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Con la venta de La Mesilla, no hubo nadie, estadunidense o mexicano, que no quedara mal. A punta de amenazas, y con brutales incursiones en nuestro territorio, los nuevos dueños de las tierras perdidas provocaron una corriente de pánico que llegó, con la fuerza de un rayo, hasta la ciudad de México

La venta de La Mesilla y las miserias nacionales

Antonio López de Santa Anna

Con la venta de La Mesilla, no hubo nadie, estadunidense o mexicano, que no quedara mal. A punta de amenazas, y con brutales incursiones en nuestro territorio, los nuevos dueños de las tierras perdidas provocaron una corriente de pánico que llegó, con la fuerza de un rayo, hasta la ciudad de México. Los mexicanos responsables de aquel proceso perdieron la oportunidad de conservar la dignidad. Consiguieron, eso sí, que las etiquetas de “vendepatrias” y “traidores” se volvieran, en sus biografías, manchas indelebles.

Tales para cuales. En estas tres palabras puede resumirse el desastre administrativo y político con el que México concretó la venta de los 76 mil 845 kilómetros cuadrados que conocemos como La Mesilla. Porque si los estadunidenses presionaron y amenazaron cuanto pudieron para obtener un territorio que les resultaba indispensable para concretar su expansión ferroviaria, los mexicanos a cargo del proceso acabaron desprestigiados, con fama de voraces y ladrones. Ilustres personajes que nunca lograron borrar la pésima reputación que se labraron en el curso de unos pocos meses.

Santa Anna, el pragmático

Hasta su muerte, ocurrida veintitrés años después de la venta de La Mesilla, Antonio López de Santa Anna sostuvo que aquel asunto había sido una buena decisión. México era un país joven y pobre, con un poderío militar que, al lado del estadunidense, era más bien miserable. Si Washington hubiera optado por emprender una segunda invasión, el resultado habría sido igual de doloroso y terrible que en 1848. Pero Santa Anna sabía muy bien lo que había hecho. No era cosa de todos los días andar vendiendo territorio nacional, y, en los pocos años de vida independiente que llevaba México, ningún otro presidente había cargado con algo similar. Endeudar a la nación, claro que sí. Pero vender tierra a los gringos…

Como fuera, el país necesitaba dinero. Además, ya había bastantes problemas caseros: en el sur, un enemigo aborrecido del presidente Santa Anna, el antiguo insurgente y cacique Juan Álvarez, estaba levantado en armas. Se necesitaban fondos para rearmar al ejército y enviarlo a castigar al rebelde y poner paz en la región. Como de costumbre, la propia gestión gubernamental también implicaba gastos. El gobierno de Santa Anna tenía solamente dos opciones para sobrevivir: o funcionaba en la miseria o vivía de prestado. El miedo a una nueva invasión se juntó con la extrema necesidad. Esas fueron las dos grandes causas de la venta de La Mesilla. Santa Anna era megalómano, autoritario e irresponsable, sí. Pero en aquella operación vulgarmente comercial, la personalidad del presidente era cosa de segundo plano. Así de grandes eran los problemas nacionales.

Cuando finalmente se entendió con James Gadsden, el representante de Washington, Santa Anna envió a sus funcionarios para afinar el acuerdo. Don Manuel Díez de Bonilla, canciller, se puso a arrastrar el lápiz junto con José Salazar Ilarregui y el general Mariano Monterde (que en 1847 era el director del Colegio Militar). Por fin, el tratado de venta quedó listo, y no para bien.

En el documento que formalizaba la operación, Estados Unidos aprovechó para modificar algunas cuestiones que estaban en el Tratado de Guadalupe Hidalgo y que ahora ya no resultaban tan convenientes: En 1848, la Unión Americana se comprometía a contener las incursiones de las tribus indias que, en estado de permanente rebeldía, se movían en la frontera norte, y obviamente, entraban en México. Cinco años más tarde, Estados Unidos se deshizo de tal obligación.

El acuerdo, además de la venta, formalizaba la nueva frontera mexicano-estadunidense. Quienes critican a los liberales, empezando por Benito Juárez, y el contenido del Tratado McLane-Ocampo, firmado años después durante la guerra de Reforma, tendrían que enterarse que un permiso para que Estados Unidos construyera una vía ferroviaria a través del Istmo de Tehuantepec ya estaba en el Tratado de Venta de La Mesilla de 1853. Dicho permiso entraba en vigor después del 5 de febrero de 1854, y al caer Santa Anna aquello quedó en el olvido.

¿Y el dinero? ¡Ah, el dinero! Diez millones de dólares en total: siete millones como adelanto, y los tres restantes en cuando se ratificaran los acuerdos. El acuerdo se firmó en México el 30 de . Faltaba la ratificación en Estados Unidos. De manera que los recursos iban a tardarse en fluir.

Pero eso no era obstáculo para Santa Anna. Con la certeza de que, tarde o temprano el dinero llegaría, el presidente mexicano no vio problema en llamar a sus prestamistas de cabecera, y obtener recursos a cuenta del fruto de la venta de La Mesilla. Los agiotistas, encantados, le dijeron que sí y abrieron sus cofres. Con unos intereses exorbitantes, ciertamente, pero eso no le preocupaba a Santa Anna. Qué, ¿acaso no es para eso el dinero, para gastarlo?

