
No cabe duda que el cine argentino es uno de los más destacados de Latinoamérica. Ya sea por sus extensas nominaciones en ceremonias o festivales, por los nombres consagrados en el gremio como los de Juan José Campanella, Ricardo Darín, Guillermo Francella y Lucrecia Martel, entre muchos otros que han dejado una importante huella en la historia de la cinematografía y que han inspirado a nuevas generaciones para crear su propio camino en la industria.
Una de ellas es Natalia Meta, realizadora cuyo segundo largometraje, El prófugo, llega a salas de cine mexicanas después de su paso por la Berlinale del año pasado y de ser la cinta elegida para representar a su país natal como precandidata para la carrera al Oscar como Mejor Película Extranjera, un thriller psicológico bastante peculiar que coquetea con esa nueva ola de terror artístico de manera interesante.
Inspirada en el cuento de Carlos Eduardo Feiling llamado El mal menor, la película narra la historia de Inés (Érica Rivas), una cantante y actriz de doblaje que vive una tragedia cuando está de vacaciones con su pareja. Es a partir de este hecho que Inés comienza a tener unas vívidas pesadillas acompañadas de unos sonidos recurrentes que van alterando su mundo y su vida. De repente, la aparición de un extraño le hará entrar en un conflicto que le causará cuestionarse qué es real y qué es sueño.
Pero ¿qué es eso que aqueja a la joven protagonista? Pareciera ser una misteriosa criatura conocida como “prófugo”, un ser maligno que tiene la capacidad de moverse entre sueños, uno que busca adquirir un cuerpo y el poder suficiente para salir al mundo real, jugando con la frontera entre el mundo de los sueños y la realidad, perturbando a Inés y su mundo, mismo que parece caer en una espiral de locura.
La estética visual del filme argentino recuerda mucho a otro thriller, uno que tomaba elementos del ‘giallo’ italiano para causar un impacto poderoso en la mente del espectador, tomando como prioridad para ese juego la magia y el lado oscuro del sonido. Esa obra se llamaba Berberian Sound Studio, del británico Peter Strickland, en la que este factor resultaba determinante para detonar la locura de un ingeniero de sonido. La ambientación sonora de la cinta, que va desde la increíble acústica de ese auditorio en el cual canta hasta la sala de audio donde ejerce su labor como artista de doblaje, ejerce un papel determinante, logrando climas interesantes de tensión.
Meta utiliza el poder del sonido para hacerle creer tanto a la protagonista como al espectador que Inés no está sola en ningún momento, haciendo que esa línea entre el mundo del sueño y la realidad se quiebre en un thriller psicológico inteligente que obedece de cierta forma a la corriente del denominado “nuevo terror” o “post-horror”al que cineastas como Jordan Peele, Ari Aster, entre otros, han posicionado en el gusto tanto de la crítica como de la audiencia en algo que va más allá de los clásicos ‘jump scares’ o fórmulas. Aunado a ello, se apoya en la fotografía de Bárbara Álvarez, misma que transmite sin tanto estridentismo en los colores una atmósfera que cada vez se vuelve más tensa.
El verdadero horror de la cinta nace a partir de ese papel que realiza la actriz Érica Rivas, recién salida de aquel apartado de la novia en la cinta nominada al Oscar, Relatos salvajes. Aquí, su Inés desempeña una labor diferente a la del texto de Feiling, transitando por el musical, el romance misterioso y esa constante duda que poco a poco la lleva en una espiral donde el prófugos del título se hace más presente o quizá solo forma parte de sus más profundos sueños, aquellos en donde este ente oscila y de los cuales busca liberarse para salir al mundo real.
En contraparte tenemos a Nahuel Pérez Biscayart, quien funge como un complemento para la pérdida y exasperación que sufre Inés después de un incidente que marca la posible primera aparición de esta curiosa criatura. Ante ello, se desarrolla una dinámica curiosa entre ambos que va aumentando el suspenso mientras la estabilidad mental de la protagonista sigue en caída libre hasta llegar a un clímax inesperado pero impresionante.
Aunque técnicamente no es una cinta del género en sí, Meta si coquetea con las fórmulas, las mezcla y las equilibra más allá de un ritmo nada apresurado que genera guiños a cintas como Ópera (1987) de Argento hasta Blow out (1981) de DePalma. Esa gran labor aunado a un guion sólido que explora la naturaleza de la mente y lo sobrenatural hace que El prófugo sea una propuesta interesante donde el mundo interior de Inés se enfrenta con el exterior, provocando un choque que impacta al espectador y lo obliga a enfrentar miedos tan mundanos y comunes como el machismo o la crisis de pareja a través de un viaje que se siente como un sueño realista del cual nadie puede escapar.
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