Según reportes, el 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses ejecutaron una operación militar en Venezuela que resultó en la captura del presidente Nicolás Maduro. Esta acción marca un hito: es la primera vez desde la invasión a Panamá en 1989 que EE.UU. derroca militarmente a un jefe de estado latinoamericano.

sta operación puede interpretarse dentro de la larga tradición de la Doctrina Monroe, reactivada retóricamente durante el gobierno de Donald Trump. Sin embargo, su ejecución como una incursión de precisión para capturar a un líder, en lugar de una ocupación prolongada, refleja una doctrina militar moderna centrada en el efecto estratégico con exposición limitada.
• El derecho internacional atraviesa una crisis de credibilidad sin precedentes, su muerte simbólica, anunciada en los campos de batalla de Gaza y Ucrania, encuentra una confirmación brutal en el “patio trasero” estadounidense con la intervención en Venezuela. Lo que impera es la ley del más fuerte, donde las potencias actúan con impunidad en sus esferas de influencia.
• América Latina retrocede así a un marco geopolítica anacrónico y peligroso: el de zona de intervención para salvaguardar los intereses fundamentales de una potencia hemisférica. Bajo una retórica de combate al narcoterrorismo, el verdadero objetivo es el control de recursos estratégicos —petróleo, minerales, agua— y el dominio de posiciones clave en un mundo que se reconfigura en bloques antagónicos y revisionistas. Es el fin de cualquier ilusión sobre un orden liberal basado en reglas y el retorno de un realismo hobbesiano donde la fuerza es el último argumento.
• Un precedente del siglo XXI: La operación de 2026 en Venezuela, al igual que el Corolario Roosevelt de 1904, busca establecer un nuevo precedente sobre la legitimidad y los métodos de la intervención en el hemisferio.
• Soberanía y orden internacional: Estos eventos reavivan el debate central que ha definido las relaciones interamericanas durante dos siglos: la tensión entre la soberanía nacional de los estados latinoamericanos y la concepción de seguridad e intereses de una potencia hemisférica.
En el actual escenario de la política global, la soberanía real se restringe a un triunvirato de potencias: Estados Unidos, China y Rusia. Estas naciones se distinguen por su autonomía estratégica, entendida como la capacidad de ejecutar acciones geopolíticas sin subordinarse a consensos externos o marcos regulatorios internacionales. Esta potestad se fundamenta en una combinación de factores críticos: superioridad militar, vanguardia tecnológica, profundidad territorial y una densidad histórica que consolida sus alianzas.
Actualmente, la potencia más influyente es conducida por un liderazgo que prioriza el unilateralismo sobre el derecho internacional. En respuesta, China, en pleno ascenso sistémico, y Rusia, ante una amenaza percibida en su entorno inmediato, actúan bajo una lógica de preservación y expansión de sus propias esferas de influencia.

Ucrania y Taiwán tienen motivos de sobra para la preocupación. La resolución de sus conflictos con Putin y Xi Jinping no vendrá por vías diplomáticas ni por un derecho internacional que ha quedado en papel mojado. Carecen, de forma individual, de los recursos para responder a un asedio real por parte de las potencias que las rodean. El caso de Taiwán es el más crítico, dada la profunda raíz histórica y cultural que la vincula irreversiblemente con China.
América Latina parece condenada a una subordinación geopolítica permanente. Esta realidad se evidencia en la actitud de las élites dominantes y las derechas regionales, quienes celebran la flagrante trasgresión de la soberanía venezolana por parte de la administración estadounidense. Las acusaciones de narcotráfico contra el gobierno de Caracas carecen de rigor; incluso organismos como la ONU han señalado que Venezuela desempeña un papel marginal en el tráfico internacional de estupefacientes. La verdadera motivación detrás de esta ofensiva es el control del petróleo y los recursos estratégicos.
La gravedad del asunto reside en el precedente: si se justifica un ataque bajo premisas falaces hoy, se convalida que cualquier futuro gobierno en Washington intervenga militarmente bajo cualquier otro pretexto. Las derechas latinoamericanas han abandonado toda noción de soberanía en favor de un dogmatismo irracional. Es el caso de figuras como Javier Milei, cuya celebración ignora que hoy aplaude una intervención de la ultraderecha del Norte, pero mañana ese mismo precedente podría ser utilizado por una administración de signo distinto contra la propia Argentina. En cuanto a la política interna, la supuesta salida de Maduro resulta sospechosa; una operación de tal magnitud, ejecutada sin resistencia ni bajas, sugiere una transición pactada o una puesta en escena. Lo cierto es que, por ahora, el aparato militar y el chavismo conservan el control institucional.

Este evento refleja lo siguiente:
1. Vulnerabilidad Regional: América Latina se debilita geopolíticamente cuando sus propias élites validan la intervención externa sobre naciones hermanas, ignorando el derecho internacional.
2. Falacias de la Intervención: Las acusaciones contra la cúpula venezolana funcionan como una cortina de humo. El dato de la ONU sobre el rol secundario de Venezuela en el narcotráfico demuestra que el objetivo central es la captura de recursos energéticos.
3. El Peligro del Precedente: Al permitir la intervención directa, la región vuelve a ser una “zona de sacrificio”. El apoyo de líderes como Milei es de una imprudencia histórica; validan una herramienta de control que en el futuro podría usarse contra sus propios países bajo banderas distintas (como agendas “woke” o ambientales).
4. Incertidumbre en Caracas: La aparente salida de Maduro luce como una operación coreografiada. La ausencia de conflicto directo sugiere que la estructura de poder real (militares y cuadros chavistas) aún no ha sido desplazada.