
Desde el principio del libro León-Portilla nos dice que Soy mi Memoria es un cabal testimonio de su vida, con reveladoras fotografías, y también un recuento muy valioso sobre el desarrollo de la historiografía mexicana prehispánica de la segunda mitad del siglo XX. Como la biografía de todo personaje relevante, la de don Miguel impactó la historia nacional. Me limito a un solo ejemplo, pero valioso para la historia de nuestras instituciones. Existe un consenso que otorga la creación del Museo Nacional de Antropología a Jaime Torres Bodet. Pues bien, León-Portilla precisa que la iniciativa surgió de los participantes en el Congreso Internacional de Americanistas que se celebró en México en 1962. Al término del mismo una comisión, de la que formó parte don Miguel, como secretario general del congreso, solicitó al presidente López Mateos “la edificación de un nuevo Museo donde pudieran presentarse dignamente testimonios del pasado cultural de México” (p. 85). No le regatea méritos a Torres Bodet, a quien menciona como un Secretario de Educación que no se opuso a la iniciativa, y que incluso facilitó su realización. Pero que quede fijo en nuestra historiografía: la iniciativa no fue suya sino de varios colegas, extranjeros y nacionales; entre estos últimos, los protagonistas fueron Ignacio Bernal y Miguel León-Portilla. Este no fue grosero con Torres Bodet, pero dejó muy claras las participaciones de ambos.
También advirtió desde el inicio que el libro no sería utilizado para saldar cuentas con sus fobias (p. 7). Afortunadamente, no cumplió con esta promesa. Respecto a sus filias, puede decirse que este libro es un canto a la amistad: son incontables las cariñosas menciones de colegas, de aquí, allá y acullá, que terminaron siendo sus amigos. Respecto a sus fobias o pleitos, uno lo omite, —y por ende, yo hago lo mismo—; otro lo dulcifica, y otro lo reconstruye de manera clara y suficiente.
Detengámonos en ambos, en orden cronológico. Sucedió que al presentar su tesis doctoral en agosto de 1956, titulada, La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, algunos profesores dijeron que León-Portilla “estaba probablemente trastornado sosteniendo el dislate de que los indios habían tenido una filosofía” (p. 71). Pero insisto en que dulcificó el conflicto. León-Portilla describe el examen: sus sinodales fueron el padre Garibay, su director; Juan Hernández Luna, filósofo moreliano, discípulo de Antonio Caso y de Samuel Ramos; Justino Fernández, gran conocedor del arte prehispánico; el antropólogo español refugiado, Juan Comas, y el director de la Facultad, Francisco Larroyo. Pues bien, obtuvo el grado con distinción de Summa cum laude, a pesar de las objeciones y preguntas de Larroyo, las que Garibay confesó que no pudo entender. Un muy educado León-Portilla se limitó a decir que Larroyo “era un filósofo neokantiano que se encontraba a miles de kilómetros de distancia del pensamiento náhuatl” (p. 72)
El argumento de León-Portilla me parece contundente: encontró que en numerosos textos náhuatls “hay descripciones y planteamientos de problemas sobre la visión del mundo, la concepción de la divinidad, el ser humano, su destino y posible libertad, así como lo que puede entenderse como su ética”, todo ello paralelo “a las interrogantes que filósofos de otros tiempos y latitudes se han planteado” (p.72).
Me imagino que Larroyo aceptaba que había planteamientos filosóficos en los antiguos griegos, egipcios, chinos e hindúes; entonces, ¿por qué no los pudo haber aquí? Recuérdese que León-Portilla hablaba de las varias culturas o “civilizaciones originarias”, entre las que incluye a los antiguos pueblos mesoamericanos. Por cierto, León-Portilla también cuenta que Manuel Romero de Terreros, uno de los fundadores de la Academia Mexicana de la Historia, tenía posturas parecidas a las de Larroyo: “lo que nos faltaba —decía entre risas—, con que los indios filosofan”. Pues bien, de él León-Portilla se limitó a decir que era un hombre “cuyo principal orgullo era preciarse de ser marqués” (p. 63) Esto me permite adelantar otra conclusión: el tema de estudio de León-Portilla fue radicalmente innovador y plenamente democratizante.
