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Sergio Prieto Díaz, IxM de Ecosur, explica que el Mundial ofrece una oportunidad excepcional para analizar el fenómeno · Así como existe una “fuga de cerebros” hacia los países desarrollados, también hay una “fuga de piernas”. Eso implica que buena parte del talento deportivo del sur termina en las estructuras futbolísticas del norte

Migración en el futbol, ¿enriquecimiento deportivo o neocolonialismo del norte global?

Migración en el futbol Kylian Mbappe de Francia celebra un gol en el partido de cuartos de final contra Marruecos. (EFE)

Observamos selecciones de Francia, Holanda, Inglaterra, Suiza, Bélgica y más países europeos con cada vez más jugadores con ascendencia “extranjera”. En tanto, en México, el máximo goleador es de origen colombiano; Donald Trump pidió el indulto ante la FIFA de un jugador de la selección estadunidense de origen nigeriano.

La gesta deportiva ha desdibujado las grandes diferencias migratorias prevalecientes en el mundo, pero sería ingenuo decir que ha sido sólo para beneficio del futbol y no del mercado global que representa.

Para Sergio Prieto Díaz, investigador de El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur) y especialista en estudios críticos de las movilidades humanas, el Mundial ofrece una oportunidad excepcional para analizar un fenómeno que rebasa con mucho al deporte. El futbol, explica, es un espejo del orden mundial, reproduce sus contradicciones, sus desigualdades y también sus profundas transformaciones sociales.

“Los procesos migratorios están íntimamente conectados con los procesos sociales y políticos más amplios. La movilidad humana es causa y consecuencia del orden mundial en el que vivimos”, señala el investigador. Esa perspectiva permite mirar el Mundial desde un ángulo poco habitual: no solo como una competencia entre selecciones nacionales, sino como una radiografía de la globalización contemporánea.

MIGRANTE, DE “PROBLEMA” A ESTRELLA.

En buena parte del mundo desarrollado, la migración ocupa el centro del debate político. Gobiernos europeos y estadounidenses han endurecido controles fronterizos y alimentado discursos que presentan a las personas migrantes como una amenaza para la seguridad, la identidad nacional o el empleo. Sin embargo, el futbol exhibe una formidable paradoja.

Las mismas sociedades que levantan muros para contener ciertos flujos migratorios celebran cada fin de semana a futbolistas nacidos en otros países o descendientes de familias migrantes. La diversidad que en otros ámbitos despierta rechazo se convierte, dentro del estadio, en motivo de orgullo nacional.

Prieto sostiene que esa contradicción refleja el funcionamiento del propio sistema económico global. La migración suele entenderse como un problema cuando involucra población vulnerable, pero se convierte en una ventaja cuando las personas aportan capacidades altamente demandadas por el mercado. El futbol es un ejemplo claro de este pragmatismo basado en el dinero.

No se trata únicamente de jugadores extranjeros contratados por clubes internacionales. Las propias selecciones nacionales muestran hasta qué punto la movilidad humana ha transformado el concepto tradicional de nación.

El caso de Julián Quiñones generó polémica por su naturalización. Nacido en Colombia, llegó siendo muy joven a México, desarrolló aquí gran parte de su carrera profesional y obtuvo posteriormente la nacionalidad mexicana. Su convocatoria con la selección abrió un debate que trascendió lo deportivo: ¿qué significa realmente pertenecer a un país?

La respuesta, explica el investigador, ya no puede limitarse al lugar de nacimiento.

Migración en el futbol Julián Quiñones resultó el máximo goleador de la selección mexicana en este Mundial. (EFE)

Cada vez resulta más frecuente encontrar deportistas cuyas trayectorias personales atraviesan distintas fronteras. Existen jugadores nacidos en un país, hijos de padres provenientes de otro y con abuelos originarios de un tercero. Las identidades nacionales, como las sociedades contemporáneas, se han vuelto profundamente complejas.

Francia constituye uno de los ejemplos más emblemáticos, cuyas más grandes estrellas no portan un apellido francés al reverso de su camiseta. Buena parte de sus futbolistas son hijos o nietos de familias africanas que emigraron décadas atrás. A su vez, nos expone el especialista, se encuentra Marruecos, cuya selección reúne a numerosos jugadores nacidos precisamente en Francia, Bélgica, España o Países Bajos, pero que decidieron representar el país de origen de sus familias. Más que excepciones, estos casos representan la nueva normalidad.

De acuerdo con los datos expuestos por Prieto, únicamente ocho de las 48 selecciones que participan en el Mundial están integradas exclusivamente por jugadores sin antecedentes migratorios directos. La inmensa mayoría refleja la diversidad cultural y demográfica que caracteriza al siglo XXI.

Migración en el futbol Origen "extranjero" de las selecciones de Francia y Marruecos.

ENRIQUECIMIENTO DEL FUTBOL.

Desde esta perspectiva, la movilidad humana ha fortalecido al deporte. El intercambio constante entre países ha elevado el nivel competitivo, multiplicado las formas de entender el juego y construido selecciones mucho más diversas que hace apenas unas décadas. El futbol moderno difícilmente podría comprenderse sin ese flujo permanente de conocimientos, estilos, entrenadores y jugadores.

