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El origen de la división de trabajo entre sexos surgió hace miles de años, por un proceso evolutivo natural en donde las diferencias físicas y mentales entre ambos sexos fueron necesarias para la sobrevivencia como ventajas adaptativas de la especie

Biología y condicionamiento social de la división del trabajo por sexos

Mujeres en la ciencia En la actualidad es importante establecer programas académicos para mujeres como el STEM. (IBERO)

Siglos de cultura dominante han convertido en una verdad, a decir de muchos, “inmutable”, que el hombre realiza la mayoría de las labores productivas, sobre todo las más complejas, difíciles y pesadas, y la mujer se ocupa mayormente de la casa, la crianza de los hijos, la atención de familiares viejos y enfermos y, cuando realiza labores productivas, se catalogan como obligadas por las circunstancias extremas. Sin embargo, son por lo general de menor importancia, fáciles de ejecutar y complementarias a las realizadas por los hombres. Esta división del trabajo por sexos, construida socialmente a través de los años, esconde mitos y creencias que perpetúan la dominación masculina, que conviene analizar y tratar de ubicar en su razón de ser, principalmente en dos grandes campos: la biología humana y su entorno inmediato y el condicionamiento social que permite la definición por sexo de las ocupaciones y su papel dentro del tejido social.

El origen de la división de trabajo entre sexos surgió hace miles de años, por un proceso evolutivo natural en donde las diferencias físicas y mentales entre ambos sexos fueron necesarias para la sobrevivencia como ventajas adaptativas de la especie. En sus comienzos el Homo sapiens vivía en grupos pequeños como cazadores y recolectores nómadas y seminómadas, cuya subsistencia dependía de su capacidad para encontrar agua, alimento y refugio. Para ello, los hombres tuvieron que especializarse más en tareas de mayor exigencia física como: la caza de animales medianos y grandes, utilizando lanzas y estrategias grupales para derribarlos, así como la exploración de territorios para encontrar zonas con mayores recursos, identificación de huellas de animales, reconocimiento de rutas de migración y fabricación de armas de caza.

Mientras que las mujeres se dedicaban a labores de subsistencia diaria y al cuidado del grupo, realizando actividades como: recolección de frutos, semillas, hojas comestibles como ingredientes de alta importancia para enriquecer la alimentación, así como la limpieza, molienda, cocción y preparación de reservas de alimentos, cuidado y protección de los niños, a los cuales se les trasmitía conocimiento a través de prácticas e instrucciones orales. De la misma forma eran las encargadas de cuidar a los integrantes enfermos y mayores de las tribus.

Fue de esta forma en la que el ambiente y las actividades realizadas por mujeres y hombres en la antigüedad, en donde se fueron diferenciando y adaptando físicamente los procesos mentales. A través de la neurociencia se ha podido comprobar que existen diferencias significativas en estos procesos entre mujeres y hombres, en los cuales las hormonas sexuales no sólo condicionan el fenotipo, sino que también predisponen la organización funcional del cerebro y la actividad mental.

La diferencia más evidente según la neurociencia entre ambos cerebros es el tamaño, el cerebro masculino pesa aproximadamente 1,350 kilogramos, mientras que el femenino pesa aproximadamente 1,270 kilogramos. El tamaño en este caso le confiere a la mujer promedio una mayor velocidad de comunicación utilizando entre 25,000 a 32,000 palabras al día, mientras que por lo general los hombres alcanzan a hablar 15,000 palabras al día. Asimismo, se han podido identificar a través de imágenes cerebrales diferencias entre ambos sexos en algunas estructuras básicas en el cerebro como la amígdala cerebral y el hipocampo. El hipocampo es la estructura del cerebro que desempeña un papel central en la memoria, aprendizaje y orientación espacial, esta estructura en el cerebro femenino suele ser de mayor tamaño que en el del masculino. En el caso de la amígdala cerebral, nuestro sistema de alarma en el cuerpo es la que detecta estímulos que podrían ser peligrosos y activa respuestas de protección, participa también en la regulación de la agresividad humana siendo un 75% de mayor tamaño en los hombres.

Cabe resaltar que la superioridad de las mujeres en algunas capacidades mentales como la fluidez verbal, coordinación motriz fina, velocidad perceptiva y cálculo mental, han sido utilizadas como argumento para la definición de la división de trabajo, creando una mayor brecha social entre ambos sexos. Por otro lado, los varones por lo general superan a las mujeres en tareas espaciales que incluyen habilidades como rotación mental, orientación espacial y percepción de relaciones entre elementos en un entorno, así como habilidades motoras dirigidas a un blanco y pruebas de razonamiento matemático. Sin embargo, socioculturalmente el cerebro, se organiza en ambos sexos generando capacidades y comportamientos propios y diferenciales, dependiendo de las experiencias y aprendizajes, cuestiones eminentemente sociales.

