
En una comunidad costera que vive de la pesca y que percibe cambios drásticos en sus manglares, en una escuela rural donde las infancias indagan sobre los insectos que viven en la huerta, en el seno de una familia campesina que conversa sobre por qué las lluvias ya no llegan como antes, o en un colectivo urbano que desea frenar la vorágine del crecimiento inmobiliario, la ciencia puede dejar de ser algo distante y hacerse presente, como una práctica compartida, para dar respuesta a lo que observamos cada día, conversar sobre las causalidades de las transformaciones de las que somos testigos y cuidar la vida en común.
Sin embargo, no todas las personas acceden a la ciencia en condiciones iguales o similares. Un manual o una infografía publicada en un medio digital puede no llegar a personas que viven en sitios con baja conectividad de internet; una plática con abundantes tecnicismos puede ser excluyente para personas sin formación especializada; un material escrito o audiovisual en español puede ser insuficiente en territorios de pueblos originarios. En este sentido, cuando hablamos del derecho humano a la ciencia, nos referimos a crear condiciones para que el conocimiento sea accesible, pertinente y relevante para todas las personas.
Derecho humano a la ciencia
El derecho humano a la ciencia está reconocido desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y posteriormente en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Este derecho establece que toda persona puede participar en el progreso científico y gozar de sus beneficios, por lo tanto, es un derecho que no solo pertenece a quienes trabajan en laboratorios, universidades o centros de investigación, sino a infancias, juventudes, comunidades rurales, pueblos originarios, personas con discapacidades, población afromexicana y en general a cualquier grupo social que necesite información confiable para comprender su entorno y mejorar sus condiciones de vida.
Podríamos acercarnos a este derecho humano a partir de cuatro dimensiones: disponibilidad, accesibilidad, calidad y aceptabilidad. La primera alude a que deben existir los espacios físicos y virtuales para compartir el conocimiento en sus diferentes formatos. La segunda, la accesibilidad, se refiere a que podamos acceder sin discriminación ni barreras económicas, lingüísticas, territoriales, digitales o culturales, no solo eliminando barreras de entrada, también implica crear condiciones para que las personas implicadas puedan preguntar, constrastar y relacionar el conocimiento con su territorio. La tercera, establece la importancia de la calidad, es decir, que la información sea rigurosa, actualizada, trazable y verificable. Y la última, la aceptabilidad, se refiere a que la información científica pueda entrar en conversación con los modos de vida ypreocupaciones de distintos actores sociales.
El derecho humano a la ciencia en México
En México, este derecho tiene un reconocimiento constitucional a partir de la reforma del Artículo 3O de 2019, y a partir de dicho mandato, la Ley General en Materia de Humanidades, Ciencias, Tecnologías e Innovación publicada en 2023 aporta un marco regulatorio y tiene como objeto garantizar el ejercicio del derecho humano a la ciencia. Esto abre una responsabilidad concreta para las universidades, los centros públicos de investigación y diversas instituciones dedicadas a la ciencia: no basta generar conocimiento, también es necesario compartirlo con las ciudadanas y ciudadanos, para ello, hay que determinar el público con el que se quiere compartir para definir el formato y el lenguaje que pueda favorecer su apropiación social.
El derecho humano a la ciencia en la frontera sur de México
En la frontera sur de México, esta discusión es particularmente importante, por ser una de las regiones más diversas del país en aspectos biológicos, culturales y lingüísticos, y caracterizada por enfrentar desigualdades históricas que producen una alta vulnerabilidad socioambiental. En esta región del país, el derecho humano a la ciencia se relaciona con ámbitos cotidianos: agua, salud, alimentación, migración biodiversidad, cambio climático, café, manglares, selvas, costas, contaminación, riesgos ambientales y estrategias y medios de vida.
Por ello, las actividades de comunicación de la ciencia en esta región, no pueden reducirse a simplificar contenidos sobre lo que produce la academia, sino reconocer que toda comunicación ocurre en una relación. Implica preguntarse autocríticamente: ¿quiénes quedan fuera de nuestras actividades?, ¿en qué idioma comunicamos?, ¿qué formatos usamos?, ¿qué barreras digitales existen?, ¿qué conocimientos locales reconocemos?, ¿qué públicos han sido históricamente menos considerados en nuestras actividades?
