Cultura

Cuento

Regalo para mamá

Todos sabíamos a qué se dedicaba el primo Jerry.

Así que el día que le dieron el tiro de gracia y desaparecieron su cuerpo, el aullido de dolor y la negación de la tía Imelda resultaron de lo más extraño, no sólo para mí, sino para el resto de la familia. Principalmente para Gael y Claudia, los hermanos del muertito, quienes desde hacía meses se venían oliendo que el Jerry no la iba a contar por mucho más tiempo.

Claudia, que en aquel entonces tenía unos catorce años, abrazó a su mamá con fuerza. Sus manos morenas sujetaron el cuerpo pequeñito de la tía, quien se tiraba al suelo cada que se acordaba que a su hijo le hicieron lo que él hizo a los hijos de otras madres. Mi prima, con su carácter de niña buena, le siguió el rollo a su mamá cuando le dijo que Jerry no estaba muerto, sino desaparecido. Que era una mentira eso que le había ido a contar la policía, que si estaba muerto, entonces, ¿dónde estaba el cuerpo? Yo, que para el chisme se me para la oreja, quise soltar una carcajada, pero el ambiente estaba tan tenso y serio que mejor me quedé callado.

Gael, con un poco más de cordura y madurez a sus diecisiete años, confrontó a la tía. Le dijo que no se anduviera con chingaderas, así le dijo, con groserías y todo.

—Si bien sabes que a mi hermano ya se la había cantado un chingo de banda —soltó, enojadísimo, hasta se le marcaban las venas de las manos—. Ya está bien tieso, no te andes con eso de que quieres ir a buscarlo y reportarlo como desaparecido.

—Ey —dije entonces, agarrando valor—. A mí se me hace que el que desapareció gente fue el Jerry.

No vi venir la cachetada que me metió mi tía. Me volteó la cara completita y la palma de su mano dibujo su contorno en mi mejilla. No volví a decir una sola palabra contra el Jerry, por más que cada semana me fuera enterando de sus cochinadas y todo lo que hacía en el pueblo, pero para su santa madre él era la víctima, y quizá sí, quizá sí había sido víctima. Víctima de la pobreza.

La tía Imelda se empeñó tanto en que su hijo estaba vivo que se unió a un grupo de madres buscadoras. Claudia se levantaba desde bien temprano para preparar unos sándwiches y café barato, de ese que sabe a pura agua caliente, y empacarlo para irse con su madre y las otras a escavar y hacer quien sabe qué tanto.

El Gael y yo nos quedábamos en la casa jugando videojuegos. Notaba en su cuerpo la tensión de lo que sucedía, aunque nunca quería hablar de eso.

—¿Y qué onda tu jefa? —le preguntaba— ¿Ya encontró algo?

—No.

Y así era siempre. Misma pregunta, misma respuesta. El Gael cada vez se enojaba menos y se frustraba más, hasta que decidió empezar a fumar hierba para relajarse.

—A veces lo extraño —confesó una vez, acostado en la cama de Jerry—. Pienso en que se metió en todo ese mierdero porque no le quedó de otra.

Así como todos sabíamos a qué se dedicaba, todos sabíamos por qué se dedicaba a eso. Y no, estaba lejos de ser un santo, pero a veces, en el silencio de mis pensamientos, le dedicaba una que otra palabra donde le decía que lo entendía, que la neta no lo juzgaba y que le sirvió a su familia en vida, por más que ahora su ausencia fuera una presencia dolorosa.

—¿Y tu mamá qué dice?

Desarrollé una extraña obsesión por la tía Imelda y su comportamiento de madre buscadora. Lo que no me quedaba muy claro es si buscaba un cuerpo o buscaba a Jerry, como si lo fuera a encontrar en una de esas casas que están en las sierras, allí, amarrado, o escondido, quien sabe qué pensará la tía Imelda, y lo fuera a sacar de las greñas y darle un abrazo y decirle que, bendito Dios, ya podía volver a casa.

Para mí, lo que esa mujer tenía que estar haciendo era llorar. Vivir el duelo. Claudia se veía tan cansada que ya ni pronunciaba palabra. En cierta ocasión me decidí a acompañarlas, porque para mí era un misterio lo que hacían, dónde buscaban, cómo buscaban. Todo el tiempo me preguntaba, ¿en dónde iniciar? ¿Siempre buscaban por dónde mismo? ¿Qué pistas seguían? Entonces las seguí como un perro silencioso. La tía Imelda no dijo nada, pero Claudia insistió en que me fuera, en que no había cabida para mí ahí, pero cuando le dije que yo podía cargar las palas, dejó de pelear y nos fuimos juntos.

Para empezar, el punto de reunión era una casa lejísimos, allí nos encontramos con varias mujeres que ya traían ropa deslavada y el cabello amarrado. Después, sacaban un mapa y señalaban con los dedos lugares donde ya habían buscado, mientras las miradas curiosas se mantenían fijas en puntos nuevos circulados de rojo.