El otro debate resultó mucho más conflictivo, pues rebasó el ámbito universitario. Me refiero, obviamente, a la polémica O’Gorman-León-Portilla relativa al V Centenario. Puede decirse que la confrontación tuvo al menos tres aristas. Una era política: por decisión presidencial, instrumentada por las secretarías de Educación y de Relaciones Exteriores, León-Portilla fue designado coordinador de la Comisión Mexicana del V Centenario. Sin embargo, un par de meses antes el subsecretario de Educación para el ramo cultura había por su cuenta designado como tal a Edmundo O’Gorman, nombramiento que debió haber quedado insubsistente cuando vino la decisión presidencial. Sintetizo: León-Portilla publicó un artículo en la prensa nacional explicando su postura, asumida plenamente por el gobierno del país: tal era que no debería usarse el concepto “celebración”, sino más bien el de “conmemoración”, que significa recordar juntos; y que tampoco debía aceptarse que la conmemoración fuera por “el descubrimiento”, pues dejaría a los españoles como únicos protagonistas. Por estas razones proponía el término ‘Encuentro de Dos Mundos’.
De inmediato esta propuesta fue muy bien aceptada por la mayoría de los países participantes, aunque no por todos —por ejemplo, un periódico de la República Dominicana, donde se celebró el primer encuentro de las comisiones nacionales, encabezó el ejemplar del día diciendo: “Delegación mexicana niega que España descubrió América”. Como fuera, la propuesta de León-Portilla comenzó a ganar adeptos, pues evitaría reclamos y rispideces diplomáticas entre los países involucrados. Por otra parte, la descalificación, más que crítica, que le hizo O’Gorman, fue airada y rotunda; esto es, sin posibilidad de discusión. Protagónico y con alma de abogado, lo “desafió” a tener “una polémica pública”. Hasta aquí el debate entre ambos es de sobra conocido, pero en sus ‘Memorias’ León-Portilla hace público que los ataques —“embestidas” los llama— fueron incrementándose. Para comenzar, relata que O’Gorman le solicitó al rector Jorge Carpizo que “amonestara” a León-Portilla, y que de no hacerlo, él promovería un juicio en el Tribunal Universitario, acusándolo de “usurpar un cargo que le correspondía a él”. Carpizo no atendió “las insinuaciones quejosas” de O’Gorman y el conflicto se limitó a la conformación de dos bandos intelectuales, eso sí, abiertamente confrontados.
Donde el conflicto tuvo mayores secuelas institucionales fue en la Academia Mexicana de la Historia. Lo cuento: aprovechando su condición de director de la misma, O’Gorman convocó a una sesión en la que él sería el único ponente, con el objetivo de criticar la tesis de León-Portilla, a quien dirigió “toda clase de adjetivos”. El propio León-Portilla consigna estos: “falsario, hipócrita, jesuita, irresponsable y traidor a la verdadera filosofía de la historia” (p. 197). Su actitud no fue bien vista por los miembros de la corporación, quienes le hicieron llegar una carta en la que le reclamaban su “poco digna” conducta, situación que llevó a O’Gorman a presentar su renuncia a la dirección de la Academia.
El conflicto tuvo obvias repercusiones en la corporación, dividida durante años en dos bandos, aunque puede decirse que la mayoría respaldó a León-Portilla. Además de relatarnos los entretelones del pleito, don Miguel siguió pensando hasta el final de sus días que la tesis de O’Gorman estaba equivocada en tanto que era europeizante, al asegurar que nuestro continente había ingresado a la historia universal al haber sido “inventado” por las ideas que de él formularon los europeos. Otra vez el protagonismo recaía en estos, pero ya no por haber descubierto lo que luego sería América, sino por haberla “inventado”. Por último, León-Portilla señala (p. 142) la falta de coherencia de O’Gorman, pues criticó “con ferocidad” la idea del ‘Encuentro de Dos Mundos”, siendo que él mismo algunos años antes había definido al periodo virreinal como el de “la fusión de dos culturas.”
Para colmo, los reclamos no se redujeron a O´Gorman: sucedió que entre los años de 1988 y 1992 León-Portilla fue representante de México ante la UNESCO, en París, por lo que le correspondió presentar el tema del V Centenario a nivel mundial. Pues bien, noten ustedes la complejidad de la historia y las peripecias de la diplomacia: Dinamarca reclamó que América no había sido descubierta por los españoles, sino que lo habían hecho los vikingos varios siglos antes. Asimismo, los países africanos se negaron rotunda y airadamente a que la efeméride fuera conmemorada, pues alegaban que había servido para que surgiera la numerosa y dolorosa esclavitud trasatlántica.
