
“Hay una sensación de que traemos a la vida a estas personas que están en los documentos.”Raquel Eréndira Güereca Durán no habla del pasado como algo muerto. Lo hace como si aún respirara en los conflictos contemporáneos, en la desigualdad, en la disputa por la tierra.
Doctora en Estudios Mesoamericanos por la UNAM, investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas y reconocida con la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos 2024, Raquel ha construido una trayectoria que combina premios, publicaciones y docencia con la preocupación constante de comprender a los pueblos indígenas más allá de los relatos tradicionales.
A lo largo de su carrera ha publicado libros como Caciques, intérpretes y soldados fronterizos y Tierra, poder y memoria, además de múltiples artículos y capítulos especializados. Su trabajo ha sido reconocido con el Premio de la Academia Mexicana de Ciencias a la mejor tesis doctoral en humanidades y diversos galardones desde su etapa como estudiante.
Sin embargo, más allá de los reconocimientos, su historia comienza en un momento mucho más íntimo, en una visita a un archivo histórico cuando aún era estudiante de bachillerato.
“Fue cuando estaba cursando los últimos semestres de bachillerato”, recuerda. Estudiaba en el CCH Vallejo cuando, como parte de una asignatura, visitó el Archivo Histórico del entonces Distrito Federal. “La posibilidad o la sorpresa de saber que existían ese tipo de espacios… fue decisiva para mí”.
Tenía 17 años cuando tuvo por primera vez en sus manos documentos del siglo XVIII. “El documento tiene una cierta magia. Hay una materialidad, una sensación de que te estás comunicando con gente que vivió hace mucho tiempo”, explica. Esa experiencia marcó su vocación, sí, pero también definió la manera en que entendería la historia como un puente entre tiempos y voces.

Repensar el pasado: de la erudición a la investigación
Su paso por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM transformó esa fascinación inicial en una postura crítica. “Lo que sabemos del pasado es una construcción que hacemos desde el presente”, afirma.
Lejos de la idea de convertirse en una especialista que dominaría todos los hechos históricos, comprendió que el conocimiento del pasado es necesariamente incompleto. “La licenciatura me mostró que nuestro conocimiento es parcial y que se construye todos los días a través de la investigación”.
Ese cambio implicó también una redefinición del oficio del historiador. “La visión del historiador como erudito se transformó en la del historiador como investigador, como constructor de narrativas”, señala.
En ese proceso, su interés se dirigió hacia la historia social, particularmente hacia los pueblos indígenas en el periodo virreinal. Una elección que, reconoce, tiene raíces personales. “Tiene que ver con mi propia historia, con no provenir de una familia de élite”, dice.
Su trabajo se inscribe en una corriente que busca recuperar a los sujetos históricamente marginados. “Hay una reivindicación del papel que jugaron los grupos no pertenecientes a las élites”, explica. Para ella, la historia no puede limitarse a los grandes personajes. “No todos son Benito Juárez o Miguel Hidalgo; la gente común también tiene un papel decisivo”.
Los pueblos indígenas como actores históricos
El eje central de su investigación es documentar la participación de los pueblos indígenas en la construcción de la sociedad novohispana.
“Me interesa verlos como actores políticos y no únicamente como víctimas”, afirma. Esta postura cuestiona una narrativa dominante que los presenta como sujetos pasivos tras la conquista.
“Se considera que fueron vencidos y permanecieron sometidos durante 300 años. A mí me interesa destacar el papel que juegan como constructores de esa sociedad”, explica. En sus investigaciones aparecen como intérpretes, mediadores, escribanos y negociadores.
Su mirada se dirige especialmente a regiones periféricas, lejos de los centros urbanos donde la presencia española era más fuerte. “En estos espacios, donde el dominio no estaba completamente asentado, los pueblos indígenas tenían mayor margen de maniobra”, señala.
Allí, las relaciones de poder eran más complejas. “Los españoles dependían de ellos para el abasto, para el conocimiento del territorio, para la seguridad. Eso generaba condiciones de menor desigualdad”.
Este enfoque, afirma, amplía la comprensión del pasado, y cuestiona además a las jerarquías desde las cuales se ha contado la historia.

El archivo como experiencia viva
Gran parte de ese trabajo ocurre en los archivos, espacios que para Güereca Durán siguen siendo el núcleo de su labor.
“Es un proceso de comunicación y comprensión de lo que se escribió hace 300 años”, describe. Aunque reconoce que la tecnología ha modificado la dinámica —hoy es posible fotografiar documentos y analizarlos después—, el momento de enfrentarse al material sigue siendo fundamental.
“Leer folio por folio, descubrir de qué trata un expediente, es uno de los momentos más ricos de mi trabajo”, afirma.
