
Todo comenzó con una invitación a comer en familia un fin de semana. La reunión transcurría entre risas y anécdotas cuando, al centro de la mesa y junto a los demás platillos, aparecieron una humeante sopa de letras y un guiso a base de hongos preparado según la antigua receta familiar.
La escena motivó de inmediato un juego inesperado: formar en el plato palabras relacionadas con ellos y desde ese momento, los hongos se convirtieron en el punto en común de la conversación. Entre cucharada y cucharada alguien recordó los hallazgos de restos humanos milenarios, como los de Ötzi en los Alpes —el célebre Hombre del Hielo— y los de la llamada Dama Roja de El Mirón, del Paleolítico superior, en la península ibérica.
Comprendimos que esos descubrimientos humanos milenarios permitieron reconocer que los hongos silvestres han sido utilizados y consumidos por nuestra especie desde hace al menos 18–19 mil años. Tal vez, así como en ese momento buscábamos palabras en el plato, nuestros antepasados fueron creando las primeras para referirse a los hongos de su entorno y expresar su relación con ellos.
Entonces las letras se reorganizaron y ahora aparecían términos distintos, esa diversidad de palabras improvisada en la sopa parecía un reflejo de lo ocurrido con el lenguaje: los nombres de los hongos pudieron diversificarse al menos en dos niveles, el término general que los designa en cada región y las denominaciones locales para determinados grupos o especies.
En México usamos la palabra hongo, mientras que en otras lenguas se emplean fungus, pilz, champignon, grzyb o svamp; y, para los macrohongos, seta en el español peninsular o mushroom en inglés. —“Pásame los champiñones”— dijo alguien al recordar su lista de compras del supermercado y esa frase nos llevó a otro tema sin levantarnos de la mesa. La introducción en América de hongos comestibles cultivados y comercializados en Europa como el champiñón de París (champignon de Paris), favoreció la expansión de nombres, y así este último terminó hasta nuestros días simplemente por referirse como champiñón. En las ciudades mexicanas se popularizó también el término setas. Estas palabras, llegadas con los circuitos comerciales, constituye un préstamo cultural y comercial que hoy empleamos para distinguir hongos cultivados de los silvestres, y han dado lugar a expresiones redundantes como “hongos champiñones” o “hongos seta”.
Mientras el guiso circulaba de mano en mano, surgieron recuerdos de mercados, excursiones al campo, y platillos tradicionales. Así entramos en el terreno de los nombres asignados a especies particulares. A lo largo de la historia, las prácticas de subsistencia —para obtener alimentos, medicinas y materiales— fueron transmitiendo, muchas veces de manera inconsciente, un conocimiento profundo sobre la nomenclatura, la ecología y el manejo, entre otros, no solo de los hongos, sino de todo el entorno natural. Alguien mencionó nombres que había aprendido en guías de campo extranjeras, como la oronja, y otra persona lo relacionó con la yemita en México. Sin darnos cuenta habíamos cruzado continentes desde la misma mesa. En Europa son muy valorados hongos como Amanita caesarea (oronja, ou de reig) Boletus edulis (cèpe, porcini) Lactarius deliciosus (níscalo) o Cantharellus cibarius (chanterelle, girolles). En México se consumen especies estrechamente emparentadas con ellas: la yema de huevo, las panzas, los hongos enchilados o los duraznillos, cada uno con una riqueza de nombres originarios —tecomate, chilnanácatl, pananácatl, pante, xotoma, ocotenanácatl, chhó chhemí— que guarda historias del territorio y cultura.
Cuando la comida terminó, las letras de la sopa se habían dispersado y los platos estaban casi vacíos, pero la conversación continuaba. Comprendimos que cada palabra dicha alrededor de la mesa —hongo, seta, champiñón, yemita, panzas— era mucho más que un nombre: era el resultado de años de historia compartida entre los hongos y nuestra especie. Como en aquella comida familiar, ese conocimiento también se transmite, se transforma y nos vuelve a reunir para seguir nombrando el mundo.
Referencias:
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*Biodiversidad y Sistemática Hongos, Instituto de Ecología A.C.