Vuelta a la página. No estoy aquí para revivir pleitos viejos y ajenos, aunque lamento que lo que pudo haber sido una polémica interesante y provechosa haya terminado, por el ánimo belicoso de uno, en un pleito personal con graves repercusiones institucionales. Vuelvo entonces al texto de Soy mi memoria, título muy atinado, porque si algo era Miguel León-Portilla era ser memorioso. Y en su caso, ser memorioso implicaba ser generoso, al recordar nombres, oficios, intereses, figuras y virtudes de centenares de hombres y mujeres.

Además de memorioso, León-Portilla fue un hombre notablemente laborioso, un trabajador incansable, tanto solo como al frente de equipos, como lo prueba la coordinación de las multivoluminosa Historia de México publicada por Salvat, y la Historia documental de México, editada por la UNAM. También fue un hombre amigable, de impecable trato social y de muchos intereses intelectuales. Esto explica que sus ‘redes’ sociales fueran amplias e interesantes, nunca meramente gremiales.
Si bien lo sabía ‘de oídas’ desde hace mucho tiempo, con la lectura de Soy mi memoria constaté que León-Portilla, además de ser políglota, tenía una cultura asombrosa: conocía bien la Biblia, la cultura griega y la filosofía occidental. Sobre todo, su interés como historiador no se reducía a los antiguos pueblos mesoamericanos, pues en realidad siempre tuvo grandes curiosidades por los pueblos originarios de todo el mundo. Si, ‘curiosidad’ sea acaso la palabra adecuada, pues a León-Portilla le gustaba conocer los restos arqueológicos y la sobrevivencia antropológica y etnográfica de dichos pueblos, lo que lo convirtió en un viajero infatigable, dentro y fuera de México.
Soy mi memoria es el testimonio de un gran intelectual y de un extraordinario académico que nunca se redujo a las labores estrictamente gremiales. Fue un hombre dedicado al pasado, pero atento y comprometido con su propio tiempo. Además, fue un gran constructor: no solo se dedicó a estudiar la cultura náhuatl sino que fue el arquitecto y el ingeniero de todo el entramado institucional —institutos, ‘seminarios’, revistas, publicaciones— que hizo posible que su tema sea hoy el tema de muchos. De hecho, reconoce (p. 177) haber tenido tres temas prioritarios: 1) la historia, la lengua y la cultura náhuatl; 2) la California mexicana, producto de una discusión con una ignorante maestra de primaria, y 3) los pueblos indígenas contemporáneos. Me permito agregar otras dos pasiones vitalicias suyas: la Ciudad de México y la UNAM. Por ambas participó en batallas ‘a pecho descubierto’. Ya fuera como miembro del Consejo Universitario, de 1964 a 1976, o como Miembro de la Junta de Gobierno de 1976 a 1987, o sea, durante 23 años ininterrumpidos, León-Portilla estuvo en la trinchera, al lado del Rector Ignacio Chávez, cuando su ignominiosa ‘caída’, allá por 1966. También fue parte del Consejo Universitario durante el movimiento estudiantil de 1968, ahora muy cerca del Rector Barros Sierra, y lo mismo se puede decir de él durante la grotesca ocupación de la Rectoría por Castro Bustos y Falcón en 1971, que dio lugar a la ‘caída’ de Pablo González Casanova. Finalmente, en el movimiento encabezado por el líder apodado ‘Mosh’ en 1999, León-Portilla fue parte de la comisión de eméritos que le entregó a este el resultado de la encuesta hecha a la comunidad universitaria, en la que ésta se manifestaba masivamente en favor de la reiniciación de actividades. Sin presumir heroicidad física alguna, fue un hecho que los miembros de aquella comisión fueron maltratados por los líderes estudiantiles, molestos con el resultado de la encuesta que se les entregó. En síntesis, durante 23 años seguidos estuvo involucrado en la gobernanza de la UNAM.
En cuanto a rechazos, estoy seguro que reconocería dos: perder el tiempo y los demasiados actos protocolarios. Reconstruyo uno: León-Portilla fue ‘Cronista oficial de la Ciudad de México’ cuando serlo era una de las mayores distinciones intelectuales del país. Pues bien, renunció a tan honroso puesto cuando el ‘regente’ de la ciudad le solicitó que asistiera a testificar y aplaudir la llegada del oso panda procedente de China al zoológico de Chapultepec.
¿Anécdotas? Incontables ¿Lecciones? Me quedo con tres: primero, privilegiar la conversación, el diálogo interesante y respetuoso, sin diatribas ni denuestos; o sea, conversar para aprender, para difundir y para explicar. La segunda, muy actual en estas horas: demostrar que se puede amar al mismo tiempo y con la misma fuerza, el mundo náhuatl y el mundo español (p. 251). Por último, la convicción de que la defensa de los pueblos indígenas, históricos y contemporáneos, de su lengua y su cultura, no puede reducirse a la retórica política; para don Miguel la solución radica en una combinación aparentemente contradictoria: “fomentar la participación de los indígenas en la vida económica, social y política de México”, y al mismo tiempo, no concebir esa participación “como una asimilación a la cultura de las mayorías”, pues se deben preservar “sus ‘usos y costumbres’ pero insistiendo en que no debían permanecer marginados sino que, como ciudadanos de pleno derecho, debían asumir su presencia e la vida del país” (p.122). En efecto, León-Portilla insistió “de muchas formas en el derecho que tiene todo pueblo de no ser absorbido por una cultura que quiere homogeneizar a todos” (p. 184).
Antes de concluir es necesario decir que Soy mi Memoria es también un libro íntimo, un canto de amor a su familia, y sobre todo a Chonita, doña Ascensión Hernández Triviño, su esposa, su pareja de toda la vida, pero pareja también en cultura, capacidad de trabajo, virtudes y camaradería. Sin duda las páginas más gratas del libro son las que reconstruyen su noviazgo.
Además de ser un libro íntimo y de ser un recuento de una vida feliz y provechosa, León-Portilla nos muestra su sentido del humor y nos cuenta algunas anécdotas sabrosas: por ejemplo, Manuel Gamio seguramente compraba dulces a granel para regalárselos a sus sobrinos, pero al irlos sacando uno por uno de la bolsa de su saco, recuerda el niño que fue Miguel que salían ‘pegadas’ unas inoportunas ‘pelusas’. De Gamio también nos dice que fue quien lo introdujo a la bebida de su amado ‘Whiskylucan’.
Pero las ‘memorias’ de León-Portilla son, sobre todo, las de un académico pleno preocupado por los asuntos metafísicos. No me imagino a un estudioso de los pueblos mesoamericanos, que eran sociedades casi teocráticas, sin preocupaciones trascendentales. León-Portilla sabía que estaba dictando sus ‘memorias’ al final de su vida, por lo que reflexionó sobre la muerte desde dos perspectivas: la de la teología cristiana y la de la filosofía y poesía náhuatl. En renglones plenos de sinceridad, volvió a las dudas por las que había dejado el seminario jesuita, pero seguía convencido de que el que fuera indemostrable la existencia de Dios, no significaba que no pudiera existir. Murió con dudas: “sin poder demostrar su existencia, estoy en las manos de él; con él quiero estar, con él quiero morir”, aunque por otro lado aceptaba que su vida no podía “extenderse mucho más allá”. Al final, murió convencido de que la muerte “ni es oscuridad plena, ni tampoco luz esplendente”. Simplemente aceptó que “la muerte es la ley de la vida”, pero ¡vaya vida la de don Miguel!
No quiero terminar mi intervención con una frase hiperbólica, por exagerada y cursi. Creo, sin embargo, que en esta feliz presentación de Soy mi Memoria una paráfrasis puede resultar apropiada: en los muros del Museo de Antropología quedó grabada a cincel una frase de Chimalpain traducida por Miguel León-Portilla: “Nunca acabará, nunca terminará la gloria, la fama de México-Tenochtitlan”.
Pues bien, a cien años de su nacimiento me permito decir que mientras haya pensamiento historiográfico en México, mientras exista la UNAM y mientras sobrevivan las antiguas culturas mesoamericanas:
“Nunca acabará, nunca terminará, la gloria, la fama de Miguel León-Portilla”.