La tía Imelda no participaba de más, sólo asentía en silencio mientras se repartían las indicaciones. Salimos entonces en camionetas y carros viejos y anduvimos por horas. Después, llegamos a un terreno empedrado y terregoso. Yo tuve una punzada de miedo, pensé que estábamos en territorio del narco, pero las madres se veían seguras y confiadas, o quizás era el cansancio. Quizá hasta se los querían encontrar para que les dieran respuestas y les dijeran en dónde estaban sus desaparecidos.

Bajamos y me tocó cavar. Me salieron ampollas de estar cavando durante horas. Nada más encontramos ropa.

—Que seguro ya lo van a encontrar —Gael siempre cerraba los ojos al hablar de Jerry—. Que ya lo vamos a poder ver… o enterrar.

Los años discurrieron sin noticias, pero Jerry, en lugar de ser lo que era, un muerto, se convirtió en una entidad que sobrevolaba la vida de toda su familia. Claudia y Gael se alejaron de la tía Imelda y su búsqueda interminable.

Claudia, aunque ya no se levantaba a preparar sándwiches ni café barato, veía a su madre desde la oscuridad, seguía sus pasos cansinos y fingía no escucharla cuando esta le preguntaba si la iba a acompañar, en su lugar, cerraba los ojos con mucha fuerza esperando a que se marchara en busca del fantasma de su hermano.

Gael, por otro lado, se fue del pueblo. Sólo volvía para las fiestas y el cumpleaños de su madre. Y fue en una de esas vueltas, que surgió la idea.

Yo ya había visto el Purgatorio, es más, hasta había ido por puro morbo. A veces me pasaba por ahí y recorría las estanterías. Había de todo. Mujeres, hombres, niños, niñas, incluso bebés. Pero esos estaban bien caros. Vi, en muchas ocasiones, algunas de las madres con las que la tía Imelda se reunía. Ellas buscaban entre los cuerpos, los analizaban de pies a cabeza, buscaban similitudes con sus desparecidos, una vez que descartaban que fueran ellos, se iban. Otras, se quedaban, y como quien no quiere la cosa, terminaban por comprar un cuerpo. Después se iban como a hurtadillas, escondiendo el cansancio de seguir buscando.

El día que Gael se quejó que no tenía idea de qué regalarle a su mamá por su cumpleaños yo abrí la boca y solté la propuesta. Claudia se asomó desde la cocina con el ceño fruncido y los ojos incrédulos.

—¿Cómo que un cuerpo? —cuestionó Gael, más intrigado que molesto— ¿De qué hablas?

—Pues del nuevo lugar ese que abrieron, Purgatorio. Ahí venden cuerpos.

Claudia se acercó y se sentó junto a nosotros.

—¿Tú has ido? —le temblaba la voz.

—Ey, una vez —mentí— Están caritos, pero seguro que le pueden conseguir uno que se parezca al Jerry.

Gael y Claudia se miraron un instante que me pareció eterno.

—¿Neta mi mamá lo sigue buscando?

Claudia agacha la cabeza, suspira y asiente.

—Sí… Creo que es lo único que le da sentido a su vida.

Gael y Claudia se miraron largo rato. Gael destapó una cerveza y me pasó otra a mí. Le di un trago largo, el sabor me soltó la lengua todavía más.

—Les digo que es buena idea, así mi tía va a poder seguir con su vida.

Gael se paso las manos por el cabello. Tenía ese mismo rasgo de cuando era más chico, siempre que algo le frustraba se lo enredaba en el cabello, como si pudiera dejar ahí sus pensamientos intrusivos.

—No manchen, ¿y si sale peor? ¿Y si se enoja?

Claudia se encogió de hombros y negó con la cabeza mientras me quitaba mi cerveza para beber un poco.

—Creo que es lo mejor —miró a Gael un segundo—. Tú nunca estás, preferiste irte antes que seguir viéndola buscar a Jerry.

Gael apretó los labios y asintió al mismo tiempo. Yo me levanté y tomé las llaves de la camioneta vieja para irnos a donde el Purgatorio.

Sí, el lugar era tan lúgubre y terrible como lo recordaba. Por más que los cuerpos estuvieran perfumados y trataran de mantener una higiene decente, el sitio, lleno de cadáveres desnudos no hacía más que erizarme la piel. Miré varios cuerpos: morenos, blancos, amarillos, había de todo. Algunos mucho más magullados que otros.

Gael se vomitó. La mujer que atendía lo solucionó rápido, al parecer acostumbrada a esas situaciones. Claudia, por otro lado, hojeó el catálogo, desplazando cuerpo por cuerpo, tocando, sintiendo sus texturas, hasta que, finalmente, expulsó.

