
Cada marzo, cuando se recuerda a Virginia Woolf, su nombre vuelve asociado a la denuncia del dominio masculino y a la reivindicación de la voz femenina. Sin embargo, releer algunos de sus textos —en particular A Society (1921)— obliga a ir más lejos, y a aceptar una incomodidad mayor: el problema que Woolf vislumbra no se resuelve simplemente cambiando quién gobierna.
En ese breve relato satírico, un grupo de mujeres decide evaluar los logros de los hombres antes de seguir sosteniendo la civilización que han dirigido durante siglos. Analizan la ciencia, la política, la literatura, la educación. El balance es claro: mucho poder, mucho avance técnico, pero una sociedad que no es más justa, ni más inclusiva, ni moralmente mejor.
La lectura más inmediata es acusatoria: los hombres fallaron. Pero esa lectura es insuficiente. Woolf no está escribiendo un acta de culpabilidad de género. Está haciendo algo más radical: cuestiona la lógica misma con la que la sociedad fue construida y evaluada.
El problema no fue que gobernaran los hombres.
El problema fue el tipo de racionalidad que se volvió hegemónica.
Durante gran parte de la historia, esa racionalidad tuvo una función clara: sobrevivir. En un mundo hostil, marcado por la escasez y la amenaza constante, la fuerza física, la imposición y el control organizaron la vida social. Esa lógica explica —sin justificar— por qué los hombres tomaron la batuta. No fue una superioridad moral, sino una respuesta histórica a condiciones brutales.
El error fue no soltar esa lógica cuando dejó de ser necesaria.
La sociedad moderna heredó un modelo pensado para sobrevivir, no para convivir. Aprendió a conquistar, pero no a cuidar. A expandirse, pero no a sostenerse. A medir el éxito en términos de dominio, no de bienestar. Y ese es el verdadero fracaso que Woolf pone sobre la mesa: el progreso no nos volvió mejores, solo más eficaces.
Por eso, imaginar que todo se habría resuelto si las mujeres hubieran gobernado desde el inicio es una fantasía tranquilizadora, pero falsa. No hay ninguna garantía de que el poder, solo por cambiar de manos, se vuelva más justo. Creerlo es repetir el mismo error conceptual: atribuir virtud a una identidad en lugar de interrogar la estructura que produce el daño.
Lo verdaderamente inquietante en “A Society” no es que las mujeres juzguen a los hombres, sino que la civilización no resista el juicio. No porque falten logros, sino porque los criterios del logro están mal planteados. Una sociedad que se mide por su capacidad de imponerse inevitablemente deja víctimas, silencios y deudas. Y esas deudas no son solo con las mujeres, sino con todo aquello que quedó fuera del diseño: los cuerpos vulnerables, los tiempos lentos, la naturaleza, el cuidado, la vida común.
Eso que hoy solemos llamar “mirada femenina” no es una esencia moral superior. Es el resultado histórico de haber quedado al margen del poder. Desde ahí se desarrollaron capacidades que el modelo dominante nunca necesitó: intuición, mediación, atención a lo invisible, trabajo fino, estrategia de largo plazo. Capacidades que hoy no son opcionales, sino urgentes.
Pero aquí está el punto decisivo: no son tareas de las mujeres contra los hombres. Son exigencias de una sociedad que ya no puede seguir organizada como si la vida fuera una guerra permanente.
Marzo, el mes en que murió Woolf, no debería servir para repetir consignas ni para cerrar debates con homenajes previsibles. Tal vez debería servir para aceptar lo más incómodo de su legado: que el problema no se resuelve redistribuyendo el poder, sino abandonando una racionalidad que ya no nos permite vivir.
Porque una sociedad que solo sabe sobrevivir, pero no sabe cuidarse, tarde o temprano deja de merecer su propio nombre.
*Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana