
Ecosur
Para muchas personas, presionar un interruptor es un gesto mecánico; sin embargo, en muchas casas, antes de encender un ventilador o conectar una licuadora, alguien calcula cuánto aumentará el recibo de luz. En esos hogares, la energía no es un recurso que simplemente está ahí, sino que implica tomar decisiones todos los días: cuánto gas alcanza para la semana, conviene o no encender un foco más, cuánto tiempo se puede usar algún electrodoméstico sin que el recibo de luz aumente demasiado. El tema energético abarca incluso las decisiones sobre cocinar con leña —con todo lo que implica en términos de humo, salud y tiempo—, práctica que sigue siendo la única opción para numerosas viviendas rurales. Queramos o no, la energía está profundamente ligada a las opciones de vida.
La energía también es un tema social ligado a la desigualdad, tal como lo muestran los libros Pobreza y democratización energéticas en Tabasco y Democratizar la energía con perspectiva de género, encabezados por El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR). Estas obras permiten comprender cómo el acceso a la energía revela brechas profundas que rara vez consideramos parte de la desigualdad social.
Aunque ambos libros se construyen a partir de estudios realizados en Tabasco, sus aportes trascienden el ámbito estatal. Documentan condiciones de acceso desigual a la energía, costos desproporcionados, infraestructuras limitadas y cargas diferenciadas en los hogares, situaciones que también se viven en amplias regiones del sur-sureste de México y en muchos contextos rurales del país. En algunas comunidades, por ejemplo, las familias destinan una parte importante de sus ingresos al pago de electricidad o dependen de la leña como única alternativa para cocinar. En ese sentido, Tabasco no es una excepción, sino una puerta de entrada para comprender dinámicas estructurales más amplias.
En contextos urbanos, cuando “se va la luz”, vivimos el apagón como un pequeño drama: resulta difícil quedarnos sin televisión, sin wifi o sin luz al caer la noche; en lugares calurosos se resiente la falta de aire acondicionado o refrigeración. Pero para muchas personas, la precariedad energética no es una molestia temporal, sino parte de la vida cotidiana. En diversas viviendas y territorios, el acceso a la electricidad determina cómo se cocina, cómo se ilumina una vivienda, cuánto tiempo se dedica a ciertas tareas, qué riesgos se enfrentan y qué oportunidades se abren o se limitan. Desde esta perspectiva, la pobreza energética deja de ser una categoría abstracta y se vuelve una experiencia concreta, presente en miles de hogares.
Diagnósticos y líneas de acción
Pobreza y democratización energéticas en Tabasco ofrece un acercamiento territorial detallado a estas problemáticas. A partir de estudios de campo y casos concretos, el libro muestra cómo las condiciones de acceso a la energía en el estado están atravesadas por desigualdades económicas, geográficas e institucionales. Incluye datos valiosos y abundantes, pero sobre todo, hace visible la complejidad del fenómeno: contar con conexión eléctrica no es suficiente; importa la calidad del servicio, su costo en relación con los ingresos, la infraestructura disponible y las alternativas reales con las que cuentan las familias.
Además, en el título de esta obra hay un matiz importante: el uso del plural en “energéticas”. No se trata de una variación gramatical casual, sino de una toma de postura sobre cómo entender el problema, pues desplaza la mirada desde un sistema abstracto hacia las formas concretas en las que se enlazan la energía y la vida cotidiana. La experiencia energética cambia entre quien depende de la leña para cocinar y quien puede pagar aire acondicionado o paneles solares. Es decir, no se trata solo de ligar la necesidad de democratizar la energía a situaciones de pobreza generalizada, sino de enfatizar que también existe una pobreza energética en sí misma que debe ser atendida.
Este matiz sugiere que no existe una única “realidad energética”, homogénea y universal, sino una diversidad de condiciones, prácticas y experiencias. La energía no se vive igual en todos los territorios ni en todos los hogares: cambia según los recursos disponibles, las infraestructuras, los ingresos, los roles de género y las decisiones que se toman —o que no se pueden tomar— en contextos específicos. Cocinar con leña, usar gas, depender de una red eléctrica inestable o destinar una parte significativa del ingreso al pago de servicios, son expresiones distintas de una misma problemática.