Voracidad e incertidumbre

Disfrutando la repentina liquidez, Santa Anna afirmó, casi eufórico: “…ayer no teníamos siquiera medios de subsistencia, y el gobierno, afectado por la falta de recursos, no sabía qué hacer, y hoy nos parecemos a quien se ha ganado la lotería”, le escribió a un conocido.

Por la manera en que ese dinero desapareció, parecía que Santa Anna y unos cuantos más estaban convencidos de que sí se habían ganado la lotería.

El dinero llegaría, más o menos, el 1 de julio de 1854. Pero los agiotistas estaban más que dispuestos a financiar el gobierno santannista. Eso sí, había que discutir por los intereses. Santa Anna ofreció pagar un 8 por ciento de interés, los prestamistas querían el 10. Como finalmente habría dinero para todos y al presidente le urgía, el hombre se puso espléndido: el 8 por ciento y una ganancia adicional de 10 por ciento. Además, la operación no causaría impuestos. Todos los caballeros aceptaron encantados. Era media docena de señores dedicados al negocio de prestar dinero: Manuel Escandón y Martínez del Río, Jean Baptiste Jecker, Gregorio Mier y Terán, Eustaquio Barrón, Cayetano Rubio y Francisco Iturbe.

La entrega del dinero, en efectivo, reveló otras carencias del México de 1853: Santa Anna designó a Juan Nepomuceno Almonte, el hijo de José María Morelos, para que viajara a Estados Unidos a recibir los 7 millones de dólares. Pero nuestro país no tenía un banco nacional que recibiera el depósito y que hiciera el cambio de dólares a pesos. Pensar en llevarse por tierra los siete millones en efectivo era una locura, y Almonte lo tenía claro. Entonces se dedicó a buscar a las casas comerciales estadunidenses que tuvieran sucursal en México, repartir entre ellas la enorme suma, y procurar que la comisión no fuera demasiado alta. Regresó a México, mientras el representante de México en Estados Unidos para cerrar la operación, Francisco de Paula Arrangoiz, quedaba a cargo de las colocaciones y movimientos.

Fue el propio presidente Santa Anna quien determinó de qué manera se ejercería el dinero. Le pidió a Arrangoiz que le apartara 15 mil pesos para sus gastos particulares. Después, había que pagar a los prestamistas. De aquellos 7 millones de dólares, el 86 por ciento, poco más de 6 millones, fueron para pagar el financiamiento al santa annismo, más los correspondientes intereses. De aquel caudal, hubo un gran beneficiario: Manuel Escandón, el principal prestamista de Santa Anna. Casi el 43 por ciento de esos 6 millones ( 2 millones 580 mil pesos) fueron a parar a sus arcas.

Al ver la rapidez con la que el dinero se iba a esfumar, a los funcionarios públicos involucrados les entró pánico: tantos trabajos para nada. Y se les encendió el instinto de supervivencia: la presidencia de Santa Anna volvería a quedar en la miseria. ¿Qué sería de ellos? Arrangoiz no lo dudó: se adelantó 3 mil pesos de su sueldo anual; Almonte se autorizó a sí mismo un pago especial de 12 mil pesos. El futuro de México era incierto. El dinero duraría menos de un año, ¿cómo haría Santa Anna para enfrentar sus compromisos?

Arrangoiz decidió que no iba a esperar a que, a la hora de cobrar sus servicios en Estados Unidos, el presidente le saliera con que ya no quedaba un peso, y tomó 68 mil pesos más. Santa Anna, en cuanto se enteró, destituyó a Arrangoiz. Este, en venganza, reveló que el presidente había tomado para él 600 mil pesos. No solo era la miseria, la ambición y la voracidad de los hombres del poder lo que se ventiló y circuló por todo el país. Se supo de los altos intereses cobrados por financiar al gobierno, y la casa de Manuel Escandón en la ciudad de México fue incendiada y saqueada por una muchedumbre indignada. Los tres millones restantes tuvieron un destino similar y nuevamente corrieron las versiones de que, entre los agiotistas y las necesidades presidenciales, casi nada quedaba.

La última presidencia de Santa Anna entró en su etapa final. En febrero de 1854 estalló la revolución de Ayutla, que llevaría al poder a los liberales. Santa Anna abandonó la ciudad de México y renunció en agosto de ese año. Juan Álvarez se convirtió en presidente de la República en octubre de 1855: en esos momentos, de los diez millones de dólares recibidos por La Mesilla, solamente quedaban 60 mil pesos.

Santa Anna sostuvo, hasta el fin de sus días, que al vender La Mesilla había optado por la mejor solución, eludiendo la presión de los estadunidenses. Una anécdota afirma que, siendo todavía presidente, el cartógrafo Antonio García Cubas le mostró un mapa con la nueva frontera, después de la invasión y la venta. Sólo entonces, Santa Anna tuvo claro lo ocurrido, el tamaño de la pérdida. No pudo reprimir un gesto de horror.

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