
Cine.
Agobiado por la tremenda situación que se vive en Gaza, Ucrania, Irán, Líbano y Cisjordania, con el avance de los colonos judíos apoyado por ejército israelí, que bloquean la creación del Estado palestino, resulta difícil volver los ojos hacia las manifestaciones artísticas de ese mundo, que continúan, pese a todo donde es muy importante el cine palestino, del cual tres películas están entre las nominadas a los Oscares. En esta ocasión, sin embargo, dedico este espacio para hablar de los cineastas libaneses de una nueva generación que han sabido expresar en sus películas sus sentimientos íntimos en medio de circunstancias poco favorables. Y han sido capaces, pese a las dificultades de conseguir recursos, de aprovechar lo aprendido del cine pobre de la posguerra europea (De Sica, Rosellini) o del nuevo cine francés (Goddard, Truffault) que abrió el camino para unir el clasicismo (Visconti, Fellini) con las manifestaciones más personales.
Estuvo en México en días pasados el cineasta libanés Cyril Aris para presentar su película Un mundo frágil y maravilloso (2025), un relato sencillo muy bien narrado, que al inicio parecería la historia de amor ya vista y poco a poco toma el rumbo para pasar de un drama local muy personal a pintar el mundo. Con la misma obsesión de otros directores, su imaginario está marcado por la guerra civil en Líbano que comenzó en 1975 y que ahora se sabe encerró varias guerras. Su abordaje, no obstante, no cae ni en la simplificación ni en la toma de una posición y sí en el intimismo. Sin caer en la ideologización o asumir un bando político, expone su pensamiento a partir de la relación de Yasmina (Mounia Akl) y Nino (Hasan Akil). Una historia que dura 30 años porque sucede que ambos personajes nacen el mismo día, y ya niños coinciden en la escuela y solamente hasta que se encuentran ya adultos con sus recuerdos infantiles reconstruyen sus vidas paralelas.
Eso es lo que va narrando en esta película donde el director se propone ver el transcurso del tiempo, clave para entender a historia; pero los encuentros entre la actriz Mounia Akl y el director Cyril Aris son también profesionales. Desde que ella filmaba en su faceta de directora, la película Costa Brava, Líbano (2021) y él se empeñaba en realizar el largometraje documental Danzando en el borde del volcán (2023), coincidieron porque él trabajaba para dejar constancia de la explosión del 4 de agosto de 2020 que destruyó el puerto de Beirut y ella en continuar esa película, pese al ambiente que privaba en el país después de ese desastre. Como él mismo explicó en una conferencia en el Centro Libanés de la ciudad de México, el sábado 22 de agosto, le interesó conocer a quienes vivieron la tragedia, es decir buscando en el interior, en lo más íntimo de quienes vivieron la tragedia y no mostrar solamente el exterior, como en general lo hicieron los diferentes medios, señalando la destrucción de edificios, calles, barrios completos, casas y dando cifras de las pérdidas humanas. Él quiso mostrar las consecuencias de forma más íntima, entrevistando a quienes vivieron y son los supervivientes de la explosión. Entra en los interiores de las edificaciones destruidas y que permite a sus habitantes explicar sus sentimientos, sus empeños en reconstruir sus ventanas y muros derruidos, adquirir sillas donde sentarse y mesas para comer porque todo fue destruido si no por la explosión sí por su onda expansiva.
Por su parte Mounia Akl cuenta en su película Costa brava…la decisión de una pareja de abandonar la contaminación tóxica de su ciudad natal Beirut y construir la utopía de un hogar en las montañas, emblemáticas y llenas de historias en su país. Se muestran escenas con grandes tiraderos de basura que tantos problemas han generado en las ciudades libaneses y, sin duda, uno de los más graves que abonan a la contaminación que enfrentan todos los países y ponen en riesgo nuestra civilización. Además de la actuación de Mounia como actriz, la película cuenta también con la presencia de la gran directora y actriz libanesa Nadine Labaki de la cual recordamos Cafarnaun, que ha influido en esta generación de cineastas, varios de ellos con las mayores preseas cinematográficas o al menos con menciones constantes.
En Un mundo frágil y maravilloso de Cyril Aris se da el encuentro de talentos que han tenido capacidad de resiliencia porque han experimentado lo que es vivir en un país tan afamado como Líbano, pero lamentablemente también escenario de tragedias y guerras como el actual asedio de Israel que dura ya un largo periodo. Asimismo, ha mostrado como el arte, pese a todo, logra expresarse.
El tono de los acercamientos de la pareja de la película es alegre, colorido y ruidoso porque ha crecido Beirut a 15 años de la guerra, con los acuerdos de Taef que trajeron la paz la ciudad; lo cual significa mucho en un país que ha ido de una guerra a otra. Nino es ya el encargado de un restaurant italiano en el que abundan los buenos platillos en una combinación de la cocina libanesa con toque italiano, que a la hora de describirlos se bromea por la imposibilidad de definirlos. Hay mucha luz y comensales que conversan y se divierten con sus intercambios.
Un accidente automovilístico de Nino en la ruidosa calle, con un intenso tráfico es provocado por volantes de papel, previsiblemente con un tema político, se adhieren al parabrisas y al impedirle la visibilidad se estrella en un domicilio particular, sin graves consecuencias, pero resulta el de la familia de Yasmina. Sin embargo, no se reconocen hasta que ella asiste a cenar a su restaurante porque Nino quiere pagar de esa forma los daños que provocó. Los personajes comienzan a escrutarse y no es sino hasta que ella reconoce la pareja de los padres de Nino, muertos en la secuela de la guerra desgarradora que ha padecido Líbano.
Reconoce la fotografía porque recuerda el relato de Nino, trasmitida por sus padres, de una isla que representa la utopía en la que se puede alcanzar la felicidad. La primera parte de la película tiene, por tanto, tono de comedia y los personajes con destacada capacidad histriónica logran mantenerlo. Aportan a la frescura de ese relato los gestos y simpatía que ambos proyectan.
La vida feliz del matrimonio se mantiene y de su amor nace una hija, es también la normalidad del país hasta que va cayendo en los tiempos que en la pantalla se proyectan menos vertiginosos. Los lunares en el cuello de Yasmina tienen la forma de la vía láctea que permite las tomas del cielo transparente y estrellado del comienzo y mostrarán a la pequeña con el optimismo de los años que se va desvaneciendo. Las escenas dejan de ser claras y resultan cada vez más grises y oscuras hasta que se entiende que se deben a los constantes apagones por la carencia de energía eléctrica. El bullicioso restaurante deja de serlo, los platillos que demandaban los comensales ya no pueden servirse por la escasez de productos. La crisis económica que se hizo patente en 2019 es la causa, a la que se agrega lo sucedido después de la explosión del puerto de Beirut.
Con el deterioro de la ciudad se da también la merma del matrimonio, de esa pareja optimista y bromista, incluso sorteado los signos ominosos de lo que está por venir. Como en otras películas de la región se presenta la disyuntiva de abandonar el país o quedarse como en Beirut Oeste de Ziaid Doueire (1998). Y así queda el final, sin saber si ella o él dejarán Líbano.
Ese final más o menos abierto, se cierra con el hecho de que la protagonista Mounia Akl, quien hace el papel de Yazmina, radica ya en Estados Unidos; allí filma actualmente la miniserie The Unheard, con la conocida actriz Cate Winslet.