La organización social alcanzada en un momento de su desarrollo determina la utilización del conocimiento acumulado, así como el grado de desarrollo tecnológico y de innovación, para la asignación de roles productivos entre hombres y mujeres, llegando incluso a limitar o condicionar edades, los grados de preparación educativa, ciertas capacidades y habilidades, los lugares y horarios de trabajo, y hasta la condición reproductiva y el uso del tiempo libre del individuo, asimismo el tipo de conformación de familia que le es posible integrar.

Para ilustrar esta compleja red del entramado social y de la biología humana que ha significado la división del trabajo por sexos, y sus consecuencias de cómo es la conformación de la familia, el futuro predestinado de los hijos y las diferentes formaciones de segmentos sociales y la propia creación de las clases sociales, conviene analizar el caso de algunas de las asignaciones de ocupaciones y trabajos, que la historia se ha encargado de señalar como prototipos de la división del trabajo por sexos.

En las culturas prehispánicas en lo que ahora es México, la división del trabajo estaba determinada por las condiciones materiales de los lugares en donde se establecían los grupos sociales, aunque predominaban ciertas actividades base. De esta manera los hombres se dedicaban a la milpa, al cultivo de maíz, a su siembra, cuidado y cosecha de la mazorca, asimismo era lugar de otros cultivos y recolección de chiles, frijol, amaranto y vegetables comestibles, además de algunas actividades de caza, ya que era un trabajo masculino de fuerza y ritual. La élite gobernante eran hombres consagrados como sacerdotes y tlatoanis, eran considerados guías espirituales con poder desmedido. El hombre era guerrero y comerciante, lo que daba estatus, se nombraban los pochtecas o comerciantes que intercambiaban diversas mercancías y se alejaban por largos períodos de tiempo de sus casas, lo que implicó asignar a las mujeres ciertas actividades supletorias. Las mujeres ante la ausencia del hombre que acudía a la guerra o era comerciante, además de la casa, quedaba a cargo del cuidado de la milpa, y de una pequeña agricultura de plantas comestibles y medicinales y ganadería de especies menores de traspatio como guajolotes y xoloscuintles muy usados como acompañantes y para ciertas comidas rituales, además participaban en la elaboración de textiles y cierta alfarería para el consumo y sus excedentes para el intercambio, y podían ser parteras y curanderas al conocer las propiedades medicinales de las plantas que ellas mismas cosechaban o recolectaban. Sus productos excedentes y servicios los ofrecían en los mercados locales por lo que las denominaban las tianquixcas.

En la colonia, independencia y porfiriato, la tierra se vuelve privada y masculina, se la apropian terratenientes y hacendados, la mujer indígena pierde la milpa familiar, pronto se vuelve sirvienta en tierras encomendadas a los españoles y después en haciendas porfirianas, y en nanas y nodrizas, impuestas al cuidado, lactancia y crianza de los hijos de los hacendados en sustitución de las esposas y madres que cuidan la figura o con la incapacidad de alimentar a sus hijos.

Hacía el fin de la época independiente y con el porfiriato se desarrollan fábricas de textiles, cerveceras y de tabaco, donde se contrataban sólo mujeres para pagarles menores sueldos y jornadas más amplias, con el argumento falaz de que las manos femeninas trabajaban mejor en los telares, combinan bien la cebada y enrollan más rápido las hojas de tabaco. Los hombres de peones acasillados se enrolan como asalariados en las minas, en el ejército y en el ferrocarril, por lo que de nueva cuenta la familia vuelve a fragmentarse y la mujer queda nuevamente a cargo de todas las labores domésticas. De igual forma, florecen los trabajos artesanales, de talabartería, sastrería, de herreros y panaderos, actividades masculinas que permiten cierta libertad al poner precio a sus productos. Es por esa razón, que los hombres y mujeres como asalariados o despojados de sus tierras, luchan en la Revolución Mexicana por reivindicaciones conjuntas. Las “adelitas” no sólo siguen a sus hombres a la guerra, sino que ellas también lucharon activamente por sus demandas. Muchas mujeres logran colocarse como meseras y cocineras en fondas y comederos de obreras de la construcción, en los poblados de las minas, en los cuarteles y en las vías de ferrocarril siendo una imagen presente en esa nueva división del trabajo. Porfirio Díaz abre Normales Rurales para mujeres, por lo que pronto el magisterio a principios del siglo XX fue 90% femenino.

En síntesis, se podría decir que la aceptación de la mujer en actividades productivas fue motivada por la certeza de que al ser una nueva fuerza de trabajo aceptó más dócilmente y sin rodeos menores salarios que los hombres y jornadas más extenuantes, aunque se arguyó marrulleramente facilidades ergonómicas y fisiología carente en los hombres.

DEL “MILAGRO MEXICANO” A LA ACTUALIDAD.

