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El tratado que se firmó en los primeros días de febrero de 1848 marcó, en términos generales, la nueva frontera entre México y Estados Unidos, derivada de la invasión. Fue mucho más que la formalización de una derrota: era un discurso producido por un agresor para legitimar el daño producido a una nación joven y pobre.

Las herencias del Tratado de Guadalupe Hidalgo: falsa amistad y paz forzada

BASÍLICA DE GUADALUPE 1848 El Tratado de Guadalupe Hidalgo se firmó en la sacristía de la antigua Basílica de Guadalupe. En realidad, fuera del conjunto del templo, Guadalupe Hidalgo era un pequeño pueblo con un enorme peso simbólico, que probablemente influyó en las maniobras del estadunidense Nicholas Trist, quien definió los términos en que se firmaría el acuerdo.

Para quien piense que el trato que el presidente estadunidense Donald Trump dispensa por igual a los vecinos inmediatos de Estados Unidos y aún a las naciones más lejanas, carece de antecedentes en la historia de las relaciones de nuestro país con la Unión Americana, se equivoca. El Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América (porque así se llama) dio más que suficiente materia para exhibir la brutalidad con que el gobierno de Washington cerró el capítulo de la invasión a nuestro país, al tiempo que se pretendía construir un discurso que legitimara la agresión a México. Porque el Tratado, que se firmó un 2 de febrero de 1848, hablaba de una paz forzada, una amistad muy dudosa y unos límites que todavía iban a experimentar variaciones y ajustes, para desdicha de nuestro país.

MANUEL DE LA PEÑA Y PEÑA Contra lo que mucha gente cree, Antonio López de Santa Anna no era presidente de México cuando se firmó el Tratado Guadalupe Hidalgo. El presidente interino era Manuel de la Peña y Peña. Santa Anna había sido despojado de todo mando militar y se marchaba al exilio.

Pero en su momento, el acuerdo que daba fin a la guerra fue, incluso, complicado para los propios estadunidenses. Si las fuerzas invasoras estaban encabezadas por el general Winfield Scott, la parte política estaba representada por Nicholas Trist, jefe secretario del Departamento de Estado, quien, en un gesto bastante retorcido, acompañaba a las tropas en calidad de diplomático y representante del presidente Polk.

El solo hecho de que Trist viniera con las fuerzas invasoras que atravesaron el territorio nacional, en ruta hacia la ciudad de México, hablaba de una estrategia bastante oscura: arrasar militarmente, y, una vez consumada la derrota en el campo de batalla, presionar a los mexicanos cuando moral y emocionalmente estaban postrados, para obtener todo lo que se deseaba en Washington. Así fue como procedió Trist, y tuvo dos consecuencias: primero, se convirtió en un personaje polémico en su patria, por haber desobedecido las instrucciones de Polk, y luego, al negociar la nueva frontera entre ambas naciones, sin tener mucha idea de cómo eran las tierras sobre las que trazaba la división, propició uno de los episodios más penosos en la historia de la gestión pública mexicana: la venta del territorio conocido como La Mesilla.

NICHOLAS TRIST Era enviado del gobierno del presidente Pölk y tenía instrucciones más o menos precisas para forzar la entrega de territorio mexicano. La invasión era el recurso extremo, y una vez consumada la derrota mexicana, Trist presionó al límite para aprovechar la coyuntura, y eso le ganó la animadversión de Polk. Aunque había obtenido el tratado que entregaba territorio, no se le perdonó la desobediencia y le negaron la compensación a que tenía derecho por su papel en el proceso de negociación.

UNA FIRMA ACCIDENTADA O EL DIABLO ESTÁ EN LOS DETALLES

El presidente Polk había dispuesto que la delegación mexicana que negociaría los términos del “tratado de paz” debería viajar a Washington, prolongando la presión, al sacar a los mexicanos de su patria. Pero Trist tomó las riendas del asunto. Estimó que Polk no acababa de entender cómo estaban las cosas en la ciudad de México, y resolvió finiquitar los términos del tratado sin acatar la instrucción presidencial. Los mensajes entre Polk y Trist tardaban mes y medio en llegar, y el enviado en México sintió que era demasiado tiempo aguardar el traslado de la delegación mexicana. Era necesario aprovechar el sentimiento de derrota de la clase política.

Trist meditó largamente. En diciembre de 1847 le escribió a su esposa, desde la ciudad de México: “Sé que esta es la última oportunidad [de forzar la entrega de territorio mexicano en las mejores condiciones posibles]. Tengo el presentimiento de terribles consecuencias para nuestro país y he decidido intentar comenzar un tratado hoy por la tarde; la decisión es totalmente mía”. De manera que Trist echó al bote de la basura las órdenes del presidente Polk, y presionó para firmar el “tratado de amistad”, cuando la capital mexicana llevaba cuatro meses y medio funcionando como la anfitriona forzada de los invasores.

Así, el tratado se firmó un 2 de febrero en una población cercana a la ciudad de México, la villa de Guadalupe Hidalgo, lugar que todos los mexicanos conocemos como la Villa de Guadalupe, que hoy es parte de la capital y se ubica en el corazón de la alcaldía Gustavo A. Madero. Probablemente Trist era muy consciente de que enterraba un puñal en la herida abierta de los mexicanos al decidir dónde se reuniría con los representantes del gobierno encabezado por Manuel de la Peña, porque el lugar de las negociaciones era, nada menos, que la sacristía de la basílica de Guadalupe, a pocos metros del sitio en que el país entero adoraba la imagen, tenida por milagrosa y de origen divino, de la patrona de México desde 1531.

NICHOLAS TRIST Era enviado del gobierno del presidente Pölk y tenía instrucciones más o menos precisas para forzar la entrega de territorio mexicano. La invasión era el recurso extremo, y una vez consumada la derrota mexicana, Trist presionó al límite para aprovechar la coyuntura, y eso le ganó la animadversión de Polk. Aunque había obtenido el tratado que entregaba territorio, no se le perdonó la desobediencia y le negaron la compensación a que tenía derecho por su papel en el proceso de negociación.

El estadunidense se reunió con tres representantes mexicanos, todos de ideas bastante conservadoras: Bernardo Couto, Miguel Atristáin y Luis G. Cuevas. El tratado que surgió de aquella negociación tenía una serie de cláusulas que pretendía sazonar de “amistad” lo que había sido una guerra desigual: desde luego, la famosa “compensación” de los 15 millones de dólares, que pretendía disfrazar ante los estadunidenses lo que fue una agresión sin disimulos, Pero se agregaron algunos artículos que pretendían presentar, ante propios y extraños, una actitud “generosa” para con aquellos que, de un día para otro, dejaban de ser mexicanos para convertirse en estadunidenses. En el momento de la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, vivían en los territorios perdidos -2 millones 400 mil kilómetros cuadrados- más de 75 mil mexicanos, a quienes el acuerdo original garantizaba tanto sus propiedades como sus derechos civiles.

Ese compromiso quedó asentado en el artículo noveno del tratado. Insistiendo en presentarse como una nación generosa, Estados Unidos, a través de Trist, se comprometió a pagar las afectaciones que ciudadanos estadunidenses residentes en México hubieran experimentado en sus bienes, hasta por 350 mil dólares, y anteriores a la firma del tratado. México y Washington tenían una larga historia de reclamos estadunidenses contra el gobierno de nuestro país. Esas demandas se habían reconocido y negociado en acuerdos firmados en 1839 y 1843. Pero con el nuevo tratado, Estados Unidos, en una actitud que pretendía ser generosa, pero que resonó en muchos oídos mexicanos como una burla, asumía las responsabilidades y liberaba a México de cualquier obligación de pagos o indemnizaciones.

Tan pronto se firmó el acuerdo, Trist lo envió a Estados Unidos, acorralando a Polk. Aunque el presidente de Estados Unidos estuviera a disgusto por la manera en que su enviado había operado, tenía hechos consumados: los mexicanos, abrumados por la derrota, habían firmado el tratado. En una decisión pragmática, Polk envió el documento al Senado para su discusión y ratificación.

Ahora que Donald Trump pretende conmemorar los sucesos de la invasión de México por Estados Unidos, equivoca con las fechas: la victoria militar definitiva ocurrió en septiembre de 1847 al ser ocupada la ciudad de México, el Tratado de Guadalupe Hidalgo se firma el 2 de febrero de 1848, pero la ratificación del acuerdo por el Senado ocurrió hasta el 10 de marzo de ese mismo año, y el canje de ratificaciones entre ambos países ocurrió hasta mayo. Pero los términos definitivos fueron todavía más agresivos para los mexicanos.

El tratado, en su versión definitiva, fue “rasurado” y modificado. El Senado de los Estados Unidos, que ratificó el tratado con 34 votos a favor y 14 en contra, eliminó los artículos IX y X, que garantizaban la protección de derechos y propiedades de los mexicanos que vivían en los territorios perdidos. El texto original respetaba los derechos de los mexicanos por un año. La versión modificada en el Senado afirmaba que, todos aquellos que decidieran no conservar su carácter de ciudadanos mexicanos, serían incorporados “lo más pronto posible [que podía significar cualquier cosa e implicaba un criterio discrecional del congreso estadunidense], al goce de la plenitud de derechos de ciudadanos de Estados Unidos”. Los derechos políticos de estas personas serían iguales a los de los habitantes de otros territorios de Estados Unidos, y “tan buenas como las de los habitantes de la Luisiana y las Floridas, cuando esas provincias, por las cesiones que hicieron la República Francesa y la Corona de España pasaron a ser territorios de la Unión Norteamericana”. En los hechos, se trataba de una promesa incierta.

Esos artículos, escritos en la sacristía de la Basílica de Guadalupe, eran un dechado de buenas intenciones que pretendían legitimar la apropiación del territorio. El artículo X garantizaba la validez de las concesiones de tierra hechas por el gobierno mexicano. En la versión que ratificó el Senado en Washington y envió de vuelta a México, esas promesas habían desaparecido. No se modificaron, no se matizaron. Simplemente fueron borradas. A fin de cuentas, ese había sido el propósito originario de la invasión: disponer en todos términos del territorio arrebatado a México, y si había mexicanos en esas tierras, peor para ellos.

Porque esa historia no se terminó con la firma del Tratado: las ambiciones expansionistas no tenían fin -como ahora no parece tenerlo el afán de Donald Trump- y, entonces sí, se vendería territorio mexicano a los estadunidenses, exhibiendo, de paso, la escasa visión de Estado, los miedos y las incertidumbres de los hombres en el poder en aquellos años.

(Continuará)

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