
Yo soy mi memoria. Es esta una expresión que, sonando retórica, es cierta. Los humanos creemos conocer quiénes somos pero, si bien se mira, lo que podemos saber sobre nosotros se halla en la propia memoria. Gracias a ella sabemos cuándo y dónde nacimos, quiénes fueron nuestros padres y hermanos. Es la memoria la que da sentido a nuestro yo y le ayuda a presentarse ante los otros. En casos extremos, el que pierde la memoria, el amnésico rematado, el que padece Alzheimer, se vuelve anónimo, es como viajero sin equipaje, que anda sin rumbo y, lo peor, no sabe quién es.
Todos pensamos y sentimos que la memoria reside en la cabeza y también sabemos que no se halla en los ojos, ni en la nariz, ni en las orejas sino en el kilo y cuarto de carne que llamamos cerebro. Ahí reside la memoria y gracias a ella conocemos lo que hemos sido, lo que hemos hecho y lo que podemos hacer.
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Con esta, probablemente inesperada, forma de introducción, doy principio a mis Memorias. Pero, ¿por qué hablo ahora de ella en plural? Bien sabemos que la memoria es una, pero para referirme a lo que ha sido mi trayectoria en la vida [...] empleo la palabra en plural. Y esto ocurre asimismo cuando quiero abarcar lo que recuerdo como de cierto interés para otros, los pocos o muchos que me quieran conocer.
Y me atrevo a hurgar en el kilo y cuarto de carne de mi cerebro porque algunos amigos me han insistido en que debo hacerlo. Añadiré que tal vez debo recordar que, hace poco, un comité integrado por los directivos y otros profesionales de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos —una de las más grandes y ricas del mundo— me ha adjudicado el título de “Leyenda viviente”, lo que según entiendo, quiere decir que soy como un relato poco frecuente, un ser que conlleva en su memoria experiencias que, por ir más allá de lo común y corriente, pueden tenerse como legendarias.
Pues bien, yo, leyenda viviente, voy a explorar en mi memoria, que se custodia en ese kilo y cuarto de carne, lo que pueda ella comunicarme acerca de mí mismo. Y emprendo esto cuando afortunadamente o como suele decirse, gracias a Dios, no padezco el mal de Alzheimer. Dicho esto, pongo manos a la obra: escribir mis memorias.
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¿Por qué escribo estas memorias?
Tengo ya noventa y tres años. Son muchos y son pocos. Son muchos porque he llegado más allá de la esperanza de vida que se augura a los seres humanos en la gran mayoría de los países, especialmente en los que llaman desarrollados; son pocos, porque se me han ido muy deprisa y, desde hace tiempo, cada día se me van más rápido.
No puedo quejarme. El saldo de mi existencia ha sido bueno, interesante y creo que no inútil. He emprendido muchos proyectos, he conocido a gente valiosa de no pocos lugares del mundo. Tengo una familia pequeña, pero que me ha traído muchas satisfacciones; hasta donde cabe, he sido feliz o, por lo menos, no la he pasado mal. No he experimentado lo que es una guerra, ni tampoco una enfermedad grave, aunque en los últimos meses he padecido del sistema respiratorio. Por otra parte, me han afectado las mentiras y corrupciones de no pocos gobernantes y también de otros que prefiero no identificar.
He sabido acerca de la pobreza y la miseria de millones de mujeres y hombres, en particular indígenas y, hasta donde he podido, he alzado la voz denunciándolo. Como ejemplo de esto último diré que, al ser invitado por el entonces presidente electo de México, en 2012, Enrique Peña Nieto, para exponerle algún aspecto de la problemática del país, me referí al caso de los pueblos indígenas. Entre otras cosas le dije que subsisten ellos sin personalidad jurídica, la mayoría viviendo en condiciones de pobreza, y que la casi totalidad de sus demandas nadie las atiende, ni el Congreso, ni el poder Judicial, ni el Ejecutivo. Añadiré que el presidente Peña Nieto me respondió que en pocos meses volveríamos a hablar de esto y me daría sus puntos de vista, lo cual ya nunca ocurrió. Aunque diré que, en una ocasión en 2017, vino a visitarme a mi propia casa en presencia de varios colegas y amigos míos y tuvimos una agradable charla.
