Cultura

Cuento

Los días que no lloré

El temblor comenzó en la madrugada y perduró por el resto de mi vida.

Ocurrió la misma noche en que papá murió. Recuerdo haber estado recostada en el sofá con la vista anclada al techo, recorriendo el sendero inconexo de telarañas deshabitadas. Mi ceño fruncido se desvaneció en el preciso momento que mi celular vibró en la mesita de cristal de la sala. Era mi madre. Me enteré de la noticia funesta antes de que lo dijera, fue por su respiración pausada, su exhalación henchida de malestar y pena, una angustia irremediable que mostraba desde que yo era una niña. 

—Está muerto —dijo entonces y su voz se resquebrajó en un llanto profundo y lejano. 

Cerré los ojos, visualicé a mi padre y musité un “Lo siento” que quedó suspendido en los recovecos de mi hogar. Mi madre siguió llorando en el teléfono, asustada y entristecida. Llegó el momento de colgar. El mundo se convirtió en silencio por un instante. ¿Y ahora qué? ¿Qué se suponía que debía hacer? 

La tristeza se asomó en mi pecho, pero se quedó allí, estancada, y no consiguió reptar hasta mis ojos y salir en llanto. Sentí un hueco en el estómago. ¿Hacía cuánto que no lloraba? Rumié un buen rato aquella pregunta y llegué a la conclusión de que jamás había llorado, no después de ser un bebé al menos. Suspiré. La puerta principal se abrió y reveló a mi marido, quien entró con el rostro congestionado por el llanto y vino directo a abrazarme. 

—Lo siento muchísimo, mi amor. —Me besó la frente en repetidas ocasiones y buscó algún rastro de llanto en mis mejillas—. Déjalo salir, anda. Todo va a estar bien, ¿sí?

Me arrellané en su pecho sin decir o hacer nada más que respirar. Después subimos a la habitación y yo quise acostarme de inmediato, él lo entendió. Me quedé dormida muy pronto, soñé con mi padre, con su semblante pétreo, sus ojos entornados y disgustados, el cuerpo tenso y la voz grave, fiera, como si hubiese sido creada para imponer. El temblor me despertó. Los libros de la repisa cayeron uno a uno, los cristales de las ventanas bailotearon hasta hacerme creer que se quebrarían, las puertas chillaron e inundaron cada cuarto y cada pasillo de un lamento estruendoso. Octavio, mi marido, solo despertó cuando yo solté un alarido al contemplar cómo las paredes se contraían y después se expandían, dando la impresión de que estaban respirando. 

Octavio se incorporó muy alterado, encendió la luz. La habitación estaba impecable, ningún libro en el suelo, ninguna puerta chillando, las ventanas en su sitio. Me miró desconcertado, enseguida su rostro demudó a un gesto de compasión y volvió a abrazarme. 

—Tú en vez de llorar, gritas —sentenció.

Me zafé de su abrazo, asustada. No entendía qué había sucedido, pensé entonces que se trataba de un sueño. Le pedí que lo olvidara y volviéramos a dormir. Él estuvo de acuerdo, aunque se quedó mucho rato más despierto por si yo necesitaba algo, o si me decidía a hablar. Clareó paulatinamente, la rutina siguió su ritmo, pero yo cambié. 

Mi parte de la cama amaneció empapada. No le comenté nada a Octavio, lo guardé para mí. Fui al baño y revisé mis calzones, nada, estaban secos. Mi pijama igual. A continuación me dispuse a lavar las sabanas mientras pensaba en lo sucedido. Regresé a la habitación para asegurarme que nada más estaba mojado cuando descubrí que mis pies habían dejado un rastro de agua por toda la casa. Alterada me senté en el suelo y revisé mis plantas, fue ahí cuando descubrí las primeras grietas. 

Fui al doctor, no pudo decirme mucho, me mandó a hacer estudios que jamás me realicé. Sabía que no me podrían dar una respuesta. Opté por vendarme y esperar. Los días discurrieron entre secretos y evasiones de mi parte hacia Octavio, puesto que no deseaba preocuparlo, de todas formas no tenía idea de cómo explicar lo que sucedía, sin embargo, la cama se mojaba cada noche y la humedad se expandía hasta él. 

Terminó por enterarse cuando las grietas se extendieron tanto que cubrieron mi abdomen y mi pecho. Hizo muchas preguntas, y yo no pude darle respuestas. Él dijo que debíamos ir al médico, tratarme cuanto antes, y yo respondí que, en realidad, de no se por tener que ocultárselo, yo cada vez me sentía mejor, más ligera, más tranquila. 

—Pero si las grietas siguen… —susurró.

—Voy a terminar por romperme, así es —repliqué yo.

Y sucedió. Las grietas se apoderaron de mi cuerpo, y las fugas de agua inundaron la casa entera. Me quedé vacía por un momento, sentí que mi cuerpo no era más que un cascarón y mi alma se había diluido. Avancé por los corredores y los cuartos con la vista fija en el montón de agua que había expulsado, y reconocí en lo diáfano algunos retazos de mi vida. 

Lo primero que vi fue a mi padre, sentado, recto. Aquella tarde me había regañado, yo quería llorar, y él, con un simple movimiento de cabeza, acalló mis lágrimas y mi dolor se guardó dentro, muy dentro. La misma escena en diferentes días. Caminé por horas alrededor de la casa. Con el tiempo el agua fue regresando a mi cuerpo para después volver a salir, una y otra y otra vez. 

A Octavio le tomó un poco de tiempo acostumbrarse a mi nuevo ser, mi nuevo cuerpo agrietado. Mi rostro permaneció intacto por muchos, muchos años, hasta ahora, que me miro en el espejo y contemplo las hebras blancas de mi cabello, mis comisuras arrugadas y mis ojos, mis ojos agrietados que, por fin, comienzan a escurrir agua

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