—Ninguno es Jerry.

—Pos no, mensa —dije de inmediato—. No venimos por Jerry, sino por uno que se le parezca.

Gael se recuperó y se puso a ver. Señaló a uno que estaba al fondo. Un muchacho de unos 18 años, edad en la que Jerry fue asesinado. Era moreno y delgado, mucho más delgado que Jerry, pero podía funcionar. Claudia se acercó, toco sus piernas y sus pies, la añoranza asomó a su rostro y un par de lágrimas recorrieron su mejilla.

La mujer se acercó y nos habló del cadáver. Comentó que estaba “fresco”. Así dijo. Todos nos sentimos incómodos. Gael sacó la billetera y pagó. Ella dijo que se podía personalizar.

—¿Cómo? —cuestioné algo aturdido.

—Le podemos modelar el rostro, nada más necesitamos una fotografía de su difunto.

Claudia ahogo un sollozo. Yo pregunté el precio. Quise reírme al escuchar la cantidad que soltó la mujer. Ya era lo bastante desagradable y turbio todo eso como para encima desfalcarnos con ese precio. Gael negó con la cabeza. Nos llevaron el cuerpo hasta la camioneta y arrancamos.

A mitad de camino di un frenón. Recordé que Jerry tenía tatuajes.

—¿Y qué quieres que hagamos? —preguntó Claudia— ¿Llevar a un muero a tatuar?

Sonreí. Yo conocía a alguien.

Elena miró el cuerpo tieso en su estudio, un cuartucho en una zona de mala muerte donde las luces lex inundaban el espacio. Ella, tapizada de pies a cabeza de tatuajes y piercings, tragó saliva.

—No mames, Manu, ¿es neta?

Yo asentí al tiempo que le decía que era un regalo para la tía Imelda por parte de mis primos. Ella les echó una mirada a Gael y a Claudia, pero no dijo nada.

—Te va a salir más caro, ¿eh? Esto está bien turbio.

Le mostramos las fotos de los tatuajes de Jerry y se puso a trabajar. Terminó en seis horas. Tomamos el cuerpo y nos lo llevamos. Claudia preguntó si sería buena idea envolverlo. Gael le dijo que claro que no, pero yo pensé entonces que quizá sí era una buena idea. Envolverlo con tierra.

Yo no sé qué traían mis primos que a todo me decían que sí. Fuimos a una de las zonas donde Claudia y la tía Imelda habían escavado alguna vez y cavamos bien profundo. Echamos el cuerpo con ropa del Jerry de la que estaba hasta el fondo de su clóset. Claudia tuvo el impulso de persignarse y, por alguna razón que aún no comprendo, yo la imité. Después yo me aventé la parte difícil, que fue deformarle el rostro al “Jerry”.

Llevamos a la tía Imelda al día siguiente. Claudia le dijo que había reportes de movimiento en esa zona. Ella llevó su pala. Claudia la guió, discretamente, hacia donde estaba el cuerpo. Gael y yo andábamos bien nerviosos, principalmente porque no podíamos terminar de explicarle a la tía Imelda por qué esta vez las habíamos acompañado.

Gael se apretaba las manos y una sonrisa infantil asomaba en su rostro. De esas sonrisas que se le salen a uno cuando va a dar una sorpresa muy esperada. Entonces, finalmente, mi tía metió la pala donde estaba enterrado el sustituto de Jerry. Cavó y cavó hasta que dio con él.

Gael y Claudia la miraron expectantes. Yo sentía que el corazón se me iba a salir. Por fin, su búsqueda había terminado.

La tía Imelda vio a su no hijo, le lloró y lo abrazó con movimientos convulsos y, después, cuando Claudia y Gael la abrazaron y lloraron junto a ella, la tía les dio un beso a cada uno. Los persigno y dijo que ya todo había acabado. Prendí la camioneta para irnos, pero, en lugar de darse media vuelta, la tía se echó al hoyo que había cavado, se abrazó al sustituto de Jerry y ahí se quedó.

Gael y Claudia hicieron de todo para sacarla, pero al poco rato la tía Imelda dejó de respirar. Los tres nos quedamos muy quietos y en un silencio denso. Claudia trago saliva mientras sus ojos recorrían el cuerpo de su madre abrazado al de un desconocido. Al final tenía razón. La tía Imelda vivía para buscar a Jerry, y una vez que creyó encontrarlo, dejó de vivir. Igual que su hijo.

A veces me siento mal, porque murió en una mentira, pero al menos sé que ahora ya se lo debe haber encontrado en el más allá, si es que se fueron para el mismo lado. Aunque, lo cierto es que me daría cierta gracia, que el desgraciado de Jerry apareciera vivito y coleando un día de estos. Diría que eso es imposible. Pero creo que nada lo es.

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