Repetiré ahora que algunos amigos y también personas con las que no he tenido mucho trato, me han insistido que valía la pena que escribiera mis memorias. Por mi parte, he pensado sobre esto a lo largo de cerca de tres años y me he preguntado, ¿qué sentido tiene escribir memorias? ¿A quién puede interesar lo que otro recuerda de sí mismo, las personas que trató y los hechos en que participó?
Mi respuesta a estas preguntas es que he cumplido los muchos años que tengo y creo que he participado en algunos aconteceres particularmente interesantes, por lo menos para mí. También es verdad que en los largos años de lo que me gusta llamar “juventud acumulada” he conocido a no pocas personas que se han distinguido, mexicanos y de otros muchos lugares, con los que tuve varias formas de contacto y relación de amistad, cuyas vidas han tenido no escasa significación en el universo cultural de sus respectivos países. Creo que evocar esto será de interés.
Y, como he sido durante más de 60 años maestro universitario, y sigo siéndolo, he tenido otro privilegio: he estado en contacto con estudiantes, ellos y ellas, no solo mexicanos sino de muchos países del mundo [...].
Y volviendo la mirada a México, diré que desde hace cerca de 30 años se han acercado a mis clases estudiantes descendientes de los pueblos originarios: zapotecos, mayas, tzotziles, mixtecos, ñahñús, purépechas y por supuesto nahuas de varias regiones. Su presencia ha enriquecido mi vida. A lo largo de estas memorias aparecerán los nombres de buen número de ellos.
Confesaré ahora que esto de hacer recordación puede resultar tarea más bien difícil y pesada. No obstante, voy a intentar escribir mis memorias. Al tomar esta decisión he estado pensando cómo debería realizarla. Aunque soy historiador, he querido evitar el escollo de creer que debo redactar una obra histórica, atendiendo a una rigurosa cronología y recargada con notas y referencias. Desechada esta hipótesis, he pensado en otras que no es del caso referir. Al final, me he decidido por tomar una grabadora y dictar recuerdos que se me vienen a la cabeza sobre tal o cual asunto sin preocuparme mucho por su secuencia cronológica a la que obviamente atenderé al situarla en el contexto de las varias recordaciones. Así transmitiré a la grabadora bloques de recuerdos según se me vayan presentando. Mi secretaria, la señora Leticia García [...], transcribirá luego esos conjuntos de recuerdos para finalmente integrarlos en sus correspondientes tiempos de la mejor manera que pueda. Pienso que proceder así confiere espontaneidad a las memorias.
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I
EL INEVITABLE COMIENZO
Dicen que cuando uno se halla cerca de la muerte pasan ante la propia conciencia, como en rápida proyección cinematográfica, las principales actuaciones que ha tenido a lo largo de su vida. Eso dicen y, en cuanto me sea posible, voy ahora a intentar algo parecido. Este será el primer capítulo de mis memorias.
Por algunas fotografías que tengo, puedo imaginar a mi madre embarazada esperando a su primer hijo que fui yo. Mi madre, Luisa Portilla Nájera, nació en el seno de una familia tradicional mexicana. Un primo ilustre tuvo ella, Manuel Gutiérrez Nájera, nada menos que el iniciador del modernismo literario en México.
Tanto mi madre como mi padre, Miguel León Ortiz, eran personas muy religiosas. Por el lado de él estuve emparentado con el doctor Manuel Gamio, el iniciador de la moderna antropología en México, quien estaba casado con una hermana de mi padre, Margarita. Las familias de mis padres habían vivido holgadamente en situación económica bonancible. Sin embargo, cuando ellos contrajeron matrimonio, por razones que sería largo referir, lejos estaban ya de vivir en la opulencia. Al menos su mentalidad ahorrativa y siendo muy trabajadores uno y otra, vivían con lo necesario, gracias a los limitados recursos de que disponían, en particular los derivados del trabajo de mi padre dedicado a la administración de bienes raíces, actividad por la que recibía comisiones [...].
