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La arqueóloga y Premio Crónica, inauguró las actividades de El Colegio Nacional en este 2026 con el ciclo La ciencia del siglo XXI al servicio de la arqueología: el caso de Teotihuacan

Linda Rosa Manzanilla Naim: Teotihuacan era una metrópolis preindustrial gigantesca, comparable en tamaño a Alejandría, Constantinopla o Roma

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Conferencia Linda Rosa Manzanilla Naim ha estudiado el área de Teotihuacan —que abarcó alrededor de 20 kilómetros cuadrados— durante más de 50 años. (Colnal)

Linda Rosa Manzanilla Naim, arqueóloga y Premio Crónica, inauguró las actividades de El Colegio Nacional en este 2026 con el ciclo La ciencia del siglo XXI al servicio de la arqueología: el caso de Teotihuacan, integrado por las conferencias “La ciudad de Teotihuacan a través del lente de la ciencia del siglo XXI” y “Estudio forense de la población multiétnica de Teotihuacan”.

Manzanilla Naim, integrante de El Colegio Nacional desde 2007, habló sobre los institutos de investigación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y los laboratorios del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) que han participado en el estudio de Teotihuacan. También expuso las metodologías que ella y sus equipos de trabajo han utilizado para interpretar y narrar la historia de lo que fue de aquel Estado mesoamericano, pero con rigor científico.

Ante un auditorio lleno y atento a las diapositivas que utilizó como apoyo visual, explicó que, a diferencia de lo que suele creerse, la arqueología no consiste únicamente en excavar y recuperar vestigios. “En el siglo XXI, distintos laboratorios realizamos estudios profundos de las áreas de actividad; es una labor colectiva. Entre distintos laboratorios interpretamos juntos el pasado. No hacemos ciencia ficción, sino ciencia con el pasado arqueológico”, enfatizó.

Gracias a este trabajo interdisciplinario, añadió, ha sido posible reconstruir aspectos fundamentales de la vida de los migrantes que llegaron a trabajar a Teotihuacan: qué comían, en qué se empleaban y cuáles eran sus enfermedades.

Manzanilla Naim ha estudiado el área de Teotihuacan —que abarcó alrededor de 20 kilómetros cuadrados— durante más de 50 años. Además, ha investigado otras civilizaciones, como Mesopotamia y Egipto. Con base en esta experiencia, señaló que Teotihuacan era una metrópolis preindustrial gigantesca, comparable en tamaño a Alejandría, Constantinopla o Roma.

A diferencia de aquellas megalópolis, a Teotihuacan la rodeaban únicamente áreas rurales. “Eso es muy raro”, confesó. Otra característica que también calificó como inusual es que contaba con dos formas de gobierno: el consejo de co-gobierno por un lado, y por el otro, la ciudad estaba compuesta por 22 barrios, divididos en cuatro distritos. Mientras que éstos (los distritos) eran regulados por un grupo de gobernantes, los barrios eran administrados “por nobles de rango medio”, a quienes comparó con los empresarios actuales.

Estos personajes, dijo, “armaban alianzas con corredores de sitios aliados, de donde obtenían materias primas y mano de obra; formaban ‘tentáculos’”. Por esta razón, la colegiada a llamado a Teotihuacan como “un ‘Estado tipo pulpo’, en el que Teotihuacan era la cabeza. Cada barrio contaba con productos locales que llegaban a su tianguis, pero también organizaba caravanas para traer sus propios bienes suntuarios”.

Entre los alimentos y objetos hallados en el subsuelo de Teotihuacan se encontraron maíz, calabaza, frijol y chile; también algodón, moluscos y vidrio volcánico de Veracruz en Teopancazco; así como pequeñas vasijas “que contenían maquillaje y resinas aromáticas tóxicas para la piel. Para reducir su toxicidad, hacían una mezcla con mica y carbón”, explicó. Además, los especialistas descubrieron evidencias de derrames de caldo y hasta semillas de chía en el suelo. “¿Y cómo lo sabemos?, se preguntarán. Pues gracias a la ciencia”.

La ciencia del siglo XXI al servicio de la arqueología

Manzanilla Naim explicó que, así como se realiza una radiografía antes de una cirugía, los especialistas analizan las zonas de estudio mediante escáneres y drones, como el LiDAR, una tecnología de rayos láser para hacer vuelos sobre sitios arqueológicos y, después, se trabaja la imagen para eliminar la vegetación.

Además, mediante estudios químicos de los pisos fue posible detectar sustancias derramadas y marcas en el suelo. Gracias a ello, señaló, se identificaron los restos de los caldos que se preparaban en las cocinas. También se detectó la erosión — como anomalías de carbonatos— del caminar de los sacerdotes en los pisos de estuco.

Indicó que el tipo de excavación que realizan se denomina “extensiva”. Esta “no se hace con pico y pala, sino con instrumental fino: se extrae tierra con mucho cuidado para llegar a los pisos, y de lo que se encuentra se obtienen las muestras, se miden los instrumentos materias primas y desechos, y se registran”. Posteriormente, estos rastros se analizan en laboratorio y, como resultado, se han obtenido evidencias de polen, semillas, tallos, flores y maderas. “La UNAM y el INAH realizan el registro arqueobotánico para elaborar mapas de distribución”, precisó.

En general en el proceso de investigación interdisciplinaria participan los institutos de Geología, Geofísica, Física y Antropología de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Asimismo, el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares ha participado en el análisis de muestras minerales por activación neutrónica. En una excavación, por ejemplo, la arqueóloga y su equipo encontraron mica; los especialistas la colocaron en un acelerador de partículas y así determinaron su procedencia: Ejutla, Oaxaca, “donde actualmente existe una minera moderna”, añadió.

Precisamente, la comunidad oaxaqueña era una minoría en Teotihuacan; sin embargo, estaba representada culturalmente en el Barrio Oaxaqueño. Manzanilla Naim —quien ha centrado su investigación en los barrios multiétnicos teotihuacanos, en particular Teopancazco, un barrio periférico ubicado al suroeste de la ciudad— señaló que otra de las comunidades migrantes con mayor presencia era la veracruzana, cuyos integrantes llegaron por la promesa de un trabajo próspero.

Pero no era el único grupo étnico. Esto se sabe, explicó, “porque en la recolección de superficie del proyecto del Dr. Millon se identificaron sitios con cerámica foránea en distintos puntos de la periferia; incluso urnas funerarias zapotecas y figurillas michoacanas”. Añadió que resulta especialmente interesante que los barrios étnicos reprodujeran las identidades de sus lugares de origen, siendo el ámbito funerario —los rituales mortuorios— la expresión más canónica de esa identidad.

De esta manera, Manzanilla Naim dijo que el arqueólogo es como un director de orquesta que dirige a todo un grupo de trabajo, y es quien integra la información, “porque no se trata de anexar datos científicos, sino de contar la historia y analizarla antropológicamente; es quien lleva un proyecto interdisciplinario y tiene que hacerla de traductor, integrador y articulador”.

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