En esta última etapa México desarrolló una industrialización dependiente, lo que quiere decir un crecimiento subordinado con un sector de comercio y servicio mayoritario, que se abastece de empleados, después una industria que contrata obreros y un campo pujante al principio y después en crisis que expulsa campesinos que se convierten en migrantes. Digámoslo así, muchos oficinistas y empleados, menos obreros y más grupos de campesinos en procesos de abandono de parcelas y ejidos. El nicho laboral va acorde con el proceso de industrialización dependiente ya señalado. Se abren las oportunidades en oficinas, comercios y servicios como secretarias, despachadoras y dependientes de mostrador. La burocracia gubernamental también en crecimiento es otra fuente de empleo. Como se anunciaba antes las ofertas laborales en su momento: “se requería de buena presentación y con dominio de taquimecanografía, así como tener un buen trato con los clientes y experiencia en ventas”. Hasta ese momento era el máximo escalón alcanzable por las mujeres. Después, se instalaron las plantas maquiladoras en el norte del país y el comercio informal en todo el territorio.

Con las maquiladoras se recurre al viejo dicho de “manos de mujer para el trabajo delicado” como son las ensambladoras, armadoras y empaquetadoras, así como los plásticos y textiles en gran escala pagando un dólar al día, fuerza de trabajo barata para arrancar cadenas productivas antes establecidas en Asia o Europa y lograr penetrar el mercado de Estados Unidos en condiciones ventajosas de cercanía. Un ejército de mujeres solas, cambio la fisionomía del norte del país. Se redujeron las “marías” y sus puestos de naranjas o cacahuates y charales, pronto se convirtieron en obreras de maquiladoras, cajeras de tiendas de conveniencia, o en telefonistas de “call centers”, pero ninguna en “programadora” en departamentos de cómputo y comunicación de grandes bancos, financieras o aseguradoras, y muy pocas ingenieras en PEMEX o CFE, trabajos codiciados en puestos calificados por sus mejores sueldos y prestaciones, y acaparados por los sindicatos de empresa que deciden quien es aceptado para entrar a laborar. Se aceptan a las recomendades en plazas auxiliares y secretariales y a los hombres las plazas especializadas de mejores sueldos.

Con la situación actual de poco crecimiento económico, hombres y mujeres han tenido que abandonar sus empleos para irse a buscar fortuna a Estados Unidos, allá han encontrado niveles jerárquicos de empleo más bajos en donde se contratan en trabajos de mantenimiento en casas como plomería, albañilería, electricidad, carpintería, pintura y jardinería o despachador de comida rápida, además de la tradicional cosecha temporal en los campos de California y Texas.

Los que deciden quedarse en el país, proliferan como choferes de taxis y motos de aplicación, trayendo y llevando pasajeros y comida a domicilio.

En el caso de las mujeres, las que emigran se contratan como afanadoras, cuidadoras de ancianos y enfermos o “niñeras” de infantes en ausencia de padres, y también se contratan en las cosechas de verduras y frutas de los campos de pepino, melón, jitomates, uvas o frutos rojos, etc.

Las que se quedan en México, ahora ya no despachan como “marchantas” en puestos de mercados, los cuales cada vez se cierran ante la competencia, ahora son acomodadoras y cajeras en los diferentes departamentos de los grandes centros comerciales o comúnmente llamados “súpers”. Algunas conclusiones: son las condiciones sociales las que posibilitan los cambios en la división del trabajo de los sexos. El hombre supremacista sigue dominando las ocupaciones mejor remuneradas. Cuando surgen puestos de trabajo para la mujer es porque el salario es menor. Se podría decir que pasamos del hombre milpa y mujer metate a hombre chofer de taxi de aplicación y mujer de “call center” o encuestadora de casa consultora de publicidad o cajera de banco.

Las diferencias en procesos mentales y habilidades físicas entre hombres y mujeres han determinado socioculturalmente las ocupaciones y división de trabajo actuales. Sin embargo, gracias a la neurociencia y los estudios actuales sobre procesos mentales, hoy sabemos que el cerebro de ambos sexos no sólo se encuentra condicionado por la neuroquímica asociada a las hormonas femeninas y masculinas, sino que su conformación y el comportamiento pueden modificar la estructura neuronal del cerebro dependiendo de los contextos ambientales y sociales.

Asimismo, gracias al avance de la tecnología e la innovación, se pueden compensar ausencias de habilidades como la fuerza o de motricidad fina para ejecutar trabajos que anteriormente se destinaban para mujeres u hombres. Por tal motivo, en la actualidad es importante establecer programas académicos para mujeres como el STEM (materias de ciencias básicas y exactas para fomentar la inserción de mujeres en ingenierías y carreras científicas) para que ayuden a desarrollar habilidades y capacidades en igualdad de circunstancias y sin los estereotipos ligados al género, impuestos social y culturalmente. Adicionalmente, es necesario incluir en los programas de estudio para los niños, materias de comprensión de actividades relacionadas al cuidado de la familia que permitan una repartición justa de las cargas de trabajo entre hombres y mujeres en el hogar.

*Académica del CIBNOR

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