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Groenlandia y la fractura del Orden Atlántico

La historia contemporánea nos ha enseñado que, en la dialéctica del poder, lo que hoy parece una estridencia retórica, mañana suele amanecer convertido en un decreto ley.

La reciente ofensiva de la administración de Donald Trump para la adquisición de Groenlandia o, en su defecto, la imposición de una tutela estratégica de facto sobre el territorio danés ha dejado de ser una nota de color en los tabloides para erigirse como el catalizador de la crisis diplomática y económica más profunda entre los Estados Unidos y la Unión Europea desde la posguerra.

Groenlandia y la fractura del Orden Atlántico

Desde una perspectiva puramente académica, el fenómeno que presenciamos no es una “bravuconada” caprichosa, sino la manifestación de un realismo geopolítico descarado. Para Washington, Groenlandia no es una isla; es un portaaviones inamovible de 2.1 millones de kilómetros cuadrados que domina el Ártico, un escenario donde el deshielo está abriendo rutas comerciales críticas y revelando un tesoro de tierras raras indispensable para la autonomía tecnológica frente a China. Sin embargo, el método elegido: la coacción arancelaria, marca una ruptura sistémica con el derecho internacional y la cortesía diplomática entre aliados.

El anuncio de una estructura arancelaria que inicia en un 10% y escala al 25% para las naciones que han osado respaldar la soberanía danesa (Francia, Alemania, Reino Unido y el bloque nórdico), representa el uso del comercio como un arma de asedio. No estamos ante una disputa mercantil común, sino ante la “geopolitización del intercambio”. Washington ha decidido que el acceso al mercado más lucrativo del mundo tiene un precio: La cesión de la integridad territorial de un aliado de la OTAN.

La respuesta de Bruselas, mediante la activación del Instrumento Anticoerción, sugiere que la Unión Europea ha comprendido, quizá demasiado tarde, que la era de la “pax atlántica” ha sido sustituida por un entorno de suma cero. La amenaza de represalias por 93,000 millones de euros no es un gesto de audacia, sino un acto de supervivencia institucional. Si Europa permite que se subaste la soberanía de uno de sus miembros bajo presión económica, el proyecto mismo de la Unión quedaría invalidado por inanición política.

A diferencia de los amagos del primer periodo Trumpista (2017-2021) la crisis de 2026 presenta variables de mayor peligrosidad:

  1. El Factor China: la obsesión de la Casa Blanca con la “Ruta de la Seda Polar” de Pekín ha elevado el valor de Groenlandia a la categoría de seguridad nacional no negociable.
  2. El Desgaste de la OTAN: la movilización de tropas europeas hacia la isla, en un intento de Dinamarca por reafirmar su presencia, ha sido interpretada por Trump no como defensa aliada, sino como un acto de “deslealtad subvencionada”.
  3. La Infraestructura de “El Domo”: el despliegue de sistemas de defensa antimisiles avanzados requiere, según la lógica del Pentágono actual, una jurisdicción legal plena sobre los emplazamientos, algo que el estatuto de autonomía groenlandés complica.

¿Tendrá consecuencias? Sin duda. Estamos presenciando el fin de la “diplomacia de consenso” para entrar en la “diplomacia de transacción forzosa”. La consecuencia inmediata es la erosión irreversible de la confianza mutua. Aunque se lograra una desescalada, acaso un acuerdo de cooperación militar ampliado (estilo COFA) que evite la venta formal, el daño a las cadenas de suministro globales y a la estabilidad de los mercados financieros ya es tangible. El IBEX 35 y las bolsas europeas ya descuentan un escenario de hostilidad prolongada.

En última instancia, Groenlandia es el síntoma, no la enfermedad. La verdadera crisis radica en el colapso del multilateralismo frente a un aislacionismo expansionista que no reconoce fronteras ni tratados cuando la “seguridad nacional” se invoca. Para Dinamarca, la isla no está en venta; para Trump, el mundo es un balance de activos y pasivos. En ese choque de cosmovisiones, la economía europea es el rehén, y el Ártico, el nuevo tablero donde se decidirá el equilibrio del siglo.

*Mtro. Luis Alberto Güémez Ortiz / Universidad Panamericana (UP)

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