En ese sentido, el plural abre la puerta a una comprensión más fina de la desigualdad. La pobreza energética implica falta de acceso, pero también es una combinación de factores que configuran condiciones desiguales de vida. No todas las personas usan la energía en igualdad de condiciones, ni todas pueden decidir cómo acceder a ella. En cuanto a la democratización, no se trata solo de ampliar la cobertura, sino de transformar las condiciones en las que se produce, distribuye y utiliza la energía, considerando las diferencias sociales y territoriales.
En este orden de ideas, Democratizar la energía con perspectiva de género, incorpora una dimensión que con frecuencia queda relegada: el género. Este libro muestra que el acceso y uso de la energía están marcados por la división sexual del trabajo y por roles socialmente asignados. Las mujeres, en especial en contextos rurales o de pobreza, suelen ser quienes gestionan la energía en el hogar, pues cocinan, lavan y organizan los recursos. En muchas comunidades, también recolectan leña o preparan alimentos entre humo. En general, ellas enfrentan de manera más directa los efectos de la precariedad energética, por ejemplo, al cocinar en condiciones poco saludables o invertir mucho tiempo en actividades que serían más sencillas con mejores servicios.
El enfoque de género es relevante, ya que se trata de una clave indispensable para comprender el problema en su conjunto. De este modo, el libro permite identificar desigualdades invisibles y plantea preguntas fundamentales: ¿quién decide sobre las soluciones energéticas?, ¿quién se beneficia de ellas?, ¿quién asume sus costos?
En términos de aportes, ambos libros combinan distintos niveles de análisis. Por un lado, ofrecen herramientas para entender la pobreza energética y la democratización de la energía más allá de definiciones simplistas. Por otro, presentan evidencia empírica con estudios de caso, datos territoriales y observaciones de campo, todo lo cual muestra realidades concretas. Es importante resaltar que se sugieren líneas de acción y criterios de políticas públicas, para que no todo se quede en diagnósticos.
Por qué estas obras importan
Estos libros sobre democratización energética son para distintos públicos. Para quienes participan en la toma de decisiones, ofrecen elementos claros para comprender por qué las soluciones homogéneas o estandarizadas suelen ser insuficientes y por qué es necesario considerar las condiciones locales, las desigualdades estructurales y las dinámicas de género. Sin duda, los materiales brindan herramientas que pueden traducirse en programas más pertinentes y realistas.
Para organizaciones sociales y comunitarias, los libros funcionan como recursos de sensibilización y argumentación. Permiten nombrar problemáticas que no siempre se conceptualizan, además de que aportan información que puede aprovecharse en procesos para exigir cambios o impulsar mejoras comunitarias. En el ámbito académico, son una referencia sólida para estudiantes y profesionistas interesados en temas de energía, desarrollo, desigualdad o género.
Para el público general, estas obras también resultan valiosas. Estan construidas de tal forma que permiten comprender, por ejemplo, por qué el acceso a la energía puede representar una carga desproporcionada para ciertos hogares, o cómo decisiones aparentemente técnicas tienen efectos diferenciados en la vida de las personas. En ese sentido, acercan un tema estructural a la experiencia cotidiana. Al respecto, un acierto de los libros es su capacidad para traducir la complejidad sin perder rigor. Esto los vuelve útiles tanto para quienes trabajan en estos temas como para quienes se aproximan a ellos por primera vez.
En conjunto, las obras resaltan la necesidad de contar con diagnósticos sobre pobreza energética, incorporar el enfoque de género y vincular la investigación académica con la toma de decisiones y la acción social, considerando que el acceso a la energía está ligado a condiciones de vida, oportunidades y derechos. Democratizar la energía implica reconocer desigualdades y actuar en consecuencia; después de todo, en cada interruptor que se enciende, o que no puede encenderse, se ocultan profundas diferencias sociales.
Pobreza y democratización energéticas en Tabasco, Hans van der Wal y Maritza Xitlaly Alvarado Rodríguez. ECOSUR, UJAT, Alternativas de Vida Solidaria para el Territorio y la Paz.
Democratizar la energía con perspectiva de género, Maritza Xitlaly Alvarado Rodríguez, Mónica Guadalupe Chávez Elozrza, Arlen Itzayana Uribe Gallegos, Hans van der Wal y Maritel Yanes Pérez.
Ambos títulos pueden consultarse y adquirirse en Libros ECOSUR: www.ecosur.mx/libros