Incluso selecciones consideradas históricamente pequeñas han logrado competir gracias a esa apertura. Prieto menciona el caso de Curazao, cuya selección está integrada casi en su totalidad por futbolistas nacidos fuera de la isla y formados en academias europeas. Sin esa posibilidad de articular identidades múltiples, sería prácticamente imposible que países con poblaciones reducidas alcanzaran un nivel competitivo internacional.

La migración, por tanto, no representa una amenaza para el deporte. Al contrario: amplía sus posibilidades, democratiza el talento y cuestiona visiones excluyentes sobre la identidad nacional. Pero detener el análisis ahí sería quedarse únicamente con la parte luminosa de la historia.

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EL NUEVO EXTRACTIVISMO DEPORTIVO.

Existe otra forma de observar el fenómeno migratorio, donde responde a relaciones profundamente desiguales entre el Norte y el Sur global. Para Prieto Díaz, el futbol contemporáneo reproduce una lógica cercana al neocolonialismo: los países más ricos concentran los beneficios de un sistema que obtiene buena parte de su talento en regiones históricamente periféricas.

El momento decisivo ocurrió en 1995 con la aprobación de la llamada Ley Bosman, resolución judicial que liberalizó el mercado laboral del futbol europeo.

Hasta entonces, los clubes dependían principalmente de jugadores formados dentro de sus propios países. Después de esa reforma comenzaron a expandir redes internacionales de reclutamiento para captar jóvenes promesas provenientes de América Latina, África y otras regiones del mundo desde edades cada vez más tempranas. La consecuencia fue una auténtica reorganización del futbol mundial.

Los grandes clubes europeos dejaron de esperar que el talento llegara a ellos y comenzaron a buscarlo directamente en los llamados países en desarrollo, donde podían incorporarlo antes de que alcanzara su máximo potencial deportivo y económico.

El investigador de Ecosur propone una imagen particularmente sugerente para describir este proceso: así como durante décadas se habló de una “fuga de cerebros” hacia los países desarrollados, hoy también puede hablarse de una “fuga de piernas”.

Miles de jóvenes futbolistas emigran buscando mejores condiciones para desarrollar su carrera. Individualmente, la decisión suele representar una oportunidad extraordinaria. Colectivamente, sin embargo, implica que buena parte del talento deportivo producido en el Sur termina fortaleciendo las estructuras futbolísticas del Norte. Los números muestran con claridad ese cambio.

Antes de la segunda mitad de la década de 1990 existía una competencia relativamente equilibrada entre clubes europeos y sudamericanos. Después de la liberalización del mercado, los equipos europeos comenzaron a dominar casi por completo las competiciones internacionales gracias a una concentración creciente de recursos económicos y talento futbolístico, expone el académico.

Ese mismo fenómeno ayuda a explicar por qué Europa ha incrementado su dominio en los Mundiales durante las últimas décadas. Aunque el talento nace en prácticamente todos los continentes, las condiciones para desarrollarlo y convertirlo en un producto de alto rendimiento continúan concentrándose en unas cuantas ligas.

Migración en el futbol El caso Bosman abrió la puerta a la libertad del mercado de jugadores en Europa.

EL MUNDIAL COMO ESPEJO DEL ORDEN GLOBAL

La gran aportación del análisis de Sergio Prieto consiste en mostrar que el futbol nunca ha sido únicamente futbol. Cada selección nacional, cada proceso de naturalización y cada transferencia internacional hablan también de relaciones económicas, políticas migratorias, historia colonial y desigualdades globales.

El Mundial representa, al mismo tiempo, una celebración de la diversidad y una exhibición de las asimetrías que siguen organizando al planeta.

La migración enriquece al deporte, lo hace más competitivo, más creativo y más representativo de sociedades cada vez más diversas, pero el mercado futbolístico también puede reproducir relaciones de dependencia donde el Sur forma talento y el Norte concentra la mayor parte de los beneficios económicos y deportivos.

Esa es la paradoja que el espectáculo suele ocultar.

Mientras los mejores futbolistas cruzan fronteras con relativa facilidad porque representan un activo económico de enorme valor, millones de personas continúan enfrentando visas, muros, deportaciones y discursos de criminalización simplemente por buscar mejores condiciones de vida.

“Actualmente, en el Mundial vemos lo que parece, porque no es así, una pequeña revolución de los países del sur global en términos futbolísticos, pero cuando se llega a las instancias mayores vemos que no es así. Siguen dominando particularmente los europeos, pero en términos de clubes sí se ve como se ha producido un vuelco fundamental”.

En los mundiales recientes –enmarcados por la Ley Bosman– se puede rastrear esta desigualdad, plasmado a partir del Mundial de 1998 que gana Francia por primera vez, con un equipo conformado con jugadores de múltiples orígenes de coloniales o postcoloniales de Francia.

Anterior a ello, había una alternancia, señala Prieto: en la historia de los mundiales ganaba un equipo sudamericano –Argentina, Uruguay, Brasil– y uno europeo. “Había cierta paridad, pero desde el 98 desaparece y, fundamentalmente, de los últimos siete mundiales, cinco lo ganaron equipos europeos y solo dos equipos sudamericanos”.

Este mundial y competiciones deportivas internacionales reflejan que existe una movilidad migratoria desigual, y que las fronteras se abren para aquello que genera ganancias y permanecen cerradas para buena parte de quienes migran por necesidad; y que, hablando puntualmente de lo que rodea a la FIFA, el pragmatismo del dinero y el mercado prevalece por encima del futbol.

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