El Colegio de la Frontera Sur, Ecosur, tiene presencia en esta compleja y megadiversa región. Desde su origen, hace más de 30 años, ha vinculado la investigación con la búsqueda de un desarrollo sostenible para los diversos territorios en los que tiene influencia y a lo largo de su historia, los procesos de vinculación han transitado desde la identificación de problemas concretos junto con actores sociales a modelos de apropiación social del conocimiento y, más recientemente, al fortalecimiento del derecho humano a la ciencia.
Este tránsito significa pasar de una visión centrada en la difusión del conocimiento y comunicación, hacia otra donde la ciencia se comparte, se traduce, se adapta, se debate y se vuelve socialmente significativa. En esta trayectoria se inscriben enriquecedoras y múltiples experiencias de comunicación, educación continua, formación de vocaciones científicas, producción editorial, comunicación pública, ciencia ciudadana, acompañamiento comunitario e incidencia en políticas públicas.
Un ejemplo concreto de esta visión, es la incorporación de un nuevo indicador en el Programa Estratégico Institucional 2025-2030: el porcentaje de materiales de divulgación con perspectiva de inclusión. A primera vista su relevancia podría pasar desapercibida, sin embargo, su importancia en materializar este derecho es crucial en el ámbito público. Esta perspectiva nos permitirá observar con detalle los productos de divulgación que consideran a públicos que históricamente han sido excluidos, como pueblos originarios, población rural, infancias, población afromexicana, colectivos urbanos y personas con discapacidad.
Entonces, el horizonte no es solo producir más materiales, sino mejorar su pertinencia, accesibilidad y capacidad de llegar a diversos publicos, es decir, mejorar las condiciones de encuentro entre conocimiento científico y sociedad. Esto requiere lenguaje claro, pertinencia cultural, formatos adecuados, respeto a los contextos locales, accesibilidad digital, traducciones a lenguas indígenas cuando corresponda y, en ciertos casos, mayor peso de lo visual o audiovisual sobre lo textual.
Pensemos, por ejemplo, en un equipo de investigación que desea compartir hallazgos sobre la importancia de los manglares en la zona costera. Una alternativa sería elaborar un folleto con datos técnicos y distribuirlo en línea. Pero desde la perspectiva de fomentar el derecho humano a la ciencia, este equipo se plantea las siguientes preguntas: ¿la comunidad tiene acceso a internet?, ¿el texto está escrito de forma comprensible?, ¿las imágenes ayudan a comunicar el hallazgo?, ¿hay infancias o personas mayores entre las audiencias?, ¿reconoce saberes locales sobre el manglar?
El cambio parece pequeño, pero es profundo. El proceso de comunicación de la ciencia ya no es solamente entendido como una actividad de devolución de información o invitación a la reflexión, sino que se convierte en una actividad para contribuir a la mediación entre actores sobre sus saberes y condiciones de acceso.
Esto nos invita a mirar críticamente nuestras prácticas. Una actividad puede tener muchas asistencias o vistas y, aun así, no ser accesible. Un material puede ser científicamente correcto y, al mismo tiempo, poco pertinente para quienes viven el problema. Una campaña puede circular ampliamente en redes sociales, pero no llegar a comunidades rurales con baja conectividad. Por esta razón, la perspectiva de inclusión no debe entenderse como una tarea complementaria o adicional a lo que ya hacíamos de comunicación, sino como una condición para que la ciencia cumpla su función pública. En tiempos de crisis socioambiental y desinformación, el derecho humano a la ciencia nos recuerda que el conocimiento debe ser una posibilidad compartida para comprender y cuidar nuestros territorios.
Desde la frontera sur de México, Ecosur tiene una responsabilidad estratégica: producir ciencia de frontera, y contribuir a que esa ciencia sea accesible, pertinente, incluyente y socialmente significativa. Porque cuando una niña observa el río que pasa por su comunidad montañosa y se imagina la zona costera, cuando una familia campesina accede a información útil para cuidar su parcela, o cuando una persona con discapacidad visual puede participar plenamente en una actividad científica, la ciencia deja de ser una promesa abstracta y se convierte en un proceso vivo.
* Coordinadora general de Vinculación de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur)