
Para Ángeles González Gamio
Describió su olor y sabor como repugantes, cuando lo probó por vez primera, apenas desembarcada en el país. Uno año y medio más tarde, cuando asomaba en el horizonte su partida de México, declaró que no podía concebir siquiera la idea de vivir sin él. El cambio de opinión de Frances Erskine Inglis sobre el pulque, tal como puede leerse en las páginas de su Life in Mexico, During a Visit of Two Years in That Country, es característico de la inteligencia y la flexibilidad de la viajera escocesa.
El libro, publicado en 1843 en Inglaterra y los Estados Unidos gracias al impulso y las gestiones de su amigo, el historiador William H. Prescott, reúne 54 cartas enviadas a su madre y sus hermanas a Boston, donde ellas vivían, entre finales de 1839 y principios de 1842, tiempo durante el cual estuvo en México como esposa del primer ministro plenipotenciario de España en el país después del triunfo de la Independencia.
La condición epistolar del libro nos permite conocer sus cambios de opinión conforme fueron ocurriendo, y un buen ejemplo de ello es el vínculo que desarrolló con la bebida sagrada de los antiguos mexicanos, a la que identificó de tal modo con el México políticamente bullicioso que le tocó vivir que en una ocasión, en carta justamente a Prescott, describió la república ubicada al sur de los Estados Unidos como “el país del pulque y los pronunciamientos”.
En Puebla, el 24 de diciembre de 1839, a seis días de su desembarco en Veracruz, escribe que lo probó por vez primera, junto con algunas frutas tropicales como la chirimoya y el zapote. Así describió la experiencia:
El sabor y el olor, combinados, me cogieron tan de sorpresa, que me temo que mis gestos de horror deben de haber sido cruel ofensa para el digno alcalde, quien le conceptúa como la bebida más deliciosa del mundo, y, de hecho, se dice que cuando se vence la repugnancia al principio, es después muy agradable. La dificultad debe consistir en vencerla.
La flexibilidad con la que se relaciona con cuanto sale a su encuentro hace que dos meses más tarde, instalada ya en una casa del barrio de San Fernando de la ciudad de México, al referir una visita al palacio arzobispal de Tacubaya, recoja con interés lo que escucha decir sobre esa bebida, aunque todavía no se atreva a darle una segunda oportunidad. En medio de una divagación sobre el maguey y sus riquezas, explica Fanny Erskine la manera en la que se extrae y fermenta el pulque, y añade que “se dice que es la bebida más sana del mundo, y agradable en sumo grado una vez que se ha logrado vencer el disgusto que produce su olor a rancio”.
Dos meses después escribe en Santiago (Querétaro), que en un alto de camino a esa ciudad, “un viejo caserón que se levanta solitario en medio de grandes campos de magueyes”, los recibieron con un excelente almuerzo donde concibió por vez primera, ahora que por fin lo ha probado nuevamente, más fresco, más cerca del lugar de donde se extrae, la posibilidad de que le guste el pulque:
Visitamos los grandes bastimentos donde se le guarda, y nos pareció más bien refrescante, de sabor dulce y con una espuma cremosa, y decididamente mucho menos maloliente que el que se vende en México.
Dos días más tarde, en carta firmada en Tulancingo, cuenta que las tortillas y el pulque “se consideran como plebeyos, aunque de vez en cuando figuran en la mesa de las mejores casas chapadas a la antigua”. Poco antes, en esa misiva, ha citado unas palabras que relacionan la afición por las corridas del toros, que primero la han horrorizado y ahora empiezan a interesarle, con el pulque, al que describe como bebida obligatoria en el campo mexicano, porque a una y otras primero se les tuerce el gesto y después comienza a tomárseles el gusto.
Son los “curados” los que hacen que caiga por fin rendida ante la bebida que antes describió como repugnante. El 15 de noviembre de 1840 informa que ha estado en la propiedad de la viuda de uno de los administradores de la familia Adalid, quien ofreció un desayuno en que hubo pulque, del que dice que estaba fermentado con jugo de piña y califica por vez primera como “buenísimo”.
En marzo de 1841, en la antigua hacienda de Goicoechea, en el pueblo de San Ángel, su romance con el pulque llega al clímax, cuando lo califica de “inspirador”. Está describiendo la atmósfera que reina en la hacienda, dedicada a la producción de esa bebida, cuando relata que “además del que se envía a México para la venta, el patio está constantemente lleno de indios semidesnudos que acuden desde el pueblo para que les llenen sus jarritos de tan inspirador brebaje”.
Nuevamente en San Ángel, tres meses más tarde, en una misiva dedicada a describir la tranquilidad que rodea la hacienda, confiesa, seducida ya por completo por algo que ahora le parece “excelente”, que vivir sin beberlo va a ser cosa difícil: “llegan los indios en la mañana para beber el pulque (el cual, dicho sea de paso, encuentro ahora excelente, y pienso que me será muy difícil ¡vivir sin él!)”
Fanny Erskine se despidió de México unos meses más tarde, para no volver, por lo que seguramente nunca volvió a beberlo. En las cartas enviadas con posterioridad a Prescott, la escocesa volvió a referirse al pulque como un elemento definidor del país cuando lo equiparó a los pronunciamientos políticos que caracterizaron la vida política del siglo XIX en México.
Su libro, a más de 180 años de haber sido escrito y publicado, se mantiene colmado de riquezas. Y sigue siendo válido el modo en que el historiador Manuel Toussaint se refirió a él: “ningún viajero, en ningun tiempo, ha hecho una descripción más detallada y más sugestiva de nuestro país”.
Colaboración del Seminario de Cultura Mexicana