Cultura

La novela entrelaza la mitología mexicana y balcánica para narrar una historia sobre el abandono, la reconciliación y la posibilidad de sanar heridas que atraviesan generaciones

Rayo Guzmán explora el perdón y la herencia emocional en Coyote balcánico

En Coyote balcánico, la escritora Rayo Guzmán construye una novela profunda y conmovedora donde el verdadero protagonista no es un personaje, sino el desafío del corazón humano para desprenderse del rencor y abrazar el perdón. La historia sigue a Zoran, un hijo marcado por el abandono paterno, quien regresa a los Balcanes en busca de una reconciliación imposible con su origen, mientras su madre, Eloísa, confronta memorias íntimas y dolorosas que emergen entre el paisaje desértico de Mineral de Pozos y los callejones de Guanajuato. En paralelo, Darko, el padre ausente, enfrenta en las orillas del Danubio las consecuencias de un pasado cruel y siniestro.

Coyo Balcánico | Rayo Guzmán (Cortesía)

Este triángulo familiar se despliega como una tragedia íntima atravesada por la memoria, la culpa y el amor, donde los ancestros observan desde el Bardo las batallas entre la pasión, la rabia y la compasión. Así, Coyote balcánico se convierte en una historia en la que la magia del perdón derrumba las barreras del tiempo y sumerge al lector en la mitología compartida de dos pueblos.

Durante la entrevista, Rayo Guzmán explica que el hilo conductor de toda su obra literaria ha sido, desde hace años, la exploración de las relaciones entre padres e hijos, “el amor más profundo que pueden prodigarse los seres humanos y todas sus oscuridades”. Esta constante vuelve a aparecer en Coyote balcánico, novela publicada bajo el sello Hachette, donde una mujer mexicana y un hombre serbio dan origen a Zoran, personaje que encarna la herida y la posibilidad de redención.

La autora subraya que el perdón es uno de los grandes protagonistas de su literatura, una búsqueda que atraviesa tanto esta novela como Cuando mamá lastima, libro que celebra su décimo aniversario con una edición especial que incluye relatos inéditos, prólogo de Shulamit Graver e ilustraciones de Yuri Zataray. Para Guzmán, no es casual que ambos proyectos coincidan en el tiempo, pues dialogan desde distintos registros con una misma preocupación emocional y ética.

El origen de Coyote balcánico se encuentra en una historia real. Hace diez años, una amiga cercana compartió con la autora una tragedia familiar que detonó el deseo de escribir la novela. A partir de ese impulso, Guzmán emprendió un proceso de investigación y viaje que la llevó a los Balcanes, donde conoció ciudades como Belgrado, Budva, Montenegro y Croacia, y se adentró en su cultura, mitología y gastronomía. Ese universo debía entrelazarse con su propia identidad como autora guanajuatense, por lo que situó la historia de Eloísa en Mineral de Pozos y enriqueció el relato con elementos mitológicos como el Nahual mexicano y Buca, la bruja de los Cárpatos, cuyas batallas simbólicas atraviesan la novela.

Uno de los retos más complejos de la escritura fue el manejo de los tiempos narrativos y las voces generacionales. Guzmán explica que los capítulos de Eloísa poseen un tono más místico, mientras que los de Zoran reflejan una sensibilidad contemporánea, marcada incluso por herramientas como Google Maps. Este contraste responde a una línea temporal construida a partir de entrevistas con la Eloísa real, lo que permitió que la ficción se apoyara en una base sólida de memoria y experiencia.

El proceso creativo se extendió a lo largo de diez años, combinando etapas de escritura paralela con el testimonio real, largas estancias en los Balcanes y, posteriormente, un trabajo literario riguroso de poda y pulido acompañado por colegas escritores como Élmer Mendoza y Mauricio Carrera. Para la autora, fue un camino guiado tanto por la técnica como por la intuición.

Rayo Guzmán considera que Coyote balcánico es una novela que interpela a cualquier lector, porque todos somos hijos o padres, y todos enfrentamos la posibilidad de reconfigurar nuestras relaciones para vivir con mayor plenitud. En ese sentido, el perdón no es un punto de llegada definitivo, sino un estado al que se regresa constantemente, una búsqueda recurrente para reconciliar lo que se desajusta en los vínculos más profundos.

Finalmente, la autora reflexiona sobre las maldiciones familiares, presentes en la novela como una herencia que atraviesa los linajes. Más que simples metáforas, Guzmán las concibe como fuerzas que nos configuran, y afirma que la manera de honrar el pasado es transformarlo en un futuro más luminoso. En Coyote balcánico, esa transformación ocurre a través de la palabra, la memoria y la posibilidad —siempre frágil, pero necesaria— del perdón.

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