Cultura

Presenta su libro “Sonar”, un poemario tristísimo cargado de imágenes que evocan la violencia contra las mujeres, la falta de justicia, la explotación laboral infantil, las condiciones precarias que enfrentan los migrantes

“La literatura tiene un sustento muy político, es manifestación de vida y defensa de principios”: Nadia López

Poemario. Nadia López habla de “Sona”, el segundo poemario de una trilogía sobre la frontera norte de México. El primero fue “Dorsal”. (Gaceta-UNAM/ Francisco Parra.)

Mientras conversamos, Nadia López pausa varias veces para encontrar la palabra adecuada. De pronto no la encuentra y decide suplir con otra, en aras de no estancar la plática.

“Se me fue la palabra, digamos “superficial”, como que me parecía superficial escribir un poema mientras había un proceso legal y había que hacer otras cosas”, explica, pero “cada quién tiene un deber en la vida y el mío tal vez es este”.

Al referirse a “Sonar” (UNAM, 2025), la joven escritora, traductora, gestora y funcionaria pública Nadia López García deja ver el interés por un método de exploración del mundo que se hace desde la penumbra, a tientas, emitiendo ondas para que reboten en los objetos del entorno y regresen a nosotros en forma de mapa construido con ecos.

Quizá gracias a que no necesita luz para ver, un sonar puede buscar una ruta en la profundidad del luto por el asesinato de Itzel, aunque “es difícil que haya puntos finales cuando hay hechos tan atroces”.

Se trata de un poemario cargado de imágenes que evocan la violencia contra las mujeres, la falta de justicia, la explotación laboral infantil y las condiciones precarias que enfrentan los migrantes, todo contenido en un ojo de huracán reflexivo sobre memoria, el dolor, la pérdida.

“Lo único que tenemos es hacer un mapa para encontrarnos, ubicarnos, saber que estamos ahí”, califica su autora sobre el intento que hay detrás de estos poemas, numerados del abismo al 30.

Asimismo, es el segundo poemario de una trilogía sobre la frontera norte de México. El primero fue “Dorsal” (Fondo de Cultura Económica, 2022) y próximamente llegará “Abisal” (también publicado en el FCE). “Empecé Dorsal en 2015, terminé en el 2021, lo envié a concurso y en el 2022 ya estaba el libro”, recuerda.

En el intermedio, en 2020 pasó lo de Itzel, “fue una cosa que me cimbró mucho”.

La voz de Nadia López articula su historia como quien intuye las vibraciones a su alrededor y se lanza al abismo.

SONAR EN EL SILENCIO

El libro comenzó a escribirlo sin avisarle siquiera a la mamá de Itzel, ni a su tía. “Ella y yo tenemos una familiaridad que no es sanguínea. Más bien pertenecemos a una misma familia ampliada, ambas somos la familia García, somos mixtecas, pero no provenimos de la misma línea sanguínea”, detalla. Sin embargo, Nadia López subraya una cercanía entre familias, que se ilustra con las palabras de su propia madre, al preguntarle su opinión sobre contar esta historia.

“¿Cómo hablamos de esta historia y de toda la familia sin haber esta línea exacta de sangre entre nosotras? Ella me decía los mixtecos no necesitamos esta sangre, nos unen muchas otras cosas, el simbolismo, las migraciones”, relata.

Cuando habló con la mamá de Itzel por primera vez, ella no estaba de acuerdo en que escribiera el libro “y lo entiendo muy bien porque estaba todo el proceso legal y también había mucho temor”.

“La familia de la persona que está en libertad y que “no hay delito que perseguir” es una familia muy importante en Itundujia, en la Mixteca. Entonces, por supuesto, siempre hay temor de qué cosas puedan suceder”, ahonda.

Por ello en aquel entonces pidieron no realizar murales, ni lecturas en voz alta, la familia de Itzel quería mantener el silencio.

Sin dejar de nombrar el amor y luto por Itzel como punto de partida para escribir “Sonar”, Nadia fue discreta y respetuosa con su memoria: el poemario surgió como una forma de procesar el duelo, a través de una introspección histórico-familiar con la que reflexiona sobre la condición social de mujeres mixtecas migrantes.

Finalmente, una vez terminado el poemario, al pedir permiso para publicarlo en su memoria, la familia de Itzel accedió.

“La respuesta fue sí, puedes dedicarlo, pon su fecha de nacimiento y fecha de… pues, es que no es de defunción, más bien es que ella fue asesinada… su fecha de asesinato, es que luego uno dice de defunción, pero siento que eso es cuando uno se muere”, tantea con las palabras que elige, en un tono de voz decidido a decirlas.

