
Orizaba vive a la sombra del gigante. El Pico de Orizaba, el volcán más alto de México, vigila la ciudad desde siempre. A sus pies, el 6 de octubre de 1907, nació Francisco Gabilondo Soler. Para todos nosotros: Cri-Cri, El Grillito Cantor.
Una de las joyas de Orizaba es El Palacio de Fierro. Se levanta en el centro como un sueño metálico. Lo diseñó el ingeniero francés Gustav Eiffel (1832 - 1923), el mismo que construyó la torre Eiffel de París. Este palacio de Orizaba el único edificio Art Nouveau del mundo hecho enteramente de hierro. Cien por ciento desarmable. Un mecano gigante que el tiempo no ha podido oxidar.
Francisco Gabilondo Soler es autor de las canciones que nos enseñaron a imaginar. Las que todavía tararean los abuelos cuando cargan a sus nietos. Las que suenan en las escuelas sin que nadie sepa bien quién las compuso. Cri-Cri se volvió aire, costumbre, infancia colectiva.Pero el homenaje verdadero late en otro sitio.
El museo interactivo de Cri-Cri no es un museo. Son canciones que se pueden caminar.La primera sala nos recibe con agua y paraguas. Ahí está la hormiguita de “El Chorrito”, tamaño natural, “y recogiéndose las enaguas porque el chorrito la salpicó y sus chapitas le despintó”. Setenta canciones se volvieron materia. Maquetas, sets, figuras enormes moldeadas por manos orizabeñas. Pasta flexible, cartonería, papel maché. Artesanía que no sólo adorna, sino que revive.Todos los que entramos aquí somos admiradores de Cri-Cri.
Él se fue, pero su voz no. Se quedó en la cultura popular de México y de hispanoamérica como una contraseña secreta. La cantas y ya perteneces.Su legado es simple y brutal: más de doscientas canciones. Con ellas convirtió al Grillito Cantor en el referente absoluto de la música infantil. No sólo de México. Del idioma.Las maquetas llenan las dos primeras salas, la tercera sala es otra cosa. Aquí la memoria se toca. En tablets multimedia suenan los cuentos y canciones originales que Gabilondo Soler grabó en la XEW.
Su voz aparece limpia, sin polvo, como si el estudio siguiera al aire.Y entonces los personajes saltan. Chong-King-Fu mira desde un gran jarrón. La zorrita no cuelga el teléfono: bueno, bueno, bueno. Al doblar la esquina empieza el desfile de “Caminito de la escuela”.
Todos los animalitos van formados, mochila al hombro. “La reina de las abejas estaba libando miel, y una de sus obreras le gritó: ahí va de nuevo aquél”. El trenecito avanza echando humo de algodón.Después llega la caravana completa. El Chivo ciclista pedalea, y que se cae, que se cae!!!. Es hora de “La merienda”. El pequeño elefantito que no quería comer su sopa hace su berrinche. “La Escuela de los perritos” se puede observar desde varios ángulos. El pizarrón espera. Más allá, los muñecos se preparan para bailar cuando den las tres de la mañana: El Narizotas, el Soldado Bigototes.
El Payaso gruñón. El Gato Félix, listo para meter al muñeco de sorpresa, de un zarpazo, en su caja.El recorrido termina donde empieza la infancia: en una escalera. Las canicas bajan en tropel. Rueda el sonido de todos los recreos. Más allá se alza el Castillo del Rey de Chocolate con sus murallas de membrillo.Luego está el barril desvencijado que alumbra un rayo de sol, donde la araña es sus hilos baila tango. Ahí se reúnen a trasnochar las sabandijas relamidas.
Vemos después a las brujas que se meten debajo de la cama de los niños malos. Pero en este museo no hay miedo. Los niños buenos duermen risueños, custodiados por haditas que brillan sin encenderse.
En el desván espera la Muñeca Fea, arrumbada pero digna. Cerca gime el perrito con dolor de muela. Y no podía faltar: el Ratón Vaquero ya está en la cárcel, pagando sus travesuras con gracia. Cerca del “Negrito Bailarín”, de bastón y bombín. Una brigada de gatitos bomberos corre hacia un incendio que nadie recuerda.Un profesor terco insiste en enseñar la jota a un alumno que jura que la jota es un baile español. Zumban los Mosquitos Trompeteros con una melodía que no recordamos. Pasa la Patita rumbo al mercado, canasta en mano, rebozo de bolita.El final es silencio y ternura.
“Los Tres Cochinitos ya están en la cama. Muchos besitos les dio su mamá”.Salgo del museo de Cri-Cri en Orizaba y entendí algo simple: Cri-Cri se canta y cantando se hereda. Mientras un niño vaya “Caminito de la escuela” tarareando “Di por qué”, el Grillito Cantor seguirá vivo. Mientras una madre arrulle con “La Muñeca Fea” o un abuelo silbe “El Ratón Vaquero”, Cri-Cri seguirá vivo.
El museo no guarda polvo ni vitrinas frías. Guarda infancia. Guarda ese país de canciones donde todos paseamos alguna vez. Visitarlo es comprobar que Francisco Gabilondo Soler sigue afinando su violín en cada esquina de México. Porque hay voces que el tiempo no calla. Hay grillitos que no dejan de cantar.