
Si alguna vez has caminado por alguna ciudad, sabes que para que funcione correctamente se necesita cierto orden, como calles despejadas, una buena red de agua y alcantarillado, mercados surtidos y, por supuesto, gente trabajando. Pues resulta que, justo bajo nuestros pies, existe una metrópolis mucho más antigua y eficiente que la nuestra, que mantiene la vida en todo el planeta. El suelo no es un montón de tierra muerta, es una ciudad viva que se sostiene sobre tres pilares fundamentales: su infraestructura (su física), sus bodegas de suministros (su química) y sus incansables habitantes (su biología). Si alguno de estos falla, la ciudad podría colapsar.
1. La infraestructura (Física)
Contrario a lo que parece, un suelo sano no es un bloque sólido. Es una estructura llena de “edificios” (a los que llamamos agregados, formados por las partículas minerales unidas con la materia orgánica) y “vías de comunicación” (poros, como túneles y galerías). Imagina que los poros son las calles por donde circulan el aire y el agua. Si el suelo está poroso, es como una ciudad con un drenaje perfecto: puede “beber” el agua de lluvias intensas (lo que llamamos infiltración) y guardarla en sus cisternas subterráneas para cuando las plantas la requieran. Pero si compactamos el suelo (como cuando estacionamos autos sobre el pasto), es como si pusiéramos un muro de concreto en medio de la calle: el agua no entra, el aire no circula y la ciudad se inunda.

2. El almacenaje (Química)
Los nutrientes en el suelo son el resultado de procesos de descomposición de la materia orgánica y de intemperizmo de los minerales, lo cual se regula por las reacciones químicas en el suelo. Una vez transportados con el agua, los nutrientes entran por las calles de la metrópolis, y se almacenan. Aquí también entra la química, facilitando el uso de las bodegas de la ciudad. Las partículas minerales y la materia orgánica tienen algo parecido a los imanes ya que usan cargas eléctricas para retener nutrientes (como nitrógeno, fósforo, potasio, etc.). Es una despensa inteligente ya que mantiene los alimentos pegados a sus estantes hasta que las raíces de las plantas los succionan y los organismos dentro del suelo los recogen. Sin estas interacciones químicas, el suelo sería un almacén vacío donde la comida se iría directo al drenaje. Además, los mismos agregados son las bodegas para almacenar la materia orgánica del suelo a largo plazo.
3. La sociedad (Biología)
Ninguna ciudad funciona sin habitantes. Primero, las plantas generan la biomasa que luego se transformará en la materia orgánica, que sirve de comida para otros habitantes. Luego, son los numerosos organismos de diferentes las formas y tamaños que habitan en el suelo, que, en una sola cucharadita de este, viven más microorganismos que personas en todo el mundo. A grandes rasgos, ellos son el departamento de limpieza y mantenimiento, ya que recogen la hojarasca, descomponen lo que ha muerto y lo transforman en moneda de cambio para el mercado químico. Incluso hay ciudadanos especializados en tareas ambientales críticas, como bacterias que actúan como “purificadores de aire”, atrapando gases como el metano. Incluso hay habitantes que son solidarios entre sí, como las plantas y los hongos que hacen asociaciones llamadas micorrizas; la planta le da energía en forma de azúcar al hongo y el hongo le ayuda a conseguir fosforo poniéndolo en forma asimilable o buscándolo a través de su red de hifas que son como sus raíces.

Una ciudad en equilibrio
Lo más increíble es cómo cooperan estos tres grandes sistemas. Por ejemplo, las lombrices (biología) cavan nuevos túneles (física) y ayudan a liberar y repartir los nutrientes de la materia orgánica en el suelo (química). En nuestra región de Xalapa, los suelos volcánicos son como las ciudades más modernas del mundo: tienen una infraestructura de poros envidiables que almacenan agua y bodegas químicas de altísima capacidad. Sin embargo, esta metrópolis es frágil, ya que cuando la dejamos sin vegetación o la contaminamos, estamos provocando un “paro nacional” en la ciudad del suelo. Proteger lo que pisamos no es solo un tema de científicos es asegurar que la infraestructura invisible que sostiene nuestro café, nuestro aire y nuestra agua siga de pie. La próxima vez que sientas el aroma a “tierra mojada” (científicamente llamado petricor), recuerda que estás oliendo el bullicio de una ciudad milenaria trabajando a toda marcha bajo tus pies para que tu puedas después disfrutar de un aromático café…
Figura 1. Representación conceptual de los tres pilares del suelo y el impacto de la urbanización. El panel izquierdo ilustra un suelo forestal saludable y poroso, donde la cooperación biológica, los almacenes de nutrientes y los reservorios de agua mantienen un ecosistema subterráneo vivo y funcional. En contraste, el panel derecho muestra las consecuencias del desarrollo urbano sobre el recurso edáfico: un suelo compactado, seco y alterado, lo que resulta en una baja diversidad microbiana y el colapso de sus funciones ecológicas vitales. Creada mediante la herramienta de generación de imágenes de Google Gemini.
Figura 2. El suelo bajo el microscopio: la arquitectura oculta de Los Tuxtlas. Esta fotografía micromorfológica (con un aumento de 40x) nos permite asomarnos a la estructura íntima de un suelo volcánico de Veracruz. En color azul destacan los poros biogénicos, que son verdaderas “autopistas” y túneles excavados por las raíces y la fauna del suelo. Las flechas amarillas señalan cómo estos espacios se van rellenando con pequeñas partículas, mientras que las flechas rojas muestran el inicio de una gran obra de ingeniería natural: los microagregados se agrupan y se unen entre sí para construir bloques más grandes (macroagregados), dándole estabilidad y vida al terreno. Fotografía: Lilit Pogosyan.
Figura 3. Anatomía de un suelo vivo. Corte vertical del suelo que revela cómo está organizado el suelo bajo nuestros pies. Como si fuera un pastel de capas, se aprecian las diferencias de color y estructura: en la parte superior, una superficie oscura con gran acumulación de materia orgánica donde prospera una alta diversidad biológica (círculo superior); pasando por una zona de transición con avenidas y galerías formadas por la actividad y el movimiento de los organismos (círculo central); hasta llegar a las capas profundas, más claras y compactas, caracterizadas por una baja presencia de materia orgánica y una alta abundancia de componentes minerales (círculo inferior). La escala de medición a la izquierda nos permite dimensionar el espesor de estas capas esenciales para el ciclo de la vida. Fotografía: Lilit Pogosyan e Isabelle Barois. Circulo superior generado mediante la herramienta de generación de imágenes de Google Gemini.
Referencias
Brown, G.G., C. Fragoso, I. Barois, P. Rojas, J.C. Patrón, J. Bueno, A.G. Moreno, P. Lavelle, V. Ordaz, y C. Rodríguez (2001). Diversidad y rol funcional de la macrofauna edáfica en los ecosistemas tropicales mexicanos. Acta Zoologica Mexicana (nueva serie) número especial 1:79-110.
Paul, E. A., and Frey, S. D. (Eds.). (2024). Soil Microbiology, Ecology, and Biochemistry (5th ed.). Academic Press / Elsevier.
Montaño, N. M., García-Sánchez, R., y Jiménez-Martínez, A., eds. (2025) Microbiología y biogeoquímica del suelo: teoría y aplicaciones. Editorial de la División de Ciencias Biológicas y de la Salud, Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa, Ciudad de México, México, 394 pp.