
Durante una temporada de premios a lo mejor del séptimo arte, un par de años atrás, Guillermo del Toro afirmó que la animación no era un género, sino un medio cinematográfico que permite contar cualquier tipo de historia: ciencia ficción, terror, drama, e incluso retratar la guerra y las diferentes vidas impactadas por ésta en la búsqueda de una existencia libre.
Persépolis, película animada franco-iraní del año 2007, es el perfecto ejemplo para reafirmar que la animación es un formato con la fuerza suficiente para sostener una historia envuelta de circunstancias incontrolables como la guerra a través de una narrativa emocionalmente profunda dirigida por la voz de una niña, adolescente y mujer iraní, quien enfrentó desde sus primeros años los cambios inconcebibles dentro y fuera de su país natal.
En Persépolis, dirigida por Marjane Satrapi (también autora de la novela gráfica homónima en la que está basada esta historia) y Vincent Paronnaud, hallamos una línea de tiempo de los eventos históricos más importantes de Irán, desde los inicios de la Revolución Islámica hasta el nuevo siglo, acompañada por la autenticidad de su protagonista, quien asume la tragedia de los momentos devastadores y sobrevive a ellos lo mejor que puede.
A veces, sosteniendo el manifiesto ideológico inculcado por su familia comunista e ideales propios ante la doctrina que le obliga a callar; otras veces, fingiendo que el lugar en el que naces puede ser olvidado; y, en ocasiones donde la esperanza es tan limitada como la libertad, resignándose al futuro de un eterno velo.
De esta forma, Persépolis no es sólo una película animada sobre la historia de Irán, sino cómo esta historia de revolución, guerra y opresión, es asimilada por una mujer iraní que se siente extranjera incluso en su propio hogar; sin pertenecer ni aquí ni allá, la protagonista nos hunde con ella en un viaje sensible y existencialista, donde trata de comprenderse a sí misma al mismo tiempo que lucha contra la desesperanza absoluta.
Transformaciones sociopolíticas en Persépolis
Marjane Satrapi, autora de la novela gráfica, así como directora de la película animada, se introduce en la historia como la protagonista y voz que nos guiará a lo largo de veinte años de su vida, contándonos también —a través de sus inocentes ojos de niña fanática de Bruce Lee, desafiantes palabras de su adolescencia punk-rock y tambaleante seguridad en una adultez amedrantada— la historia de su Irán.
Marjane ‘Marji’ Satrapi, como personaje de Persópolis, comienza su historia en 1979, cuando sólo tenía diez años de edad y era testigo de un cambio de régimen tras la caída del sha Mohammad Reza Pahleví y el establecimiento del fundamentalismo islámico en el gobierno iraní.

Por un instante, ‘libertad’ es una palabra tan desconocida como fascinante para el futuro de Irán. “Estaremos bien, harán votaciones”, señala el tío comunista de Marji, asegurando que verán el día en que el proletariado esté al frente del país y que, dada la necesidad de unión entre el pueblo, la religión es sólo un peldaño necesario para el próximo paso de la República que desean construir.
No obstante, las “peligrosas” ideologías de izquierda amenazan el poder del nuevo régimen, quienes voltean sus armas contra los iraníes estudiantes y comunistas que alguna vez lucharon a su lado para derrocar la monarquía, mientras se enfrentan también a los conflictos exteriores de países que ven un Irán débil por atacar.
La guerra es el pan de cada día y la opresión el vaso de agua que le acompaña, ambos difíciles de digerir, inconcebibles de adaptar a lo que una vez fue una población liderada a la “modernización” y severos contra una adolescente Marjane, quien señala asesinos en el poder, exige una explicación a los nuevos límites exigidos y desea escuchar Iron Maiden libremente.
Al ver la dificultad que Marji experimenta para adaptarse a los mandatos del sector conservador-religioso, sus padres deciden enviarla en Austria para que pueda vivir como una chica ‘normal’ de su edad.
“Mantente digna e íntegra”: el viaje de identidad de Marji
En Austria, Marjane enfrenta una desestabilizadora experiencia al ser extranjera, no sólo eso, al ser una mujer iraní extranjera. Entre vivencias decepcionantes de amor, amistad y hogares, la protagonista se sume en una desamparada búsqueda de significado: ¿Es libre, realmente? ¿Puede ser libre lejos de su hogar?
Al volver a Irán, la búsqueda de sentido continúa, pero esta ocasión tiene la compañía de amistades y familia para poder acercarse a la normalidad que desea, incluso si ser ‘normal’ significa ceder absolutamente al matrimonio y al velo islámico que no le permite desempeñar sus tareas como estudiante de arte ante la poca movilidad.
Marjane, una vez más, se pregunta cuál es la razón de todo. De ellos mandando, de ellas obedeciendo, del amor, de la identidad, de sobrevivir en fiestas clandestinas sin vivir realmente por la amenaza constante de la ‘Patrulla de Orientación’ (policía de la moral) respirando en cada rincón de su país.
La opción, la única opción que su madre le otorga al recordarle que siempre deseó para su hija un futuro de libertad y emancipación, es alejarse para siempre de casa. Ser siempre extranjera, a cambio de ser libre.
La desesperada búsqueda de felicidad en la ausencia de libertad
El viaje de Marjane Satrapi por la historia de su país es una ejecución inteligente y orgánica que equilibra la desesperanza con la ironía, el dolor con la diversión, la guerra con la libertad; nuestra protagonista es contestataria, honesta en sus fallas... y resiliente, pues no le queda de otra.
Incluso si posee pocas herramientas, como la música y su voz, Marjane se sostiene ante los cambios inevitables y las órdenes irracionales de su hogar, aún buscando su sitio a pesar de que éste le sea negado fuera y dentro de Irán, construyendo una historia íntima donde la política, el drama y la poesía se unen para contarnos quién es y a dónde va.
Cómic y película son un manifiesto político a toda regla, una expresión visual que intenta retratar, en su sencillo estilo blanco y negro, con trazos caricaturezcos en papel, una dura crítica a las bases de poder que sostienen el régimen islámico represor, pero su peculiaridad se encuentra en la íntima visión del relato de Marjane.
Marji abre para los espectadores y espectadoras, un escenario que no podemos vislumbrar en las noticias, es la historia desconocida que comparte al mundo para que comprendamos —junto a ella— el alcance real de estos cambios, esta historia, que sólo pertenece a la mujer iraní.
“Quítate eso, me da claustrofobia verte”, reclama la abuela de Marji en la privacidad de su hogar, mujer viuda que alguna vez estuvo casada con un príncipe de la dinastía Qayar, apresado y despojado de su título; ambos de ideas libertarias.
“Lo siento, estoy tan acostumbrada que a veces olvido que lo llevo puesto”, se excusa Marjane, quitándose el velo islámico.
“No debes olvidarlo”, afirma la anciana, “Nunca debes olvidarlo”.