ediciones especiales, y el título que le seguía solo alcanzaba las seis reimpresiones.
A pesar de sus incontables logros, León-Portilla dictó un libro ajeno al engreimiento y la presunción. En varias ocasiones se disculpa con el lector por si acaso en Soy mi memoria incurriera en la soberbia. Hombre generoso, reconoce el valor de las obras de los colegas y recuerda los nombres y contribuciones de sus muchos colaboradores y alumnos. No es poca cosa: reconocer nombres, caras, intereses y logros es la primera expresión de la educación y la generosidad. Dígase de una vez, estas ‘Memorias’ son contrarias a la discordia, y solo en un caso hace el recuento de una animadversión personal e intelectual, aunque queda muy claro que la animadversión provenía de su contraparte, no de él.
Más que vanagloriarse de sus logros académicos, que es obvio que fueron incontables (treinta doctorados honoris causa), de lo que realmente se ufana León-Portilla es de haber tenido una vida feliz, en lo personal, lo familiar y lo profesional. Además de feliz, varias veces nos dice que tuvo una vida interesante y provechosa. El número de sus libros rebasa, con creces, al de sus reconocimientos.
Otra característica de sus ‘Memorias’ es que en ellas campea la sinceridad, para lo cual cita un apotegma de Shakespeare: “Para ti mismo sé verdadero”. Su recuento se remonta a sus padres, sin pretender que una larga genealogía pudiera añadirle blasones inútiles. A su familia la ubica entre la clase media urbana, capitalina y plenamente católica. Acaso la mayor muestra de sinceridad sea el recuento que hace de los años que pasó en el seminario, pues durante su adolescencia aspiró a ser jesuita. En un país oficialmente laico, son pocos los intelectuales que hacen referencias explícitas a su religiosidad. León-Portilla lo hace, sin beligerancia ni justificación alguna.
En páginas aleccionadoras y sin el innecesario dramatismo teológico, Miguel León-Portilla nos describe su ‘crisis de conciencia’ y su abandono del seminario. No se victimiza ni se enorgullece de la defección. Simplemente fue una etapa de su biografía, no corta, de 9 años, indudablemente provechosa, pues aprendió bien latín, griego y filosofía, al grado de que su tesis de licenciatura fue sobre Bergson. La salida del seminario se dio sin rupturas ni desgarramientos de conciencia. Miguel León-Portilla no se hizo un jacobino ni se convirtió en un ateo, incluso confiesa que al final de su vida era un “semicreyente” (p. 4). También confiesa que siempre fue Guadalupano, aunque su devoción era tanto a la virgen como al personaje histórico.

Lo que sí sucedió fue que al volver a la vida civil encontró pronto lo que sería la prioridad en su vida. En efecto, gracias a Manuel Gamio, esposo de una hermana de su padre, entró a trabajar al Instituto Indigenista Interamericano, del que luego sería director. Podemos adelantar dos conclusiones: comenzó trabajando la problemática estructural de los indígenas contemporáneos, y desde muy joven mostró su capacidad de dirigir, que no es sinónimo de mandar. Dirigir implica animar, cohesionar, diseñar proyectos, innovar y conservar, cualidades que caracterizaron siempre a León-Portilla.
La influencia de Manuel Gamio no fue solo familiar y laboral. Fue sobre todo académica. Con Gamio, uno de los primeros practicantes en el país de la antropología moderna—no en balde se formó con Franz Boas en la Universidad de Columbia—, aprendió que para conocer a los indígenas debía acercárseles con una “visión integral”, la que exigía un conocimiento de su pasado, lo que explica que Gamio fuera en parte antropólogo y en parte arqueólogo. Así, León-Portilla comenzó a interesarse en la problemática contemporánea de los indígenas, pero también en su historia, su cultura y su pensamiento o filosofía.
Fueron estas inquietudes las que lo incitaron a buscar al padre Ángel María Garibay,a quien conoció por la intercesión de su tío Manuel Gamio. Ambos son protagonistas del libro: uno le dio la “visión integral”, única adecuada para comprender al mundo indígena; el otro le impregnó su amor por la civilización náhuatl, por su lenguaje, su cultura y su historia. Hábil y generoso retratista, León-Portilla nos narra varias anécdotas, posturas y actitudes de ellos, sin duda sus mayores maestros. Las semblanzas que hace de ambos son impecables
Así como tuvo dos maestros formadores, León-Portilla se formó, y se forjó, en tres instituciones: el seminario jesuítico, el Instituto Interamericano y la UNAM, a la que ingresó como alumno al mediar el siglo XX. Resulta evidente un cambio: en el Instituto Indigenista Interamericano el trabajo era más operativo, lo que hoy se definiría como de diseño y aplicación de políticas públicas, mientras que en la UNAM el trabajo fue estrictamente académico. Por cierto, uno de los aspectos que más impresionan de León-Portilla es su apabullante productividad científica, hecha al mismo tiempo que asumía pesadas responsabilidades político-académicas, para no llamarlas administrativas, pues son más de lo primero que de lo segundo. Además, León-Portilla no era de los que desatendían este tipo de responsabilidades, asumidas solo para mejorar su economía o para lograr visibilidad y proyección. De ninguna manera, Miguel León-Portilla asumía cabalmente los compromisos asumidos. Otra palabra que lo define a lo largo de su vida es haber sido siempre un hombre comprometido.
Al respecto podemos decir que León-Portilla fue el que consolidó la naturaleza científica y colegiada del Instituto de Investigaciones Históricas. Lo recibió todavía con el nombre de Instituto de Historia, siendo notoria la ausencia de una naturaleza investigativa. No es éste el momento de analizarlo, pero el Instituto de Historia original, localizado en algún espacio de la Biblioteca Nacional, ni siquiera tenía bien definido a su personal. Parecía más bien como un sitio de tertulia matutina a la que concurrían algunos varones con gusto por la Historia que trabajaban en instituciones afines y cercanas. Tres factores transformaron dicha entelequia: el traslado a Ciudad Universitaria y su vecindad con la dependencia responsable de la enseñanza histórica, lo que explica que durante varios años los miembros del Instituto fueran parte esencial, indistintamente, de la Facultad de Filosofía y Letras. Un segundo elemento fue el rector Ignacio Chávez, decidido a impulsar todo tipo de investigaciones para cumplir con el mandato de que la UNAM no debía reducirse a la docencia.