“Ojalá yo fuera periodista, pero no soy periodista… si ustedes buscan en esos años, en los 2019, 2020, 2021, la Mixteca se llena de una serie de desapariciones de mujeres”, incita la funcionaria pública.

“Yo me acuerdo que llegó un tiempo en el que mi mamá me decía no vengas de vacaciones, porque casi cada fin de semana ya se escucha que algo pasó por allá. ¿Cómo es posible si en el pueblo todos nos conocemos?” lanza y la pregunta rebota en una de las problemáticas actuales: el retorno de migrantes a México, tanto de gente mixteca como no-mixteca que llegaron con los paisanos.

“No sé si hubo alguna política o por qué hubo tanto regreso de personas que llevaban mucho tiempo en Estados Unidos -sobre todo- y fue un tiempo en que se acrecentó mucha violencia”, observa.

- ¿Cómo compaginas ser escritora y manifestarte desde la poesía, a la vez que tener la responsabilidad como modelo institucional, como funcionaria pública? ¿Hay contradicción?

La coordinadora nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura toma un par de segundos y responde que la gente dedicada al arte siempre está en diálogo y pelea con su quehacer.

“Para mí la literatura tiene un sustento muy político, en el sentido de manifestación de vida y defensa de principios. La poesía -justo lo pensé mucho desde el libro anterior- ha sido una posibilidad de búsqueda de reparación de daño. Yo sí creo en la reparación del daño, es necesaria y también creo que a veces la única forma que tenemos es crear una memoria”, elabora.

Dejar una huella que acredite la existencia de “algo más” le parece fundamental para encontrar una forma de justicia.

“La cuestión institucional… quizás ya no puedo ser tanto como antes, porque ahora representamos a una institución, pero la institución somos personas también. La literatura no tiene que estar desligada de lo social, la memoria y reconstrucción de la dignidad”, añade.

RUIDO PARA VER

No sabe si es la edad o el trabajo, pero Nadia López García se reconoce cansada. “Antes era más estruendosa, en la universidad iba a las marchas y era más aguerrida en ese sentido”.

Su mamá le recordó que ella ya no vive en Oaxaca y que se le haría fácil hacer “un argüende” de manifestaciones para luego regresar a la Ciudad de México y dejar las consecuencias para la familia y amistades de allá.

“Lo entendí y es cierto. También me cuestioné, si algo se desata ¿qué voy a hacer yo? Comencé a batallar con el silencio y cuántas cosas nos callamos porque creemos que estamos más a salvo si no lo decimos”, elabora.

Identificar este silencio fue la pauta que siguió para recorrer los vínculos familiares y a sus 33 años de edad reconoce tener vivencias que no sabe si algún día contará.

Al pensar en Itzel y en su propio linaje materno, desde su bisabuela hasta llegar a ella misma, Nadia López ya no cree que no hacer ruido la mantenga a salvo, así que decide usar ese mismo ruido para trazar una comprensión de las cosas.

Durante la generosa entrevista, Nadia López destaca que aunque la justicia institucional “otra vez haya fallado” siempre son importantes las “otras formas y posibilidades” de hacer audibles historias como ésta.

“Algo que nos parece familiarmente muy triste es que cuando alguien pone su nombre en internet sólo salen todas las notas de ese suceso. En parte, el libro tiene que ver con que no sólo somos eso, no sólo somos la cosa sangrienta que ocurrió en alguno de nuestros cuerpos, más bien somos personas, mujeres con historias”, menciona.

A lo largo del libro, la autora cuenta varias historias de personas atravesadas por muchas violencias que poco a poco crecen muchísimo. De fondo se escucha el cuestionamiento de si el resultado sería el mismo de haber cambiado algunas variables en la vida de estas mujeres.

“Veo a mis hermanas, sobrinas, primas y quiero que sepan que pueden venir y decirme ‘está sucediendo esto’ y que no me voy a dar la vuelta, no me voy a quedar callada, que voy a buscar las formas, igual que sé que si yo se los digo ellas van a buscar. Para mí esa es la cosa más poderosa”, expresa.

El epígrafe del libro dice que el trabajo de una poeta es escribir, “así como el trabajo de un panadero es hornear pan, incluso cuando caen bombas. Deberíamos escribir, quizás, especialmente entonces”, en palabras de Julia Fiedorczuk. Nadia López reitera estar de acuerdo.

Para ella, la posibilidad de publicar conlleva la responsabilidad de escribir y darse cuenta de “que podemos hacer algo más sonoro”.

“Como dice Julia, hay que seguir haciendo pan, tal vez en este momento hay que hacer más poesía”.

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