Cultura

La cineasta Shahrbanoo Sadat construye un retrato íntimo y político sobre la desconfianza, la autonomía femenina y la posibilidad —siempre ambigua— de creer en los otros

No Good Men: el amor bajo sospecha en un mundo que no ofrece certezas

Hay películas que no buscan responder una pregunta, sino incomodarla hasta volverla inevitable. No Good Men, escrita, dirigida y protagonizada por Shahrbanoo Sadat a partir de los textos de Anwar Hashimi, se instala precisamente en ese lugar: el de una herida abierta que no puede cerrarse con certezas simples.

Ambientada en el Afganistán previo al regreso del régimen talibán en 2021, la película sigue a Naru, una camarógrafa que trabaja en Kabul y cuya vida está marcada por una estructura que limita su autonomía en todos los niveles: laboral, emocional y legal. Su matrimonio forzado, atravesado por la infidelidad y la imposibilidad de divorciarse sin perder a su hijo, no es solo un conflicto personal, sino el síntoma de un sistema que condiciona profundamente la experiencia de ser mujer. Desde ahí surge su convicción: no hay hombres buenos. No como una consigna ideológica, sino como un mecanismo de defensa.

Lo más potente de la película es cómo construye esa idea sin caer en el panfleto. Sadat evita convertir a Naru en un símbolo unidimensional; por el contrario, la presenta como una mujer contradictoria, cansada, lúcida y, al mismo tiempo, vulnerable a la posibilidad de equivocarse. La llegada de Qodrat —un periodista mayor, también casado— no funciona como una redención romántica, sino como un punto de fricción. Él no es la respuesta, sino la pregunta encarnada: ¿es posible confiar sin traicionarse a una misma?

En ese sentido, No Good Men dialoga con una conversación global que trasciende Afganistán. La película conecta con contextos como el mexicano —y muchos otros— donde las mujeres han comenzado a cuestionar no solo la violencia explícita, sino también las formas más sutiles de desigualdad dentro de las relaciones heteronormadas. El amor, en este marco, deja de ser un espacio seguro para convertirse en un terreno ambiguo, donde el afecto puede confundirse con obligación, cuidado con servicio y compañía con subordinación.

Formalmente, la película apuesta por un realismo contenido que refuerza su dimensión íntima. La cámara —no casualmente en manos de Naru— observa más de lo que explica. Kabul aparece como un espacio vivo pero frágil, atravesado por una tensión constante, como si todo estuviera a punto de desmoronarse. Esa inminencia política se entrelaza con la emocional: mientras el país cambia de forma irreversible, Naru también se enfrenta a la posibilidad de transformar su propia narrativa.

Su paso por el Alternativa Film Festival no es menor. Este festival, impulsado por inDrive, ha buscado precisamente amplificar voces que quedan fuera del circuito comercial, y No Good Men encarna con claridad esa misión: es una película que no busca agradar, sino interpelar.

Quizá uno de sus mayores aciertos es no ofrecer una resolución complaciente. La pregunta que plantea —¿aún quedan hombres buenos?— nunca se responde de forma definitiva. Y es que hacerlo implicaría simplificar una realidad compleja, donde las personas no son categorías fijas, sino sujetos atravesados por estructuras, contradicciones y contextos específicos.

Al final, la película no trata realmente sobre los hombres, sino sobre la capacidad de las mujeres para reconstruir su mirada en medio de sistemas que las han obligado a desconfiar. No Good Men no propone fe ciega ni cinismo absoluto; propone algo más difícil: la duda. Y en esa duda, incómoda pero honesta, encuentra su mayor verdad.

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