Entre los documentos que más le interesan están los archivos judiciales. “Ahí se puede encontrar con mayor claridad la voz de la gente común”, explica “En ellos aparecen conflictos, estrategias legales, denuncias y formas de negociación”.
“Se enfrentan a la justicia para defender sus tierras, sus cargos o sus formas de autoridad”, señala.
Además, estos documentos permiten reconstruir vidas que de otro modo quedarían invisibles. “A partir de pequeños indicios puedes armar la biografía de alguien que parecería irrelevante, pero que jugó un papel importante”, dice.
Esa reconstrucción implica un trabajo minucioso, casi detectivesco, que combina paciencia e intuición.
Racismo e idealización
El estudio de los pueblos indígenas también implica confrontar las ideas que persisten en el presente. Güereca Durán identifica dos tendencias problemáticas: el racismo y la idealización.
“Hay un desdén hacia las comunidades indígenas que tiene 500 años de profundidad”, afirma. Este se expresa en ideas que los consideran incapaces de gobernarse o de tomar decisiones por sí mismos.
Al mismo tiempo, advierte sobre el riesgo de idealizarlos. “Se les presenta como comunidades perfectas, siempre en armonía con la naturaleza”, explica.
Ambas posturas, sostiene, impiden ver su complejidad. “No son comunidades idílicas. Tienen conflictos, contradicciones internas. Eso es parte de cualquier sociedad humana”. Reconocer esa complejidad es esencial para comprender su papel histórico y su realidad actual.
La enseñanza de la historia
En el ámbito educativo, Raquel Güereca observa una desconexión entre la investigación académica y los contenidos escolares.“Los programas de historia no han cambiado en décadas. Incluso con reformas recientes, la estructura narrativa se mantiene prácticamente intacta”.
Aunque reconoce avances puntuales, como la inclusión de documentos indígenas en libros de texto, considera que son insuficientes. “La manera en que se enseña la historia debería incorporar las innovaciones que se producen en la investigación”.
Para ella, esta transformación es urgente, especialmente en un país marcado por el racismo y la desigualdad. “Es necesario dejar de presentar a los pueblos indígenas como sujetos pasivos y mostrar su capacidad de acción”.
Los desafíos de investigar en México
Dedicarse a la investigación histórica en México implica enfrentar diversas dificultades. “El principal reto es la falta de espacios institucionales”, explica.
Aunque se forma un número creciente de especialistas, las oportunidades laborales no aumentan al mismo ritmo. “El número de doctorandos no coincide con el número de plazas disponibles”.
“A esto se suma la reducción de recursos y una percepción social que cuestiona la utilidad de la investigación. Existe una idea de que lo que hacemos no resuelve problemas inmediatos”, señala.
A pesar de ello, mantiene su compromiso con la disciplina.
“Se trata de vivir dignamente del ejercicio de nuestra profesión, aunque no sea fácil”.
La fascinación que permanece
Después de años de trabajo, lo que la impulsa sigue siendo la curiosidad.
“Nunca se deja de aprender”, dice.La posibilidad de descubrir nuevos archivos y nuevas historias es uno de los motores de su labor. Pero hay algo más profundo, como lo es lla relación con las voces del pasado.
“Hay una sensación de que traemos a la vida a estas personas que están en los documentos. Leer sus palabras, entender sus contextos, permite que esas voces continúen presentes”.
En ocasiones, los documentos revelan más de lo esperado. “A pesar del lenguaje burocrático, hay momentos en que las personas se salen del guion y dejan ver algo más de sí mismas”.Esos fragmentos son, para ella, los más valiosos.
La historia como herramienta para el presenteMás allá de la investigación, la Doctora Raquel tiene una visión clara sobre la utilidad de la historia.
“Sirve para entender que nuestras formas de vida no son naturales ni inevitables. Las instituciones, las desigualdades y las estructuras sociales son el resultado de procesos históricos”.
Esa comprensión permite cuestionar lo que parece dado. “No se trata solo de conocer el pasado, sino de entender cómo se construyeron las condiciones actuales”.
También implica una dimensión ética. “Es importante asumir que nuestras decisiones tienen un impacto”, señala. Desde lo cotidiano hasta lo político, cada acción forma parte de procesos más amplios.
Su objetivo, dice, es despertar esa conciencia. “Que la gente sienta curiosidad y que reconozca su importancia como sujeto histórico”.
Al final, el trabajo de Raquel Eréndira Güereca Durán propone una forma distinta de mirar el pasado y el presente. Una mirada que desplaza el foco de los grandes personajes hacia las vidas cotidianas.
“Desde las vidas comunes también se está construyendo la sociedad”, afirma.
Su investigación apuesta por la complejidad, por la recuperación de voces y por la construcción de narrativas más inclusivas. Porque, como ella misma ha comprobado desde aquel primer encuentro con los archivos, el pasado no está cerrado, sigue hablando, esperando ser escuchado.